Llegaste pronto
Telmo Ródenas Cobo


Hay cosas que no nos gustan, y creo que es bueno que algunas veces trasciendan, en busca de una solución que puede estar cerca. O de un alivio personal. A mi suelen no gustarme las cosas que veo injustas. Otra cosa es la implicación que pueda llegar a tener para acabar con esa situación.

Esto viene a colación por un tema que me viene dando vueltas a la cabeza últimamente. De un periodista muy admirado por mi, José Luis Velasco, oí la noticia que menos quería hace unas semanas. Hoy quiero recordarle. Pero para ello antes reflexionaré sobre la que fue su profesión.

Hay ciertos periodistas en nuestro país que, de una manera creciente, me dan la impresión de que acumulan un poder que no merecen. Sus palabras distan sentencia, parecen verdaderas eminencias, les da tiempo a participar en tertulias e incluso escriben libros. En Internet aparecen miles de resultados si a uno se le ocurre consultar por ellos. No dudo que entre ellos los haya realmente buenos, pero otros muchos no me lo parecen, y sospecho que incluso hay algunos en los que priman sus intereses particulares y sus luchas políticas sobre el verdadero interés del ciudadano, que es acceder a una información veraz, y, si puede ser, entretenida. En suma pienso que luchan por ser más influyentes que los demás. Si en esto que expongo hay algo de razón, creo que sería grave, y más aún si lo llegáramos a asumir como algo normal.

También, como siempre, están los que en seguida, sin hacer grandes méritos, acumulan adulación y parecen proyectar una gran carrera. Son quizá los aspirantes a entrar en el grupo anterior.

Y los que sí valen la pena.

José Luis era de éstos últimos. Un buen periodista. Sus programas tenían ritmo, dominaba siempre los temas de los que hablaba, además era ingenioso, y las entrevistas que hacía estaban llenas de lucidez, y de guiños al entrevistado. Eran espacios siempre muy vitales... En cambio, en la última época, cuando la muerte debió de empezar a ganarle el pulso a la vida, no tenía el premio que merecía: un programa de radio a su altura, en un horario acorde a su trayectoria. ¡Qué poco se me hacía escucharle, en esa hora en mitad de la noche de los fines de semana! Era tan mínimo el espacio, que ahora rellenarlo habrá sido para los que mandan no un problema, sino una cuestión solucionada en milésimas de segundo. Para ellos todo es así de fácil. A los que le seguimos, por lo menos a mí, se me hace un mundo el espacio que dejó.

Esa admiración en lo profesional iba unida a una gran simpatía en lo personal. Para mí fue muy reconfortante saber de su gran amor por Galicia, por Chaikovski, por cosas por la que yo sentía cosas parecidas. Siempre contaba lo que le gustaba y lo que no, lo que le merecía admiración, y lo que le causaba rechazo, y en un tono pasional que no es fácil encontrar en las ondas, dentro del respecto que otros no tienen.

No le conocí personalmente, y sólo hablé con él una vez, fue en la Navidad pasada, en un programa especial de Nochebuena, en la que leía relatos escritos por él, y en el que también recibía llamadas de personas que querían compartir ese momento, un poco antes de cenar, que de una manera u otra es especial para todos. Me transmitió la calidez de la que, al poco de su muerte, oí hablar a los que le conocían. En esas columnas, para mi cortas, que encontré en los periódicos. Y en esos breves momentos de la radio que le dedicaron, a quien merecía tanto. Y también me transmitió tranquilidad, a mí que nunca había hablado por la radio. Tuve la sensación de que estaba conversando con un amigo, y que nadie nos oía. Con un amigo al que le interesaba mi historia.

Cuando oí que ya te habías ido, que nos dejabas para siempre, quedé más triste que sorprendido. Y me acordé de un comentario que escuché acerca de la causa de tu retiro a los horarios marginales: llegaste tarde a varios programas. A la muerte, José Luis, llegaste pronto, para mi demasiado, pero yo esas cosas no las sé medir con precisión. Hasta siempre, tú sí, periodista con mayúsculas.


A José Luis Velasco Albacete, que en paz descanse. Madrid, 22 de Diciembre de 2005.