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El hallazgo del testamento del sacerdote José de Lombeyda Ward a
inicios del 2011 en el Archivo General de la Nación mexicana, fechado el 15 de
junio de 1695 en el cual se establece que Sor Juana Inés de la Cruz, dona su
biblioteca para ser vendida con el objetivo de obtener recursos para ayudar a
los más necesitados es un documento fundamental para entender la vida de la
monja jerónima. Un experto en la temática como lo es el Maestro en Letras
Alfonso Soriano Valles, considera que este hallazgo no es menor, ya que hasta
hace unos años la creencia era que la poetisa había sido obligada por al
jerarquía católica a deshacerse de su bien más preciado, su tesoro: su biblioteca. Recordemos que la biblioteca de la también llamada “Décima
Musa” ubicada en su celda de claustro llegó a superar los 4000 volúmenes y fue
considerada la más grande del Virreinato de la Nueva España y de América Latina
en su época. Para Soriano Valles el documento confirma tanto la
religiosidad de Sor Juana Inés de la Cruz, como su luminosa actividad
intelectual. Pero ¿por qué el padre José de Lombeyda
Ward fue elegido como agente para la venta de sus libros? Se sabe que el
sacerdote fue un amigo que acompañó a Sor Juana a lo largo de buena parte de su
vida. Lombeyda por ejemplo, cuando las Jerónimas la aceptaron como hermana
profesa, fue uno de los otorgantes de la toma de hábito y bendición el día 8 de
febrero de 1668 y un año después testificó en su testamento. Este documento confirma lo que dos personalidades habían
adelantado en sus obras sobre Sor Juana, Diego Calleja, un jesuita que fue el escritor
de su primera biografía y el obispo Juan Ignacio de Castorena,
quien es considerado el primer periodista de México. Ambos intelectuales certifican que los donó para “enajenarse
evangélicamente de sí misma” y “dar de limosna hasta su entendimiento en la
venta de sus libros, su precio puso en el erario de los pobres, las benditas
manos de su prelado, el esclarecido doctor don Franciscote Aguiar y Seijas, dignísimo arzobispo de México”, según testimonio
del primero. Según Valles, el padre Lombeyda
entregaba el dinero proveniente de la venta al entonces arzobispo Aguiar y Seijas, para que éste hiciera las obras de caridad correspondientes.
Pero Lombeyda murió en 1695, por lo que dispuso en su
testamento que el arzobispo se quedara con lo que restaba. En el verano de 1691 llovió incesantemente en el valle de
México y Puebla; como consecuencia se perdieron las cosechas y la capital
virreinal se inundó. La situación de emergencia se produjo al año siguiente,
sin que el gobierno lograse mejorarla. La problemática desembocó en una revuelta popular que
estalló el domingo 8 de junio de 1692 la más grave que sufrió la ciudad de México
durante todo el virreinato. La escasez duró hasta 1693 y afectó a todas las
clases sociales sin excepción, aunque fue muy grande la mortandad entre los
indígenas. De ahí que Sor Juana o el “Fénix de América”como se le
bautizara posteriormente debido a la importancia de su obra decidiera vender su
biblioteca (“quita pesares”, como la llamaba), donar su tesoro para ayudar a
los habitantes de más bajos recursos de la ciudad de México. La separación de Juana y sus libros sin lugar a dudas debe
haber sido la más difícil de su vida aunque seguramente fue superada por el don
de gentes y amor al prójimo de la escritora. A principios de 1695 una epidemia entró en San Jerónimo, y
Sor Juana cuidando a sus hermanas, cayó enferma, enfermedad que la llevará a la
muerte el 17 de abril de ese año, día que como dice el padre Calleja fue para
ella “el principio de la eternidad”. Al morir Sor Juana tenía 46 años. En el libro de profesiones
del convento había escrito meses antes: Aquí arriba se ha de anotar el día de mi
muerte, mes año, suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas
hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios,
que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y
de su Madre: Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez |
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