La tarde que Víctor Hugo le escribió a Benito Juárez
Washington Daniel Gorosito Pérez



¿Pero quiénes son los participantes de este proceso de comunicación epistolar?

Víctor Hugo (1802- 1885) Uno de los más importantes escritores románticos en lengua francesa, fue además un ilustre político, académico e intelectual. Su obra poética incluye la lírica y la épica e incluso la poesía comprometida, en especial contra Napoleón III. Entre sus principales novelas, Nuestra Señora de París y Los Miserables le ganaron reverencia mundial en vida.

Escribió una serie de discursos políticos pronunciados en la Asamblea Nacional sobre la pena de muerte, la educación o Europa, entre otros temas. Durante el Segundo Imperio, fue condenado al exilio por el compromiso social de sus obras. Sus opiniones políticas y morales lo convirtieron en héroe de la Tercera República. Reconocido posteriormente como uno de los más grandes poetas franceses.

Benito Juárez (1806- 1872) Estadista liberal primigenio y padre de la segunda independencia de México. Precursor de la cultura del esfuerzo y patriota visionario. De origen indígena, aprendió español y luego latín, obtuvo el grado de abogado en 1834; inició su carrera pública como Regidor del Ayuntamiento de Oaxaca, luego Ministro del Tribunal local; Diputado del Estado y Gobernador interino en 1847. Fue desterrado por venganza de Santa Anna, peregrina entre La Habana, Nueva Orleans y Panamá.

Presidente de la República tras un golpe a Comomfort, en 1858 inicia su itinerante ruta a la consolidación de la nación mexicana. Su mandato estuvo marcado por la invasión del ejército francés a nuestro país, como resultado de la decisión de suspender pagos a los acreedores extranjeros, entre los que también se encontraban España y Gran Bretaña.

Pese a la negociación ofrecida por Juárez, Napoleón III decidió mandar tropas a México y nombrar a Maximiliano de Habsburgo como Emperador, quien posteriormente moriría fusilado en el Cerro de las Campanas.

Por este hecho histórico el célebre escritor francés Víctor Hugo en la tarde hermosa que coronaba el jardín de su residencia de exilio de Hauteville House, en la isla de Guernsey, le escribió la siguiente carta al presidente Benito Juárez, ese indio zapoteco que se encumbró en el mundo entero por la fortaleza de su ser, lo que le valió ser nombrado por el Congreso de Colombia el 2 de mayo de 1865 “Benemérito de las Américas”.

 

Carta al Presidente Juárez:

Hauteville, junio 20, 1867.

Al Presidente de la República Mexicana:

Juárez, vosotros habéis igualado a John Brown

La América actual tiene dos héroes, John Brown y vosotros. John Brown, por quien ha muerto la esclavitud; vosotros por quien ha vencido la libertad.

México se ha salvado por un principio y por un hombre. El principio es la República; el hombre sois vosotros.

Por otra parte, el fin de todos los atentados monárquicos termina por abortar. Toda usurpación comienza por Puebla y termina en Querétaro.

Europa en 1863, se arrojó sobre América. Dos monarquías atacaron vuestra democracia: la una con un príncipe, la otra con un ejército, el más aguerrido de los ejércitos de Europa, que tenía por punto de apoyo una flota tan poderosa en el mar como en la tierra; que tenía el respaldo de todas las finanzas de Francia, recibiendo reemplazos sin cesar; bien comandado; victorioso en África, en Crimea, en Italia, en China, valientemente orgulloso de su bandera; que poseía en abundancia caballos, artillería, abasto, municiones formidables. Del otro lado, Juárez.

Por una parte dos imperios, por la otra un hombre. Un hombre con sólo un puñado de hombres. Un hombre arrojado de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, de bosque en bosque, amenazado por la infame fusilería de los consejos de guerra, perseguido, errante, atacado en las cavernas como una bestia feroz, acosado en el desierto, proscrito. Por generales, algunos desesperados; por soldados, algunos desnudos. Ni dinero, ni pan, ni pólvora, ni cañones. Los matorrales por ciudades. Aquí la usurpación llamándose legitimidad; allá el derecho, llamándosele bandido.

La usurpación con el casco en la cabeza y la espada imperial en la mano, saludada por los obispos, precedida delante de ella y arrastrado tras ella, todas las legiones de la fuerza. El derecho solo y desnudo. Vosotros, el derecho, habéis aceptado el combate. La batalla de uno, contra todos, ha durado cinco años. Falto de hombres, habéis tomado cualquier cosa por proyectil. El terrible clima os ha socorrido; habéis tenido por auxiliar a vuestro sol.

Habéis tenido por defensores los pantanos infranqueables, los torrentes llenos de caimanes, las marismas plenas de fiebre, las vegetaciones tupidas, el vómito negro de las tierras calientes, los desiertos salados, los grandes arenales sin agua y sin hierbas, donde los caballos mueren de sed y de hambre; la grande y severa meseta del Anáhuac que, como la Castilla se defiende por su desnudez; las barrancas siempre conmovidas por los temblores de los volcanes, desde Colima hasta el Nevado de Toluca. Habéis llamado en vuestro auxilio a vuestras barreras naturales: lo escabroso de las cordilleras, los altos diques basálticos y las colosales rocas de pórfido. Habéis hecho la guerra de gigante y vuestros proyectiles han sido las montañas.

Y un día, después de cinco años de humo, de polvo y de ceguera, la nube se ha disipado y entonces se han visto dos imperios caídos por tierra. No más monarquía, no más ejércitos; nada más que la enormidad de la usurpación en ruina y sobre este horrorosa derrumbamiento, un hombre de pie, Juárez, y al lado de este hombre, la libertad. Habéis hecho todo esto, Juárez, y es grande; pero lo que os resta por hacer es más grande todavía.

Escuchad, ciudadano Presidente de la República Mexicana:

Acabáis de abatir las monarquías con la democracia. Les habéis demostrado su poder, ahora mostrad su belleza. Después del rayo, mostrad la aurora. Al cesarismo que masacra, oponed la República que deja vivir. A las monarquías que usurpen y exterminan, oponed al pueblo que reina y se modera. A los bárbaros, mostrad la civilización. A los déspotas mostrad los principios. Humillad a los reyes frente al pueblo, deslumbrándolos. Vencedlos, sobre todo, por la piedad. Protegiendo al enemigo se afirman los principios. La grandeza de los principios consiste en ignorar al enemigo. Los hombres no tienen nombre frente a los principios; los hombres son el Hombre.

Los principios no conocen más allá de ellos mismos. El hombre en su estupidez augusta no sabe más que esto: la vida humana es inviolable. ¡Oh venerable imparcialidad de la verdad! ¡Qué bello es el derecho sin discernimiento, ocupado sólo en ser derecho! Precisamente delante de los que han merecido legalmente la muerte es donde se debe abjurar de las vías de hecho. La grandiosa destrucción del cadalso debe hacerse delante de los culpables. Que el violador de los principios sea salvaguardado por un principio. Que tenga esta dicha y esta vergüenza.

Que el perseguidor del derecho sea protegido por el derecho. Despojándolo de la falsa inviolabilidad, la inviolabilidad real, lo ponéis delante de la verdadera inviolabilidad humana. Que se quede asombrado al ver que el lado por el cual es sagrado, es precisamente aquél por el cual no es emperador. Que este príncipe que no sabía que era un hombre, sepa que hay en él una miseria, el rey; y una Majestad, el hombre. Jamás se os ha presentado una ocasión más relevante. ¿Osarían golpear a Berezowski en presencia de Maximiliano sano y salvo? Uno ha querido matar a un rey; el otro ha querido matar a una Nación.

Juárez, haced que la civilización de este paso inmenso. Juárez, abolid sobre toda la tierra la pena de muerte. Que el mundo vea esta cosa prodigiosa: la República tiene en su poder a un asesino, un emperador; en el momento de aniquilarlo, descubre que es un hombre, lo deja en libertad y le dice: eres del pueblo, como los otros. ¡Vete! Esta será, Juárez, vuestra segunda victoria. La primera, vencer la usurpación, es grandiosa. La segunda, perdonar al usurpador, será sublime.

Sí, a estos príncipes, cuyas prisiones están repletas; cuyos patíbulos están corroídos de asesinatos; a esos príncipes de cadalsos, de exilios, de presidios, y de Siberias; a esos que tienen Polonia, a esos que tienen Irlanda, a los que tienen La Habana, a los que tienen Creta; a estos príncipes a quienes obedecen los jueces, a estos jueces a quienes obedecen los verdugos, a esos verdugos obedecidos por la muerte, a esos emperadores que tan fácilmente cortan la cabeza de un hombre, mostradles cómo se perdona la cabeza de un emperador!

Sobre todos los códigos monárquicos de donde manan las gotas de sangre, abrid la ley de la luz y, en medio de la más santa página del libro supremo, que se vea el dedo de la República señalando esta orden de Dios: Tú ya no matarás. Estas cuatro palabras son el deber. Vosotros cumpliréis con ese deber. El usurpador será salvado y el libertador, ay, no pudo serlo. Hace ocho años, el 2 de diciembre de 1859, sin más derecho que el que tiene cualquier hombre, he tomado la palabra en nombre de la democracia y he pedido a los Estados Unidos la vida de John Brown. No la obtuve. Hoy pido a México la vida de Maximiliano. ¿La tendré?

Sí y quizás a esta hora esté ya concedida.

Maximiliano deberá la vida a Juárez.

Y el castigo, preguntarán.

El castigo, helo aquí:

Maximiliano vivirá “por la gracia de la República”.

Nota: La sentencia a muerte por medio de un pelotón de fusilamiento, decretada por el tribunal militar que juzgó a Maximiliano en el teatro de la ciudad de Querétaro, se consumó la mañana del 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas en Querétaro.