Cultura, ecología cultural y genética
Washington Daniel Gorosito Pérez



El sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, que acuñó el término modernidad líquida, en su obra “La cultura como praxis” sostiene: “La cultura se refiere tanto a la invención como a la preservación, a la discontinuidad como a la continuidad, a la novedad como a la tradición, a la rutina como a la ruptura de modelos, al seguimiento de las normas como a su superación, a lo único como a lo corriente, al cambio como a la monotonía de la reproducción, a lo inesperado como a lo predecible”.

Este pensador sostiene que el objetivo de la cultura no es la perpetuación sino más que nada asegurar las condiciones de nuevas experimentaciones y cambios. De esta forma, la cultura sería una actividad del espíritu libre, de la creatividad, de la invención, de la capacidad de resistirse a las normas, de la irreverencia ante la tradición, mientras de otra, la cultura se plantearía como un instrumento de continuidad al servicio de la rutina y el orden social.

Lo ambiguo que es el concepto cultura, permite a este teórico estudiarlo desde tres significados del término. En primera instancia como concepto jerárquico, cuando denominamos alguien como persona “culta”, comunicamos que posee educación, está bien formada, ennoblecida por sobre su “estado natural”. A su vez este concepto transmite una de las formas posibles del descontento de grupos con carencias y sin privilegios.

Como concepto diferencial, otro empleo de la palabra cultura es dar a conocer diferencias aparentes entre comunidades de seres humanos. Los promotores de este significado reivindican la identidad y la singularidad de una cultura y rechazan la mezcla de culturas ya que lo consideran indeseable. Y como concepto genérico, Bauman estudia la noción antropológica, el concepto cultura que se comenzó a utilizar en el siglo XVIII con el objetivo de diferenciar los logros de la humanidad de los hechos de la naturaleza.

Por lo tanto, cultura sería todo aquello que se debe al esfuerzo intelectual y físico de los seres humanos, todas aquellas formas que la vida humana produce: arte, ciencia, religión, tecnología, leyes… un conjunto de significados, incluido el lenguaje, atribuibles solamente a la humanidad. La antropología sostiene que la cultura inició cuando los seres humanos crearon herramientas que no se encontraban en la naturaleza y que fueron producto de sus habilidades. Recordemos que Karl Marx decía que los hombres son los únicos “animales con cultura”.

La creatividad sería la referencia ritualizada del origen de todo lo que es cultural en tanto que opuesto a lo natural. Desde este punto de vista antropológico, la cultura humana sería ese formidable esfuerzo universal para descifrar el orden natural del mundo y para imponer sobre él un orden artificial. Un mecanismo a través del cual el hombre empieza adaptándose a su entorno y termina controlándolo,  se termina imponiendo la cultura sobre la naturaleza.

Como reacciones posteriores, en el siglo XIX de lo que se trató fue de “naturalizar la cultura”, mientras en el siglo XX la tendencia fue a “culturizar la naturaleza”. Las últimas teorías tienden a identificar cultura y naturaleza al afirmar que la cultura no es otra cosa que alcanzar, conseguir la naturaleza. Por lo tanto cultural sería aquello que llega a igualar la naturaleza.

Según el sociólogo estadounidense Robert A. Nisbet, los romanos tradujeron erróneamente la palabra griega physis al latín como natura. Según Bauman, physis transmite un concepto que denota al mismo tiempo cultura y naturaleza. De ahí pasamos al concepto “ecología cultural”, del antropólogo y arqueólogo estadounidense, Julian H. Steward, refiriéndolo a un método de análisis social cuyo objetivo era determinar hasta qué punto los modelos de conducta implicados en la explotación del entorno afectan a otros aspectos de la cultura.

De ahí que la ecología cultural fuera concebida como un  esfuerzo disciplinario que intenta comprender la dinámica social humana desde la interacción entre cultura y medio natural, tomando como base el desarrollo de conocimiento, la tecnología y la organización del trabajo. Si a este le sumamos lo que Muñoz Rubio sostiene que es en los genes en donde podemos encontrar  al menos las líneas generales que rigen el comportamiento de los seres humanos, de manera que la cultura se encontraría, en última instancia, sometida a las leyes de la genética y la biología molecular.

Sumemos el concepto del filósofo japonés, Nishida Kitaro, quien considera que en los fenómenos espirituales o intelectuales de una cultura hay una parte que es creativa e individual, aunque como exigencia natural todos estamos sujetos a las leyes naturales. Pero las “leyes de la naturaleza son leyes de existencia”, y la existencia de la cultura sigue las leyes de la naturaleza como actividad integradora que es creativa”: “las leyes de la naturaleza no pasan de ser un aspecto abstracto de la realidad creativa”. En una cultura hay cosas que pertenecen al gusto, a la idiosincrasia personal y en ese caso, en cuestión de gustos no hay discusión.

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis y una de las figuras intelectuales más importantes del siglo pasado consideraba que “La función de la cultura, su verdadera razón de ser, es defendernos contra la naturaleza”. Sin duda era un visionario, quizás ya estaría pensando en desarrollo sustentable y calentamiento global, aunque la que se defiende de nuestra cultura en este caso es la naturaleza.