José Enrique Rodó y su perenne vigencia
Washington Daniel Gorosito Pérez



“La civilización de un pueblo adquiere su carácter,

no de las manifestaciones de su prosperidad o de

su grandeza material, sino de las superiores

maneras de pensar y de sentir que dentro de ella

son posibles”.

José Enrique Rodó

 

José Enrique Rodó, autodidacta por excelencia, su madurez intelectual es casi simultánea con su aparición en el mundo de las letras. Crítico por 1894, es también poeta accidental y periodista, para lograr la cúspide como ensayista con “Ariel” en el 1900.

 

Rodó vivió su doble calidad de pensador y hombre. Su obra no es una trama ficticia, sino la verdad de Rodó frente a la vida, frente a la razón de la existencia humana, cuyo sentido trata de desentrañar, indicando, por fin, a través de Ariel un sendero a seguir, por el cual fue el primero en transitar predicando con su ejemplo.

 

En la producción literaria de Rodó podemos destacar varios aspectos. Fundamental su concepción vital, su concepción de existencia. La obtiene oponiendo el idealismo al utilitarismo. Rodó siempre estuvo alienado en el idealismo, de allí hizo un firme llamado al mantenimiento de la integridad del ser humano. Lucha por el triunfo del espíritu, de la razón, del sentimiento de lo estético, lo bello, del equilibrio sobre el instinto, la materia, el sensualismo y la torpeza.

 

Enfrenta sí, a dos imágenes personificadas en Ariel, a quien invoca como su númen y Calibán, a quien representa el objeto de sus más severas críticas. Los caminos dibujados por Rodó son imborrables, pues, tienen su base en lo más profundo de nuestro yo.

 

Para el escritor uruguayo, el ideal de moralidad humana resultaría de la conjugación de los principios de la caridad cristiana dentro de los moldes de la cultura griega de la cual se declaraba un gran admirador. En su opinión el Cristianismo es un cuadro de juventud del alma, de gracia y de candor y Grecia es la encumbrada realizadora porque tuvo la juventud, la alegría y el entusiasmo.

 

Y de esa manera surgió el arte, la investigación, la filosofía, la conciencia de la dignidad humana. Lo imperecedero de Atenas es que fundó, según Rodó, su concepción de la vida en el concierto de todas las facultades humanas. Es que el escritor aspiraba a que los individuos desarrollaran la totalidad de su ser y no un solo aspecto del mismo. Cada uno debe ser un ejemplar no mutilado de la humanidad en el que ninguna noble facultad del espíritu quede descartada.

 

Al hacer una evaluación de todos lo elementos superiores de la existencia racional considera el sentimiento de lo bello, la visión clara de la hermosura de las cosas, el que más fácilmente marchita la aridez de la vida. La criatura humana será plenamente buena cuando sepa al manifestar su virtud respetar el sentimiento de lo hermoso, aliado del sentido común y del moral, así como de la dignidad de las costumbres.

 

Otro elemento clave en su obra es la concepción de Democracia, la cual admite como un hecho ineludible, soporte junto a la ciencia de la civilización, esta se basará en dos principios: igualdad, en cuanto a que todos tengan las mismas posibilidades para alcanzar similares metas y selección en cuanto a que dicha igualdad no vaya en perjuicio de la distinción que merecen aquellos que, por sus talentos y virtudes, sus relevantes condiciones morales e intelectuales deben ocupar un lugar preponderante dentro del ámbito social. La democracia tendría que consagrar la jerarquía emanando de la libertad. Su valor dependerá de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ella son posibles y no de su exclusiva prosperidad o grandeza material.

 

Por otro lado Rodó es un escritor que se define, es decir no adopta posiciones intermedias. Entre el idealismo y el utilitarismo se vuelca abiertamente por el primero, sin buscar un compendio de cualidades eventualmente positivas de ambas concepciones vitales. No reconoce la más mínima consideración al materialismo, luchando sólo por la conducta desinteresada, la espiritualidad de la civilización y la convocatoria a una existencia superior.

 

También es destacable en el escritor su profunda fe, su constante conjugación del verbo “creer”. Sí, por sobre todas las cosas José Enrique Rodó, cree, y cree en el hombre, en la civilización, en la humanidad, en el esfuerzo propio para alcanzar las más nobles posiciones. Según él, debe premiarse a los que logren por su exclusiva acción, por sus méritos, el reconocimiento general, el distingo personal.

 

Pero Rodó, cree decíamos, pero cree en la juventud de nuestra América. Emite su pensamiento esencial a través de un mensaje a esa juventud, porque la misma es el terreno fértil, donde la palabra noble y el consejo generoso, pueden rendir frutos maravillosos. Y como confía en América, sueña con una América hospitalaria, pensadora, sin menoscabo de su actitud para la acción por lo tanto a su juventud invoca.

 

Y hablar a la juventud para Rodó, no es más que una metáfora para hablar a la humanidad toda, pues ésta no es más que el producto de la renovación de sus propias juventudes, las que deben ser conscientes de la fuerza bendita de la cual son portadoras.

 

Para Rodó el honor de cada generación debe lograrse en la conquista por su exclusiva acción, de aquellos ideales y fines vitales que, previamente, la misma se haya fijado, desarrollando la plenitud de la condición humana.

 

Pero sin lugar a dudas, lo más destacable es su americanismo que lo mantiene siempre vigente. Rodó sueña y cree en una América joven, entusiasta y activa. Indudablemente su inspiración en parte ha sido el pensamiento de otro gran americanista oriental, me refiero a José Gervasio Artigas.

 

Pocos como él poseyeron el instinto depositado en América cuando esta era más mito que verdad, más hipótesis que realidad; fue un gestor de América, de aquella que con la fuerza de su juventud constituyó la renovación de la civilización en muchos ideales y aspiraciones.

 

Fue Artigas portador de cooperación, unión, fraternidad, solidaridad, hermandad y como se diría en el lenguaje de la época: los más caros anhelos, tratando de materializar el ansia general de emancipación preexistente en América, con lirismo de poeta y premonición de profeta.

 

En Ariel, José Enrique Rodó expone lo que para nuestra América significa la derrota española en la guerra relámpago con Estados Unidos en 1898. Rodó habla de la “nordomanía” como el inútil afán por hacer de nuestra América otro Estados Unidos, porque tratando de serlo no acepta la superioridad del coloso y, con ello, el nuevo coloniaje.

El Ariel de Rodó será el gran llamado de alerta ante el gran equívoco; un llamado a la realidad al que medio siglo antes había apuntado Juan Bautista Alberdi. Ser hombre no es ser yanqui, francés o inglés.

 

Ser hombre es ser, simplemente, lo que se es, latinoamericano, como el yanqui es yanqui, el francés, francés y el inglés, inglés. De ahí que los filósofos latinoamericanos como lo señalaba Rodó, posteriormente se lanzarán a la búsqueda de lo propio, lo original de los pueblos latinoamericanos.

 

El escritor y filólogo Pedro Henríquez Ureña en una conferencia que impartiera en el Ateneo de la Juventud de México titulada la obra de José Enrique Rodó y publicada en el volumen Conferencias, México 1910 no vaciló en calificar a Rodó como “el primero, quizá que entre nosotros influye con solo la palabra escrita”.

 

La vigencia de Rodó para América es impresionante, en él encuentran un beneplácito a su conducta no sólo las personas, los entes individuales, sino también las naciones, los núcleos colectivos que buscan el desarrollo o la recuperación por rumbos correctos. Solo la acción inspirada en edificantes objetivos, de las generaciones actuales y de las venideras, podrá reportar beneficios para las comunidades que la integran.

 

El principio que aureola la obra de José Enrique Rodó de que a cada persona, a cada generación, a cada colectividad, corresponde otorgarles la recompensa que por su estímulo sean acreedores, lo hace resalta más que nada como un verdadero paladín de la justicia. Para él sólo serán objeto de distinción los que a través de senderos rectos y limpios alcancen metas similares.

 

Son normas axiomáticas, muchas veces repetidas, hoy a veces “ninguneadas” o descartadas. Rodó impide su olvido. Su pensamiento increíblemente precoz tiene permanente vigencia, diría: perenne actualidad, con su mensaje el escritor uruguayo se constituyó en una de las glorias máximas del pensamiento americano.

 

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