Se fue el escritor uruguayo Carlos Maggi a tomar unos mates con su amigo Juan Carlos Onetti
Montevideo- Uruguay (1922- 2015)

Washington Daniel Gorosito Pérez



Hace unos días esta pluma se regocijaba por la obtención de la joven poetisa de 92 años Ida Vitale,  integrante de la denominada “generación del 45” del Premio Internacional Alfonso Reyes en México. Hoy, otro integrante de esa generación que integraron entre otros: Juan Carlos Onetti (precursor), Mario Benedetti, Carlos Martínez Moreno, Idea Vilariño, Amanda Berenguer, Mario Arregui, Ida Vitale y Emir Rodríguez Monegal, se fue, me refiero al escritor Carlos Maggi.

Era uno de los últimos sobrevivientes de dicha generación, había nacido en su amada Montevideo el 5 de agosto de 1922 y se fue en esa ciudad en la madrugada del viernes 15 de mayo. “El pibe” como le apodaban sus amigos por su enorme vitalidad y amplitud de intereses, cuando cumplió 90 años, le consultaron sobre su variedad vocacional y dijo “que siempre hizo lo que quiso”.

“Creo que los viejos son viejos porque se enferman, cuando no se enferman tienen la misma disposición frente al mundo. Yo no tengo ninguna diferencia a cuando tenía 18 años”.  Es que Carlos Maggi fue un referente cultural del Uruguay. Un escritor fundamental, un pensador, un intelectual con mayúsculas.

Su obra ha sido más que nada ensayística y dramatúrgica, alcanzando  reconocimiento más allá de fronteras. También escribió novelas y ejerció hasta su último día de vida el periodismo escrito y radial. Su columna de opinión titulada Producto Culto Interno, publicada en el diario El País de Montevideo era de las más leídas en Uruguay por tirios y troyanos.

En el ensayo destaca el tratamiento que le diera a la figura de José Artigas, el padre de la Patria Oriental, héroe nacional de la República Oriental del Uruguay. Sobre él escribió en 1942 en coautoría con su gran amigo Manuel Flores Mora (Maneco), José Artigas, primer estadista de la revolución y a quien le dedicó 8 tomos de: La nueva historia de Artigas (2005) y Artigas revelado (2009).

Otros de sus extraordinarios ensayos: El Uruguay y su gente (1963) y Gardel, Onetti y algo más (1964). También es reconocido como uno de los mayores dramaturgos que ha dado la tierra Oriental, entre sus obras destacan: La trastienda (1958), El apuntador (1959), La noche de los ángeles inciertos (1960), El patio de la torcaza (1967), El baile del cangrejo (1971) y El cuervo en la madrugada (1989). También destacó en el 7º Arte, escribió y dirigió el cortometraje La raya amarilla con el que obtuvo el Gran Premio del Festival de Cine Internacional de Bruselas- Bélgica en 1964.

Volviendo al título de este trabajo, quiero destacar la relación entre estos dos gigantes de las letras y la cultura uruguaya como fueron Juan Carlos Onetti y Carlos Maggi.

En el prólogo de la obra de Maggi, Artigas y el Caciquillo, el Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República del Uruguay, José Claudio Williman (h), escribe que Emir Rodríguez Monegal en su “Literatura Uruguaya del medio siglo”, analiza a Carlos en la parte destinada al teatro, pero afirma allí con acierto: “Maggi fue de los primeros en empezar aquí muchas cosas”.

“No sólo fue de los que descubrió a Juan Carlos Onetti (sin esperar las celebraciones del cuarto de siglo) y de los que también descubrió a Espínola (…) sino que ha sido de los primeros que intentó todo en su generación, desde el ensayo histórico de tipo revisionista, hasta el humorismo tópico que tanto éxito tendrá en localizar un nuevo público; desde el teatro que gusta hasta la pequeña estampa costumbrista que se lee”.

Es que a sus escasos 20 años de edad, Carlos Maggi lanzó junto a Maneco Flores Mora la revista cultural, Apex, en la que incluyó un precoz reconocimiento a la obra rupturista de Juan Carlos Onetti.

Años después en una entrevista que le hicieron se refirió así a Onetti:

-       Onetti, personaje difícil para mantener una amistad a lo largo del tiempo.

-       Sí.

-       De Onetti te separan años.

-       Onetti es del 9 y yo soy del 22. Trece años.

-       ¿Cómo se pudo dar una amistad?

-       Mirá, hubo una amistad preciosa, y ese escalón de edad estaba agravado porque Onetti era el gerente de la Agencia Reuter de Noticias, y Maneco Flores, que fue quien primero lo conoció- y yo llegué por él a Onetti-, era mecanógrafo de esa agencia. Maneco compartía conmigo la cosa soberbia y orgullosa de todo ese grupo, y un día cayó con la frase inocente de que. “Mi jefe escribe muy bien”. Y yo lo hice objeto de burlas terribles porque había “descubierto” que su jefe era escritor. Hasta que cayó con un ejemplar de El pozo, que acababa de publicarse- estoy hablando del año 41, por ahí- y cuando leímos El pozo sufrimos un shock muy importante, en nuestro orgullo y en la idea del jefe de Maneco. Así que la relación con Onetti venía con un segundo escalón de autoridad, porque era el jefe, el gerente.

Pero, Onetti fue un tipo tan absolutamente- y lo fue siempre- contrario a todas las formas y a todas las jerarquías, que nunca se notó ni la edad ni la gerencia, ni la autoridad literaria, ni el nivel en el cual él se movía. Él no lo siente y no le importa. Se reía mucho con las disputas por los centros de poder y por lograr las cosas, que son como problemas de burócratas que están disputando un ascenso. Y él decía: ¿Piensan que la literatura es una carrera? No lo es para hoy ni para nunca; ahí no se puede ganar de otra manera que haciéndola, escribiéndola bien. Y era verdad.

 

Carlos Maggi destacó por sus críticas al Uruguay, a su sociedad, a nosotros los uruguayos y  por su enorme amor al país. En su libro el Uruguay de la tabla rasa (1992), hace una analogía sobre su amigo Onetti y el Uruguay:

 

Onetti es el mayor escritor uruguayo viviente, el que va más adelante de todos nosotros, pero no puede dar un paso: está quieto en su cama, más allá del mar, en Madrid. No es que no pueda caminar, es que no tiene a donde ir, no le interesa. Es tan uruguayo que se quedó; prefiere no salir del pozo donde se hunde (como esta patria nuestra, hibernando su sueñera). Tiene la cabeza llena de hechos fabulosos, pero esos hechos no son de suceder y menos de realizar.

 

Él está caído, inmóvil y distante, en fuga lenta, yéndose y yéndose, declinando hacia Santa María, que es su destino; como si se dijera: viajando a dos y tres veces de separación, sobre un puente de palabras, ensimismado, sobreimprimiendo en el dorso de la vida, envuelto en la cinta embalsamada de su cuento que cuenta por contar, no para convencer; no para cambiar, no por nada (como esta patria nuestra que persiste en el quede).

 

Admirable Onetti, querible como amigo de toda la vida que es, y ahora, cifra de la peor amargura.

 

Sin habérselo propuesto, este enorme tipo se nos hace símbolo: más acá de su obra, él mismo se nos hace garabato trágico y empieza emitir señales inequívocas: un país echado y quieto, rumiando malestares.

 

Onetti es el Uruguay, abrumado entre brumas, tumbado dentro de un camastro que está dentro de mil historias que están dentro de un gran desconsuelo que está dentro de una botella interminable.

 

No le alcanza a Onetti el otro lado del mar, y dejar los ojos cerrados, escuchándose; levanta con talento, entre él y Montevideo, una ciudad imaginaria, parte por parte y, cuando hay bastante, se refugia en ella y la escribe minuciosamente, como nadie.

 

 

 

¿Para qué?

 

Para envolverse en un hilo de seda de novelar; para convertirse en volador,  por los aires, fulgurando a la manera de Dios que también inventa poblaciones

 

Hace años escribí:

 

“Si se preguntara qué pasa en El Astillero- tal vez la mejor obra de Onetti- habría que decir, antes que nada: pasa algo que se pudre y se deshace, un gran desgano, una desesperanza, “el aire oloroso a humedad, papeles, invierno, letrina, lejanías, ruina y engaño”.

 

Pasa que hay como una rebelión sin rebelión “no contra algo concreto sino hacia todo, contra lo que estaba visible o representado, lo que podía recordarse sin necesidad de palabras o imágenes, contra el miedo, las diversas ignorancias, la miseria, el estrago, y la muerte”.

 

Como un agua de sangre sin sangre, la literatura de Onetti anega el paisito que, como él, está jadeando y malherido. Se percibe el hedor humano que escurre de semejante quebranto.

 

A veces, antes de que nada pase, las comunidades inventan sus narradores, según las peripecias que presienten en su futuro. Por eso, después resulta que la realidad imita el arte.

 

¿Cómo supimos, desde hace tanto, que en nuestro drama el sino marcaría: la falta de fe, el reverso del entusiasmo, la quedadura, un gran astillero abandonado, un hombre formidable tirado entre sábanas, soñando esa ruina?

 

Pasaron 20 años de la muerte de Onetti, ocurrida el 30 de mayo de 1994 en Madrid. La fecha en Uruguay paso inadvertida y no hubo ningún acto oficial por la efeméride. Al ser consultado Carlos Maggi externó:

 

“Me parece muy bien. Es lo que reclama su moral: “ostinato rigore” y ningún empalago”.

 

Onetti “fue un tipo extraordinario, desprejuiciado en todos, menos en la moral de su oficio”, pues “enseñó contracorriente que lo homenajes y otros aspavientos ligados al hecho de escribir eran vergonzosos”.

“Nadie de mi generación dejó de ser tocado para siempre por Onetti y eso ni se pierde ni se conmemora; existe y ahí está”.

 

Y de seguro ahí están los dos grandes amigos, en un reencuentro, en el que tendrán todo el tiempo del mundo para conversar entre mate y mate. Aunque seguramente ante la pregunta de Onetti de: ¿Cómo está el Uruguay?

 

Carlos Maggi le responderá lo mismo que en los estudios de El Observador TV en noviembre del 2014: “Nunca Uruguay tuvo la sensación de crecimiento económico que tuvo en los últimos 10 años (…) Ahora se invirtieron los papeles, porque hay un retroceso cultural apabullante, una cosa que asusta”.