¡Por el bosque en invierno!
Melissa Ardan Rojas



Frente a la casa, donde estaba de visita esa Navidad, había un bosque bastante grande, los pinos eran altos en una parte y en otra me contaron que una tormenta había quebrado los pinos, había sido un huracán fuerte. En este bosque me habían contado había incluso zorros, jabalíes, naturalmente venados. Otra señora me contó, que cuando se fue a vivir a esa zona, no habían muchas casas construidas, y había un venadito, que llegaba todos los días hasta su casa, y le daba una manzana y era tan accesible, que podía acariciarle. Ha de haber sido una experiencia hermosa, pensé.

 

 En invierno el aire además de ser frío, da una sensación de pureza. Recuerdo la primera vez, que me adentré en un bosque en invierno, eso hace ya muchos años, pero como eso era para mí, una experiencia nueva, todo me sorprendía. Era la primera vez, que veía la nieve. Era tanta la nieve que cayó entonces, que a los pocos días, todas las carreteras, aeropuertos, y toda clase de transporte, fue cancelado. Había una nevada, como no hacía desde hacía años. La nieve, caía y caía, hasta que llegó el punto, que cuando uno abría la puerta, la nieve fuera de la casa, llegaba casi a metro y medio de alto contra la puerta, y tuvimos que abrirnos paso, casi subiendo la montaña de nieve… Y en otras partes donde el viento soplaba la nieve contra la casa, la había llevado contra la ventana, de tal forma, que no se podía ver hacia el exterior. Sólo se veía la nieve, contra el vidrio. Un día de tantos, decidimos hacer un pequeño paseo por el bosque. Nos levantamos temprano la familia, donde me hospedaba y yo. Mi habitación estaba en el segundo piso, desde allí, podía observar un lago artificial, que se había formado cuando comenzaron a sacar arena, para construir en la época de los 60. El hielo del lago era ya tan fuerte, ese día, que podía soportar el peso de una persona, eso me parecía, casi fuera de este mundo.

 

Cuando entramos al bosque habían naturalmente varios caminos, del ancho de un vehículo. Uno podía adentrarse sin problemas, porque al ser espacio abierto, el viento había echado la nieve, hacia los lados. Caminábamos y caminábamos bosque adentro. “Sí, mira”, me decían: “aquí hay unas pisadas de venado... ¿las ves?”. “Sí, las veía”. Luego me decían: “mira esa es una cueva de un zorro”, “pero ellos no salen de día”. “Les gusta cazar por la noche”. Los dueños de la casa, me contaron que en el verano pasado, ya les habían matado las zorras, varias gallinas. Ni siquiera se las comían, por lo menos hubiera servido para que comieran, pero no, solo las perseguían y las dejaban allí, muertas, sin qué ni para qué.  “Pobres gallinas” pensaba yo, “Verse atacadas por esos zorros, y no poder hacer nada, para salvarse”. Luego seguíamos caminando y me ponía a observar las ramas de los árboles y me sorprendía, que no veíamos gente por el camino. Una soledad, absoluta, no se escuchaba nada, sólo el crujir de las ramas, bajo nuestros pies. Los árboles tenían una capa como de rocío congelado, que los hacia ver, vestidos, con una capa blanca, blanca. En otros árboles parecía que era hielo, el que colgaba de sus ramas, eso sucede, cuando durante el día, calienta algo el sol, y luego la temperatura vuelve a bajar, haciendo que se congele el agua, de nuevo. Se ve, precioso. Algunos árboles tenían tanta nieve sobre las ramas, que éstas se curvaban del peso. Otros incluso, se quebraban del peso, de la misma nieve. No podían con ella. Daban la sensación de ser viejos seres encantados, cansados, cuyos brazos caían casi tocando el suelo. El cielo era celeste, celeste y la blancura de la nieve era tal, que cuando el sol daba contra ella, reflejaba la luz de tal forma, que podía cegarle momentáneamente, de la luz intensa.

 

Daba gusto, aspirar un poco de aire. Aunque es contraproducente agitarse, o respirar con la boca. Es preferible respirar despacio el aire frío, por la nariz, porque al estar el cuerpo y los pulmones “calientes”, esa entrada de aire frío, puede hacer que de pronto uno sienta un dolor de pecho, como si le hubiesen dado un golpe fuerte, que no le deja ni respirar. Así que de agitarse, nada. En algunos lugares del bosque podía llegar la nieve, hasta casi la rodilla, menos mal, que andábamos con botas especiales, para que no se mojasen nuestros pies. Esta clase de paseos, los hacíamos por lo general, después del desayuno, ya que por las tardes anochece temprano y era bueno, estar ya en casa. Cuando camino a solas, a veces, por el bosque, pienso tantas cosas. Como los retos, que ha tenido que pasar el ser humano y su lucha contra la naturaleza, a través de los siglos, en las diferentes latitudes. Pienso que la soledad, con la naturaleza, le acerca a uno, mucho a Dios, puede ver los rayos del sol, sobre la nieve. Ver como la brisa mueve la telaraña, que se encuentra entre las ramas, blanca, blanca del rocío helado... de la mañana. También se escucha algún que otro pájaro, el cucú, es uno de ellos. No se le ve, sólo se le escucha.

 

Siento que, a medida que camino, mis mejillas se me congelan, y siento como la sangre, se me sube y calienta la cara. A veces, el frío es tanto, que las orejas, se me congelan, y siento como si se me cayeran del frío, que siento. Después de caminar varias horas, también los dedos de las manos, se me congelan y se ponen tiesos y soplo cerrando mis manos, dejando que el calor de mis pulmones, den vida a mis manos. Cuando se despiertan, poco a poco, duelen los dedos, por estar entumecidos. Después de varias horas de andar caminando, nos dirigimos de nuevo a la casa, donde tomaremos té negro con crema y azúcar de remolacha, que al rociarle el té caliente, se resquiebra haciendo un crujido típico, de azúcar cristalizada, que se quiebra. Para esta época, hay muchas clases de galleticas. Pero para mí, lo que más me gusta, en estos momentos, es el té caliente... ¡que increíble, como puede dar vida, una maravillosa taza de té!