El periodismo y Sor Juana Inés de la Cruz
Washington Daniel Gorosito Pérez



Muy cerca de la Décima Musa estuvieron dos importantes escritores y periodistas de la época. Me refiero a Carlos de Sigüenza y Góngora y Juan Ignacio de Castorena y Ursúa.

 

El poeta y pensador originario de Querétaro, Sigüenza y Góngora, es considerado el patriarca del periodismo en México ya que en el siglo XVII publicó, la “Relación de los sucesos de la armada y Barlovento, a fines de 1690 y 1691”, editada en el año de 1961.

 

En el transcurso del mismo año también dio a conocer, “Trofeo de la justicia española contra la perfidia francesa” y en 1693 “Mercurio volante con la noticia de la recuperación de la provincia de Nuevo México”, aunque este último no fue un periódico de noticias sino una relación histórica por entregas.

 

Esta es la razón por la cual el primer periodista mexicano es Castorena y Ursúa quien fuera el fundador y director de La Gaceta de México, publicado mensualmente de enero a junio de 1722. En los tres primeros números de esta publicación se asienta: “Gaceta de México y noticias de la Nueva España” que se imprimirá cada mes y comienza desde el 1º de enero de 1722, con privilegio, en México, en la imprenta de los herederos de la viuda de Miguel de Rivera Calderón en el Empedradillo, año de 1722”. La calle del Empedradillo es la actual Monte de Piedad en el centro Histórico de la Ciudad de México.

 

Con referencia al contenido de la Gaceta, la misma sostenía que no hacía reflexiones políticas, porque “se goza un gobierno pacífico y porque las máximas del Estado se gobiernan con el irrefragable dictamen de nuestro soberano”.

 

Cada número se proponía, según allí se especifica, “hacer una fidelísima relación de estas regiones para que con ellas, se pudieran formar unos anales del futuro”. Daba también noticias de Madrid, París y otras capitales europeas. Cada número terminaba con la información correspondiente a los nuevos libros editados en México y España.

 

Regresando a la relación que existiera entre estos dos periodistas y Sor Juana, Sigüenza y Góngora menciona en varios de sus escritos su admiración por la Décima Musa. Esta fue puesta a prueba en 1680 cuando ambos recibieron el encargo de prepara sendos “arcos” para recibir en México (Virreinato de la Nueva España) al Virrey Don Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna.

 

Sor Juana escribió, “Neptuno alegórico”, descripción del arco que a ella le había encargado el cabildo de la catedral Metropolitana. Allí declara que prefiere seguir el estilo común y no salir del metro tan aprobado, que eligió como símbolo al dios Neptuno, que se trata de un “arco triunfal”.

 

Mientras que Sigüenza al diseñar el “arco” se opone a que sea llamado “triunfal”, porque este adjetivo es, dice, “memoria del triunfo romano, ilación que se dedujo de las invasiones sangrientas”; y rechaza, el “estilo común” de hermosear con mitológicas ideas de mentirosas fábulas, esas portadas triunfales”.

 

Ante esto hay una advertencia de Alberto G. Salceda, en la introducción al Tomo IV de las Obras Completas de Sor Juana, que no pudo menos don Carlos que considerar que la exposición de motivos de su obra envolvía un ataque a Sor Juana, y se apresura a darle satisfacción.

 

Por ello, Sigüenza escribe: “Cuanto en el antecedente preludio se ha discurrido más tiene por objeto dar razón de lo que dispuse en el “arco” que perjudicar lo que en el que, al mismo tiempo intento, la madre Juana Inés de la Cruz, religiosa del Convento de San Jerónimo de esta ciudad; y dicho se estaba cuando no hay pluma que pueda elevarse a la eminencia donde la suya descuella, cuantimás atreverse a pregonar la sublimidad de la erudición que la adorna”.

 

En lo referente a Castorena y Ursúa, se sabe que siendo éste ya doctor en Cánones, tiempo antes de publicar la gaceta de México y de ser Obispo de Yucatán, entabló una cordial amistad con la madre Sor Juana Inés de la Cruz.

 

En cierta ocasión, al llegar a sus manos unos impresos que criticaban duramente a la gran escritora, Castorena y Ursúa la defendió con maestría. Sor Juana le dedicó la siguiente Décima:

 

                                              “Favores que son tan llenos

                                               no sabré servir jamás,

                                               pues debo estimarlos más

                                               cuando los merezco menos.

 

                                               De pagarse están ajenos

                                               al mismo agradecimiento

                                               pero ellos mismos intento

                                               que sirvan de recompensa

                                               pues debéis a mi defensa

                                               lucir vuestro entendimiento”

 

Transcurridos cinco años del fallecimiento de Sor Juana, en el año 1700, Castorena y Ursúa editó en Madrid, en la imprenta de Manuel Ruiz de Murga, el libro titulado: Fama y obras póstumas del Fénix de México, Décima Musa, poetisa americana Sor Juana Inés de la Cruz.

 

En el prólogo da a conocer su empeño porque la obra de la gran poetisa mexicana, sea mejor conocida en el viejo mundo y añade: “Esperaba también recoger otros manuscritos de la poetisa y éste con sus originales, colocarlos en el estante que dorado ocupan sus dos antecedentes en El Escorial…

 

Otros muchos discretos papeles y cartas es sin duda que escribió la poetisa, con mayúsculas; pero como jamás desvaneció su humildad la esperanza de darlos a las prensas, los despedía entre los borradores y sin dificultad se perdieron.

 

Si caso, lector, a ti te impongo piadoso, fueres heredero de estas preseas, reconvengo a tu plausible gusto, reserve tu estimación bizarra el original y, con el dócil trabajo de una nema, al impresor de este libro remitas una copia… Así los indultas del peligro de un papel suelto… darás buenos ratos y renuevos inmarcesibles al perenne nombre de la Poetisa”.

Grande fue la celebridad de Sor Juana Inés de la Cruz mientras vivió. Tanto, que quien fuera su primer biógrafo, el Padre Diego Calleja, afirmaba en su Aprobación o censura para el tercer tomo de sus obras, Fama y obras póstumas, que, a su muerte, la religiosa dejó “llenas las dos Españas con la opinión de su admirable sabiduría”.