Octavio Paz: El lenguaje, la traducción, el poeta y lo permanente
Washington Daniel Gorosito Pérez



Al decir del escritor uruguayo Danubio Torres Fierro amigo y colaborador del Premio Nobel de Literatura 1990, Paz reivindicaba el papel del poeta y del creador; como ocurría en las sociedades antiguas, creía que deberíamos regresar a los orígenes para buscar refugio en la contemplación, la reflexión y las creencias íntimas.

Paz se definía como un poeta hispanoamericano, que escribía enespañol. La lengua era el arpa de su lírica: veía en ella el motor esencial del destino de la sociedad humana; un barómetro confiable de la situación ideológica, política y social, y de la responsabilidad individual ante ella.

En Posdata el poeta mexicano escribió: “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje. La crítica de la sociedad en consecuencia, comienza con la gramática y con el restablecimiento de los significados”.

De ahí que dijera: “la realidad más allá del lenguaje no es del todo realidad…”

Como referencia lingüística digamos que tuvo la valentía de cuestionar en su momento el término “Subdesarrollado”…”Este adjetivo pertenece al lenguaje castrado y anémico de las Naciones Unidas. La palabra no tiene un significado preciso en el campo de la antropología y la historia; no es un término científico sino burocrático…

Su vaguedad enmarca dos ideas: la primera da por sentado que sólo existe una civilización. O que diferentes civilizaciones pueden ser reducidas a un solo modelo, la civilización moderna occidental; la segunda afirma que los cambios en las sociedades y culturas son lineales y progresivos y que son medibles”.

Todo en Paz convergía en la palabra, a la vez imagen y pensamiento. Fe religiosa en el poder de la palabra: palabras que son frutos que son actos. Con Hölderlin dijo siempre Paz que el lenguaje no es del hombre, que el hombre es del lenguaje; el hombre es lenguaje, libertad bajo palabra:

 

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche

pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:

también soy escritura

y en este mismo instante

alguien me deletrea.

Las lenguas son realidades más vastas que las entidades políticas o históricas que llamamos naciones sostenía el poeta. Un ejemplo de esto son las lenguas europeas que hablamos en América. La situación peculiar de nuestras literaturas frente a las de Inglaterra, España, Portugal y Francia depende precisamente de este hecho básico: son literaturas escritas en lenguas trasplantadas.

Las lenguas nacen y crecen en un suelo; las alimenta una historia común. Arrancarlas de su suelo natal y de su tradición propia, plantadas en un mundo desconocido y por nombrar, las lenguas europeas arraigadas en las tierras nuevas, crecieron con las sociedades americanas y se transformaron. Son la misma planta y son una planta distinta.

Paz se definía como poeta: “Soy poeta”, decía. Para él la poesía era el arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Cada vez que nos servimos de las palabras, las mutilamos. Mas el poeta no se sirve de las palabras. Es su servidor. Al servirlas las devuelve a su plena naturaleza, les hace recobrar su ser.

Gracias a la poesía el lenguaje reconquista su estado original. En primer término, sus valores plásticos y sonoros, generalmente desdeñados por el pensamiento; en seguida los afectivos; y al fin, los significativos. Purificar al lenguaje, tarea del poeta, significa devolverle su naturaleza original.

“La lengua es la realidad sustancial y total del poeta”.

Paz consideraba que: “Sin los ojos y el alma el hombre no podría saber que cada minuto está en la cima del tiempo y en el centro del espacio. Pero no bastan los ojos y el alma: el mundo es incomprensible, la realidad última es invisible, intocable. No importa: tenemos al lenguaje. Por las palabras nos acercamos a las cosas, las llamamos evidencias, prodigios, enigmas, más allá. El lenguaje es un dique contra el caos innominado.

La belleza no está

en lo que dicen las palabras

sino en lo que, sin decirlo, dicen:

no desnudos sino a través del velo

son deseables los senos.

Aprender a hablar es aprender a traducir; cuando el niño pregunta a su madre por el significado de ésta o aquella palabra, lo que realmente le pide es que traduzca a su lenguaje el término desconocido. La traducción dentro de una lengua no es, en este sentido, esencialmente distinta a la traducción entre dos lenguas y la historia de todos los pueblos repite la experiencia infantil: incluso la tribu más aislada tiene que enfrentarse en un momento o en otro, al lenguaje de un pueblo extraño.

El asombro, la cólera, el horror o la divertida perplejidad que sentimos ante los sonidos de una lengua que ignoramos no tarda en transformarse en una duda sobre la que hablamos. El lenguaje pierde su universalidad y se revela como una pluralidad de lenguas, todas ellas extrañas e ininteligibles las unas para las otras. En el pasado, la traducción disipaba la duda: si no hay una lengua universal, las lenguas formarán una sociedad universal en la que todos, vencidas ciertas dificultades, se entienden y comprenden.

Y se comprenden porque en lenguas distintas los hombres dicen siempre las mismas cosas. La universalidad del espíritu era la respuesta a la confusión babélica: hay muchas lenguas pero el sentido es uno. Pascal encontraba en la pluralidad de las religiones una prueba de la verdad del cristianismo; la traducción respondía con el ideal de una inteligibilidad universal a la diversidad de las lenguas. Así, la traducción no sólo era una prueba suplementaria sino una garantía de la unidad del espíritu.

Sin duda Octavio Paz y su obra, es la comprobación del pensamiento del escritor alemán Friedrich Hölderlin: Was bleibt Aber, stiften die Dichter. “Pero lo permanente, eso, lo fundan los poetas”.