No me gustan las visitas en el hospital
Edgar Tarazona Angel


Cada vez que algún familiar o amigo ingresa a un hospital trato de evadir el compromiso de la visita. De la misma manera las pocas veces que he padecido la situación de estar hospitalizado les pido a mis allegados que no me visiten y, si lo hacen, sean breves y se limiten a preguntar y comentar lo indispensable o necesario; hago énfasis en esto por lo siguiente:

A pesar de estar prohibidas las comidas fuera del menú del hospital, los visitantes presumen de que uno está aguantando hambre y le llevan pollo asado, sándwich, gaseosas y otras comidas y bebidas que, en muchos casos agravan al paciente.

No faltan los imprudentes, por lo general señoras lengüilargas que sueltan comentarios de esta clase: lo veo muy desmejorado; una vecina murió de lo mismo que usted tiene; no se deje operar que mi tío murió en la mesa de operaciones de lo mismo que usted tiene; yo le aseguro que después de la operación a usted le toca vivir el resto de sus años en silla de ruedas. Provoca ahorcarlas, pero el pobre enfermo en su lecho, con tubos por todas partes y mascara de oxígeno no puede protestar.

Otros visitantes olvidan que están en una clínica donde hay enfermos de muchas dolencias y requieren silencio y respeto, a estos también provoca exterminarlos y son esos que hacen visita de chismorreo y comentan todo lo que pasa en el barrio, agregando notas picantes a sus chismes; que muchacha está embarazada, cual señora tiene amante, las que se operaron de los senos o las nalgas y todo esto acompañado de expresiones de fingida sorpresa y carcajadas; hasta que se asoma una enfermera y les pide silencio.

Algunos familiares, que jamás se acuerdan de uno, se aparecen compungidos a mirar el estado en que se encuentra el enfermo; algunos llegan pasados de tragos y les da por abrazos y besos de condolencia. A mi me pasó que uno de esos personajes al inclinarse a darme el abrazo perdió el equilibrio y me cayó encima, su codo se incrustó en la herida y tuvieron que coserme de nuevo en medio del dolor más atroz y de madrazos contra el maldito borracho que se disculpó y salió para la tienda más cercana a seguir bebiendo.

No me gustan las visitas de enfermos, no hacerlas ni que me las hagan, por los motivos ya expuestos y otros que faltan y mis lectores ya sabrán agregarlos en su mente. Odio esos entrometidos que saben más que los médicos y decretan muerte prematura o comparan con otros enfermos de los mismo que quedaron inválidos y cosas peores.

Si ustedes, amigos lectores, son de estas personas que describí, absténganse de visitar hospitales y, si son del grupo que no gustan de visitantes, digan a las personas que los quieren que no rieguen el cuento de su hospitalización. Si uno se muere en la operación por lo menos que no se lleve un mal genio a la tumba.