El Jarama (Rafael Sánchez Ferlosio)
Raquel Molina Serrano


No sé por qué a este escritor siempre le tuve un poco de manía, y eso que estuvo casado con mi admiradísima Carmen Martín Gaite, pero resultaba demasiado serio en la foto del libro de literatura del colegio, y las aventuras de Alfanhui fueron para mí lo más tedioso del libro escolar de lecturas. Tal vez a Alfanhui le pase como a Alicia, la del espejo, personajes que los pedagógos se empeñan en introducir en los libros escolares y que, como luego se descubre, sólo se disfrutan de adultos.

Además de mi monomanía, como no conocía demasiado de este escritor, no me sentó demasiado bien que propusieran en el taller de la biblioteca la lectura de El jarama. Buf, pensé, El jarama, ¡qué bien!, un libro dónde no pasa nada y al final uno se ahoga. Porque los libros escolares tienen la suficiente mala leche para amargarte una futura lectura para cuando seas mayor, te lo resumen, te ponen dos dibujos, y ya es como si hubieras leído el libro, total, ya sabes el final.

En El jarama lo menos importante es conocer el final, o que pase o no pase nada. En las 16 horas que transcurren a lo largo de la novela, no pasa nada, o pasa todo, pasa la vida, así, como siempre, de soslayo. Entre las risas de los jóvenes junto al río, entre las rumbas veraniegas de domingo, entre las conversaciones de bar, los vasos de vino y las fichas del dominó.

Y así, una novela constituida por un monumental diálogo de casi 400 páginas, en las que se refleja el habla coloquial de una forma tan fiel que no necesitas que te apunten quién habla en cada momento, se convierte en poesía.

A pesar de la reticencia inicial y de la resistencia de las primeras páginas, el Jarama absorbe.

Y ahora sí que me alegro de haber leído esta novela. Y de que el pasado 23 de abril concedieran el Premio Cervantes a este señor serio. Y de que la vida siga pasando junto al Jarama, ahora igual que hace 50 años.