Sobre el idioma alemán
Caren de Pilz


A través de vigilias y gramáticas nos cuenta Borges que fue acercándose a esta lengua de su elección, confundido entre la jungla de declinaciones sin poder encontrar el matiz preciso que le negaba el diccionario. Uno de sus laberintos en la maraña de la escritura, divorciada por desconocimiento de la acepción justa. Imagina el amor entrelazado en las voces compuestas que a nosostros, hablantes de una lengua latina, nos obligan a reacomodar los conceptos: “Lieferdatum” por ejemplo significa “fecha de entrega” con un salto morfológico para traducir con precisión.

Entrevée también la posibilidad en sus sonidos de acercarnos a la comprensión del hexámetro griego, no sin razón, pues en el siglo XV algunos eruditos alemanes se empeñaron en rescatar en la comparación de ambas lenguas el origen helénico de la misma.

Nos confronta este idioma con una singularidad: la acepción culta de los términos latinos y un significado a veces paralelo del fonema original del alemán arcaico que no tiene la misma categoría intelectual: sólo quien visita una casa de estudios superiores es estudiante, los demás son aprendices o alumnos.

Si alguien entre los que leen esta nota ha visto espectáculos competitivos de patinaje artístico sobre hielo o concursos de baile latinoamericanos que se consideran deporte, habrá notado que la competencia tiene dos componentes: una parte obligatoria en la que deben cumplirse a la perfección ciertas acrobacias o piruetas establecidas con determinada duración y otra parte donde se deja la libre expresión de los participantes hasta en la elección de la música. Esta última presentación recibe el nombre de “Kur”.

Esta partícula “Kur” se colocaba en la Edad Media delante del título “príncipe” formando la palabra compuesta “Kurprinz” que en español se traduce como príncipe elector, pues estaba investido con la prerrogativa de elección del rey o del emperador del mismo modo que los que participan en la competencia con su “Kur” presentan un arreglo coreográfico de su propia imaginación ante el jurado.

Cuando se presentan obras artísticas o se exponen esculturas en museos, la persona responsable de la elección de temas, cuadros o artistas se llama en alemán “Kurator”.

Este término no deriva del latin “curare” como preocupación por restaurar la salud, sino de la antigua palabra germana “Churi” que significa “elegir” y que se transformó en “Kur” más tarde.

El curador, como puede leerse en la prensa argentina (desconozco si en otros países de habla hispana también), no cura obras, las selecciona, las elige como el príncipe a su rey, error que sin duda surgió debido a la traducción literal.

Creo que en nuestro idioma contamos con palabras más idóneas para nombrarlo: compilador (aunque se piensa inmediatamente en libros) o podríamos darle una nueva acepción a selector.

A veces, volviendo a Borges, en la linde de los esfuerzos frustrados, esta lengua se siente tan lejana como el álgebra y la luna. Pero su traducción sobre todo, da lugar a relaciones sospechosas.

 

Se citan giros del poema de Borges “A la lengua alemana”