Jürgen Habermas: Un defensor de la cultura democrática
Washington Daniel Gorosito Pérez



El filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas considerado uno de los pensadores más importantes del mundo, un defensor permanente de la cultura democrática y un enorme contribuyente al debate político y social en su país fue galardonado con el Premio Heine que otorga la ciudad de Düsseldorf.

El reconocimiento le fue otorgado por su “Lucha sin descanso por una Alemania democrática y por hacer un relevante aporte al debate sociopolítico en Europa y el mundo”. En su discurso de recepción del galardón exhortó al Parlamento europeo, a que haga frente a lo que llamó “necios prejuicios nacionales” a los que ya se refería el poeta Heinrich Heine y destacó la importancia de la Unión Europea.

Recordemos que la obra de Habermas, quien es el principal representante de la llamada “segunda generación” de la Escuela de Frankfurt, entre 1955 y 1959, trata de recuperar un punto de contacto entre teoría y praxis, frente a la pretendida neutralidad de los saberes positivos y científicos.

El pensador, autor de decenas de libros, tiene entre los fundamentales de su cosecha la “Teoría de la Acción Comunicativa” que viera la luz en 1981 y posterior a éste sus análisis están orientados hacia la ética discursiva, la defensa de la democracia deliberativa y el Estado de derecho en el que juegan un papel fundamental el ciudadano, la Constitución y las leyes que emanan de ella.

Habermas abraza de manera incondicional el espíritu de la modernidad, su obra lleva implícita una hermosa y luminosa promesa de libertad y aboga por la defensa del Estado de derecho y la democracia. A su vez se alimenta de dos elementos fundamentales: la reconciliación y el entendimiento, de ahí que su obra permanece sensible a las coerciones de la redención del mundo a través del mercado, a una racionalidad sin felicidad, al gris de una libertad vacía y un progreso sin sentido.

Para Habermas, la modernidad con sus insuficiencias, es un proyecto viable porque es un “proyecto inacabado”, el cual puede conseguirse a partir de una ética universalista de carácter dialógico. Donde la racionalidad y el lenguaje son puntos fundamentales de la mediación política, la cual puede llevarse a cabo en lo que él denomina una “democracia procedimentalista”.

Ahora, lo que justifica una democracia de ese tipo son las pretensiones de validez que tiene una ética universalista en la cual los derechos humanos y la justicia son la exigencia y fundamento del respeto a la dignidad humana, en la que destacan los derechos individuales.

Pero en su obra “La inclusión del otro”,  que son estudios sobre Teoría Política, Habermas plantea lo que es la clave en la armonía social, el desarrollo de una ciudadanía en la que los individuos sean corresponsables en las diferentes decisiones políticas del ámbito público y esto, con el objetivo de despertar una conciencia solidaria, que elimine las prácticas clientelares que conducen a la apatía y a la dependencia de los individuos.

En esta lógica, la ciudadanía debe estar fundada en hacer valer los derechos civiles, económicos, sociales y políticos que se manifiestan en un doble vínculo.

“Por tanto, deberíamos aprender finalmente a entendernos no como una nación compuesta de una misma comunidad étnica, sino como una nación de ciudadanos, pues la república no tiene, en definitiva, otra estabilidad que la que le confieren las raíces que los principios de su Constitución y prácticas de sus ciudadanos”.

No hay otro humanista  que haya marcado tanto la fisonomía intelectual de la República Federal de Alemania, que le debe a Habermas en gran parte su refundación moral.