Contra la desmoralización, acercarse a la poesía
Washington Daniel Gorosito Pérez


La frase del título es del poeta Hugo Hiriart, cuando era agregado cultural del consulado en Nueva York y director del Instituto de México en esa ciudad estadounidense, la dijo a la prensa, una de las claves para solventar la “desmoralización del país”, es el acercamiento a la poesía.

Recordemos que según el Diccionario de la lengua española de la Real academia de la Lengua (RAE), poesía es la manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa.

Para Hiriart, la poesía hace mejor a las personas. Tomando en cuenta que uno de los grandes problemas del país es la presente desmoralización general de la sociedad, cualquier elemento que contribuya a establecer los principios de armonía y convivencia, como acercarse a la poesía es muy útil.

Según el escritor, “la poesía es una especie de cortesía exquisita con respecto a uno mismo y a los demás. Si una persona se percibe desalentada o triste la poesía viene para decirle: “¿De qué estás triste? Dínoslo, protesta, externa tu queja”.

Recordemos algo de la sabiduría de Jorge Luis Borges: “gracias a la literatura es esta vida he vivido varias vidas” No hay dudas que la literatura excita de tal manera la imaginación y específicamente el género poético convocado con enorme fuerza los sentimientos pero y a la vez estimulando a la inigualable agudeza de la inteligencia que, estoy convencido, es el más nutritivo, el más poderoso alimento no únicamente para la espiritualidad del individuo sino para sus sentimientos.

Cuando el poeta alemán Friedrich Hôlderlin, en el siglo XIX en su poema “Pan y vino”, se hacía la pregunta: “Para qué sirve la poesía en tiempos de miseria”. Había que esperar que pasaran casi 150 años para que su pregunta fuera contestada por el filósofo y sociólogo Theodor con una insoportable amargura:

“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Sin embargo hubo poetas que sobrevivieron a la Shoá (catástrofe) y siguieron escribiendo poesía y otros que nunca lo habían hecho al sobrevivir a esa terrible pesadilla, iniciaron su escritura.

Decía Carlos Monsivais, que el desplazamiento de la poesía tiene resultados dramáticos en el idioma público. Se pierden muchos incentivos del manejo creativo de la palabra, surge otra “acústica” verbal que se norma por las costumbres de la radio y la televisión se abandonan las pretensiones literarias o se les deja sólo al cuidado de la cursilería.

Si en la narrativa la prosa tiende a señalarse por su eficacia, la devoción de las descripciones vertiginosas y la  renuncia a los afectos “poéticos” en el idioma público, el resultado es funesto. Sin embargo no disminuye el número de poetas, y sí desaparece el público vasto que aguardaba a los poetas y sus revelaciones, ahora cada poeta aporta sus lectores o declama en el desierto.

Recordemos el cuestionamiento que escribía José Martí defendiendo a Walt Whitman: ¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gente de tan corta vista mental que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara.

La poesía que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues esta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida.

Ahora, recordemos al poeta también estadounidense Wallace Stevens que aseguraba que “un poema no necesita tener un significado y, como la mayoría de las cosas en la naturaleza, a menudo no la tiene”. Stevens aclaraba que no hay un material específicamente poético, debido a que el mundo entero es material para la poesía, pero cuando esta se lee, la poesía “debe estimular cierto sentido de vivir y de estar vivos”.

Para Wallace, la poesía es una cura de la mente, es salud, es un medio de redención, incrementa el sentimiento de la realidad, contribuye a la felicidad del hombre y es una experiencia diferente a cualquier otra que, en su mayor intensidad a través de las palabras, la música y el sentimiento nos dice que “no hay nada bello en la vida que no sea la vida misma”, pues “la más alta búsqueda es la búsqueda de la felicidad en la tierra” y lo que intentamos obtener en el poema, ya sea como lectores o como escritores, es la vida misma.

Para el extraordinario escritor argentino Jorge Luis Borges, el resultado más palpable al leer un poema “es la modificación física que suscita cada lectura”.

Y si nos referimos a desmoralización y corrupción social, ya lo anunciaba Octavio Paz, el Nobel de Literatura mexicano: “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje”. Y si lo que necesitamos mejorar es el lenguaje y crear otro mundo nuevo para creer, también Octavio Paz y su poesía nos guía:

“La poesía revela este mundo; crea otro…Niega la historia, experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior, lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas, creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la idea”.

Acercarse a la poesía, esa que quema, que marca, que deja estigma, que forma palabras con Letras de fuego con las que escribí este poema que comparto con ustedes:

 

LETRAS DE FUEGO

                                                                                    La palabra es un grano apenas,

                                                        pero quemante.

                                                                                    O. Paz

Final de lágrimas

en una mesa de café.

Cuaderno de versos,

poesía refugio.

La frase como estrella fugaz.

Vivos fantasmas internos

bucean en las profundidades.

¡Cuidado con las palabras!

No tienen compostura.

Las letras se deshilachan

metamorfoseándose

en un puñal de fuego

llamado poema.