Camus y la metáfora de “El extranjero”
Washington Daniel Gorosito Pérez



Han pasado 7 décadas desde que en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, apareció El Extranjero de Albert Camus; la historia de Meursault es en realidad una metáfora en la que el escritor dibuja un semblante del mundo contemporáneo.

En El Extranjero fluyen manantiales de las filosofías existencialista y del absurdo, también de Friedrich Nietzsche. Un chaparrón de interrogantes de estas corrientes literarias sobre el sentido de la vida, la condición humana, el libre albedrio, la existencia o no de Dios, la irracionalidad. Inquietantes dudas existenciales en atmósferas donde reina lo sombrío y el pesimismo.

Lectura de la dictadura opresiva de los convencionalismos sociales y su aplastante peso sobre el ser humano. Reflexiones en voz de Meursault, quien es un hombre extraño que siente y actúa de manera distinta a los demás, a los “normales”, siempre acompañado de una fiel indiferencia.

Un día, poseído por el azar, Meursault comete un crimen, debido a una cadena de hechos absurdos. Pero, lo más irracional es que la “justicia” lo juzga y condena no por el asesinato, sino por ser diferente a la masa, no ser políticamente correcto y no jugar el juego que en mayor o menor medida todos jugamos, simulaciones, apariencias, domesticación, sometimiento y hasta inclusive mentiras, algunas piadosas pero mentiras al fin.

El principio del fin es la noticia de la muerte de su madre, en un asilo de ancianos en Marengo, Argel. “Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: “Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame”. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer…”

Sin expresividad, Meursault recibe el mensaje. Es un hombre hundido en la cotidianeidad que carcome la vida. Cuando llega al asilo, su indiferencia impresiona a todos. Evita ver el cadáver de su madre, no derrama una lágrima, no expresa sentimientos, parece que no le importa el fallecimiento de su progenitora.

Las miradas inquisidoras de la comunidad lo critican, la gente cuestiona que ni siquiera sabe la edad de su mamá y hasta fue capaz de tomarse un café con leche y fumar un cigarro durante el velorio. La calificación social lo reprueba, lo etiqueta de insensible.

De regreso en Marengo, inicia su relación amorosa con Marie. Van al cine a disfrutar una divertida película de Fernandel. Pasan los días atrapados entre la rutina y la indiferencia. Por ayudar a su amigo Raymond, se va metiendo en enredos tontos. La presencia del azar encadena absurdos que van tejiendo una red que atrapa al protagonista. Soplan vientos de tragedia y las circunstancias arrastran a Meursault, al homicidio.

Estremece la prosa de Albert Camus, en voz del protagonista: “Fue entonces cuando todo vaciló. Del mar llegó un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para vomitar fuego. Todo mi ser se tensó y mi mano se crispó sobre el revolver. El gatillo cedió, toqué el pulido vientre de la culata y fue así, con un ruido ensordecedor y seco, como todo empezó”.

“Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz. Entonces disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que se hundían las balas. Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia”.

Meursault va a prisión y a un juicio absurdo que impide atenuantes. No lo juzgan por el homicidio, sino por su actitud ante la muerte de su madre, por no seguir la etiqueta funeraria.

Cuando aceptó que había fumado, dormido y tomado café con leche en el velorio, casi firmó su sentencia a la guillotina: “sentí que algo indignaba a toda la sala y, por vez primera, comprendí que era culpable”. ¿De la muerte del árabe? ¿Por rechazar convencionalismos sociales?

El implacable fiscal lo condenó: “¡Sí, acuso a ese hombre de haber enterrado a una madre con un corazón de criminal!”. La indiferencia de Meursault escandalizó a la sociedad. En el tribunal no despertó la piedad; si reinó el absurdo y la ceguera mental que permitió hasta el cinismo de los medios de comunicación.

Inhumano, un periodista sonriendo, sin pizca de rubor, le confesó: “Sabe usted, hemos exagerado un poco su asunto. El verano es la estación vacía para los periódicos. Y sólo su historia vale algo”. Unos cuantos, Marie, Raymond y otros, eran sensibles al destino del amigo.

Agonizó el tiempo taciturno. En el amanecer entristecido las puntuales sirenas anunciaron la fatalidad. Apremiaban. Fue entonces que en la hora del miedo, en los minutos de la duda, llegó una madura certidumbre de transparente claridad. Ávido de vida, Meursault, sólo en la Tierra, se desnudó de su pertinaz indiferencia y se vistió de agradecida aceptación y liberación:

Cuando desperté con las estrellas sobre mi rostro, la paz maravillosa del verano dormido entraba en mí como una marea… Ante esta noche cargada de signos y de estrellas me abría por vez primera a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraterno al cabo, sentí que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, no me queda más que desear en el día de mi ejecución la presencia de muchos espectadores que me acojan con gritos de odio.