La trivialización de la vida intelectual
Washington Daniel Gorosito Pérez



Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua; trivial significa, vulgarizado, común y sabido de todos, que no sobresale de lo ordinario y común que carece de toda importancia y novedad.

En su último libro titulado “La civilización del espectáculo”, el primero posterior a la recepción del premio Nobel de Literatura en el 2010, el escritor Mario Vargas Llosa, expresa y documenta su preocupación sobre la razón de ser de la cultura de nuestro tiempo.

La idea central del arequipeño es: el hombre es un ser que vive en la interrogación constante; se cuestiona acerca de sus preocupaciones, individuales o grupales, todos las tienen, como tal trata de obtener respuestas. Lo triste es que las respuestas se han desplazado de un plano crítico a uno banal.

Es decir, se pasó del pensamiento crítico que se obtiene con la cultura, que de acuerdo al autor se consigue con la buena lectura, a la frivolidad de la imagen. Razón por la cual lleva como título: “La civilización del espectáculo”, en él está el reconocimiento que a pesar del desarrollo cultural y tecnológico que ha llevado a la humanidad a vivir “más civilizadamente”, en mejores condiciones, la batalla contra la insípida narrativa de la diversión como centro de la vida no se ha perdido, pero de alguna manera se ha asumido indefensamente, como si de un enemigo sin rival se tratase.

Es claro que la imagen tiene valor intelectual, una película, una serie de televisión, le pueden parecer “divertidas” al autor, pero no llegarán a la categoría de buenas si “la imagen no precede a una lectura crítica de la realidad”.

Se supone que una película no es buena por la calidad de su imagen, esa sobrevalorada capacidad de “hipnotizar” a sus receptores, sino por la narrativa que encierra, esa creación intelectual que le imparte a quien la ve.

Vargas Llosa sostiene que los guionistas y directores de cine y televisión, reflexionen ya que tanta trama policíaca y tanto drama pasional, tanta pompa de la emoción detectivesca y amorosa, nos ha dejado vacíos, nos ha convertido en seres maleables y cursis, que se dejan embelesar por cualquier tontería.

El escritor peruano considera que nunca la cultura fue tan democrática, “tan posible para todos los que tenemos televisor”. Pero, el problema está en la errónea interpretación del concepto mismo. Vargas Llosa se alinea con la definición de T.S. Eliot cuya definición de cultura estaba muy lejos del sinónimo de erudición: “Una especie de puerta abierta que se tiene hacia los conocimientos”, bajo esta perspectiva la cultura vendría a ser anterior al concepto.

“El especialista, el científico, pueden tener grandes conocimientos, pero, no por ello, es necesariamente culto. El cultivo de las formas, la capacidad de jerarquizar los conceptos adquiridos, el orden y la prelación de los conocimientos son elementos que constituyen las tres estancias del individuo encargadas de crear tensiones en la sociedad: el plano intelectual, el ético y el moral; no existiría cultura sin este orden previo”, considera Vargas Llosa.

El Nobel comparte la línea discursiva con sociólogos como Zigmunt Bauman, que presenta a la posmodernidad dominada por las “sociedades líquidas”, como carentes de identidad, constituidas por seres a la deriva que se satisfacen con el espectáculo trivial.

El problema, de fondo, viene a ser el mal entendimiento de la cultura como entretenimiento y diversión. ¿Tiene que ser aburrida la cultura? Obvio que la respuesta es no. La cuestión es justo lo implícito en la pregunta. Las categorías de diversión y aburrimiento se han banalizado.

El esfuerzo intelectual se mal entiende como sosería, una cosa para aburridos. Eso es lo que muestra el autor, su “malestar con la incultura”, quien sostiene que: “El placer de la vida intelectual se ha trivializado”.

 

Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez