La "intelectualización" de la poesía
Raquel Molina Serrano


La intelectualización, para nosotros los psicólogos, significa un mecanismo de defensa que emplea el razonamiento o la lógica para tratar de evitar la confrontación con algo que produce ansiedad. También se le conoce como la compulsión de pensar.

La sociedad en la que nacimos y en la que vivimos nos ha transmitido una compulsión por pensar, por el racionalismo llevado hasta sus últimas consecuencias. Lo que no es lógico, lo que no se puede intelectualizar, no tiene cabida en nuestras vidas. Por eso, tal vez, la poesía entra tan poco en ellas.

La poesía se dirige a nuestros sentimientos, la poesía no es lógica ni racional, no tiene orden, ni significado, ni es causa ni produce efecto. La poesía es, sobre todo, sensación. Debería haber un sexto sentido aparte de los cinco tradicionales: el sentido poético, que englobaría a los otros cinco. A través de un poema podemos ver, oler, oír, gustar y tocar.

Para disfrutar de un poema hay que dar vacaciones a nuestro cerebro lógico y quedarnos en el que no responde a las reglas, el que disfruta de la vida sin pensar en sus consecuencias.

Tal vez por eso no nos gusta leer poesía. Pretendemos leer poesía como leemos ensayo o novela. Pretendemos “intelectualizar”, racionalizar, lo que nos cuentan, aunque no nos cuenten nada. Con un libro de poesía en la mano nos sentimos perdidos, no entendemos nada. Nuestra mente se aburre.

Un día decidí acercarme a la poesía y no pensarla, y del susto que me di tardé unos cuantos meses en recuperarme. Me quise retraer de la poesía. Pensé, otra vez la dichosa intelectualización, que no tenía cabida en mi vida. Aquí entra la primera acepción: la intelectualización como mecanismo de defensa que emplea el razonamiento o la lógica para tratar de evitar la confrontación con algo que produce ansiedad.

¿Acaso hay algo que produzca más ansiedad que los sentimientos? Sobre todo esos sentimientos que tardamos tantos años en enterrar en lo más profundo de nosotros, aquellos que encerramos en cajas herméticas clausuradas con siete llaves para que no salga a la superficie el dolor, la desesperación, el desamor, y todo lo no placentero. A veces hasta guardamos en el mismo sitio lo positivo. Las sensaciones intensas, incluso las agradables,  alborotan nuestra vida descafeinada. Vivimos en un mundo de fantasía pero sin emoción: las únicas emociones que nos permitimos son las que espiamos a través de la televisión, hay que vivir sin vivir demasiado, hay que pensar lo que es lícito pensar; las sensaciones se reducen a las que venden los anuncios.

La poesía es todo lo contrario. Empezar a leer una poesía supone, en muchos casos, abrir la caja de Pandora: todos esos sentimientos bien guardados emergen desordenados y nuestro corazón se asusta. Revivimos sensaciones oxidadas, más cercanas al niño o niña que fuimos que a este desconocido que somos hoy. Hay que armarse de mucho valor para reconocer que existe todo eso en nuestro interior, sobre todo teniendo en cuenta que en los colegios no dan instrucciones sobre qué hacer en estos casos.

Me gustaría concluir diciendo que no sólo algunos poetas son malditos, todos los poetas lo son. Malditos por remover lo que tanto esfuerzo nos ha costado ocultar.

Por todo esto, tal vez la mejor recomendación para vivir emociones fuertes sea leer poesía. Hay que tener en cuenta, eso sí, que sólo es apta  para valientes.

Madrid, 1 de septiembre de 2006