¿Pero
quiénes son los participantes de este proceso de comunicación epistolar?
Víctor Hugo
(1802- 1885) Uno de los más importantes escritores románticos en lengua
francesa, fue además un ilustre político, académico e intelectual. Su obra
poética incluye la lírica y la épica e incluso la poesía comprometida, en
especial contra Napoleón III. Entre sus principales novelas, Nuestra Señora de
París y Los Miserables le ganaron reverencia mundial en vida.
Escribió una
serie de discursos políticos pronunciados en la Asamblea Nacional sobre la pena
de muerte, la educación o Europa, entre otros temas. Durante el Segundo
Imperio, fue condenado al exilio por el compromiso social de sus obras. Sus
opiniones políticas y morales lo convirtieron en héroe de la Tercera República.
Reconocido posteriormente como uno de los más grandes poetas franceses.
Benito
Juárez (1806- 1872) Estadista liberal primigenio y padre de la segunda
independencia de México. Precursor de la cultura del esfuerzo y patriota
visionario. De origen indígena, aprendió español y luego latín, obtuvo el grado
de abogado en 1834; inició su carrera pública como Regidor del Ayuntamiento de
Oaxaca, luego Ministro del Tribunal local; Diputado del Estado y Gobernador
interino en 1847. Fue desterrado por venganza de Santa Anna, peregrina entre La
Habana, Nueva Orleans y Panamá.
Presidente
de la República tras un golpe a Comomfort, en 1858
inicia su itinerante ruta a la consolidación de la nación mexicana. Su mandato
estuvo marcado por la invasión del ejército francés a nuestro país, como
resultado de la decisión de suspender pagos a los acreedores extranjeros, entre
los que también se encontraban España y Gran Bretaña.
Pese a la
negociación ofrecida por Juárez, Napoleón III decidió mandar tropas a México y
nombrar a Maximiliano de Habsburgo como Emperador, quien posteriormente moriría
fusilado en el Cerro de las Campanas.
Por este
hecho histórico el célebre escritor francés Víctor Hugo en la tarde hermosa que
coronaba el jardín de su residencia de exilio de Hauteville
House, en la isla de Guernsey,
le escribió la siguiente carta al
presidente Benito Juárez, ese indio zapoteco que se encumbró en el mundo entero
por la fortaleza de su ser, lo que le valió ser nombrado por el Congreso de
Colombia el 2 de mayo de 1865 “Benemérito de las Américas”.
Carta al
Presidente Juárez:
Hauteville, junio 20, 1867.
Al
Presidente de la República Mexicana:
Juárez,
vosotros habéis igualado a John Brown
La América
actual tiene dos héroes, John Brown y vosotros. John Brown, por quien ha muerto
la esclavitud; vosotros por quien ha vencido la libertad.
México se ha
salvado por un principio y por un hombre. El principio es la República; el
hombre sois vosotros.
Por otra
parte, el fin de todos los atentados monárquicos termina por abortar. Toda
usurpación comienza por Puebla y termina en Querétaro.
Europa en
1863, se arrojó sobre América. Dos monarquías atacaron vuestra democracia: la
una con un príncipe, la otra con un ejército, el más aguerrido de los ejércitos
de Europa, que tenía por punto de apoyo una flota tan poderosa en el mar como
en la tierra; que tenía el respaldo de todas las finanzas de Francia,
recibiendo reemplazos sin cesar; bien comandado; victorioso en África, en
Crimea, en Italia, en China, valientemente orgulloso de su bandera; que poseía
en abundancia caballos, artillería, abasto, municiones formidables. Del otro
lado, Juárez.
Por una
parte dos imperios, por la otra un hombre. Un hombre con sólo un puñado de
hombres. Un hombre arrojado de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho
en rancho, de bosque en bosque, amenazado por la infame fusilería de los
consejos de guerra, perseguido, errante, atacado en las cavernas como una
bestia feroz, acosado en el desierto, proscrito. Por generales, algunos
desesperados; por soldados, algunos desnudos. Ni dinero, ni pan, ni pólvora, ni
cañones. Los matorrales por ciudades. Aquí la usurpación llamándose
legitimidad; allá el derecho, llamándosele bandido.
La
usurpación con el casco en la cabeza y la espada imperial en la mano, saludada
por los obispos, precedida delante de ella y arrastrado tras ella, todas las
legiones de la fuerza. El derecho solo y desnudo. Vosotros, el derecho, habéis
aceptado el combate. La batalla de uno, contra todos, ha durado cinco años.
Falto de hombres, habéis tomado cualquier cosa por proyectil. El terrible clima
os ha socorrido; habéis tenido por auxiliar a vuestro sol.
Habéis
tenido por defensores los pantanos infranqueables, los torrentes llenos de
caimanes, las marismas plenas de fiebre, las vegetaciones tupidas, el vómito
negro de las tierras calientes, los desiertos salados, los grandes arenales sin
agua y sin hierbas, donde los caballos mueren de sed y de hambre; la grande y
severa meseta del Anáhuac que, como la Castilla se defiende por su desnudez;
las barrancas siempre conmovidas por los temblores de los volcanes, desde
Colima hasta el Nevado de Toluca. Habéis llamado en vuestro auxilio a vuestras
barreras naturales: lo escabroso de las cordilleras, los altos diques
basálticos y las colosales rocas de pórfido. Habéis hecho la guerra de gigante
y vuestros proyectiles han sido las montañas.
Y un día,
después de cinco años de humo, de polvo y de ceguera, la nube se ha disipado y
entonces se han visto dos imperios caídos por tierra. No más monarquía, no más
ejércitos; nada más que la enormidad de la usurpación en ruina y sobre este
horrorosa derrumbamiento, un hombre de pie, Juárez, y al lado de este hombre,
la libertad. Habéis hecho todo esto, Juárez, y es grande; pero lo que os resta
por hacer es más grande todavía.
Escuchad,
ciudadano Presidente de la República Mexicana:
Acabáis de
abatir las monarquías con la democracia. Les habéis demostrado su poder, ahora
mostrad su belleza. Después del rayo, mostrad la aurora. Al cesarismo que
masacra, oponed la República que deja vivir. A las monarquías que usurpen y
exterminan, oponed al pueblo que reina y se modera. A los bárbaros, mostrad la
civilización. A los déspotas mostrad los principios. Humillad a los reyes
frente al pueblo, deslumbrándolos. Vencedlos, sobre todo, por la piedad.
Protegiendo al enemigo se afirman los principios. La grandeza de los principios
consiste en ignorar al enemigo. Los hombres no tienen nombre frente a los
principios; los hombres son el Hombre.
Los
principios no conocen más allá de ellos mismos. El hombre en su estupidez
augusta no sabe más que esto: la vida humana es inviolable. ¡Oh venerable
imparcialidad de la verdad! ¡Qué bello es el derecho sin discernimiento,
ocupado sólo en ser derecho! Precisamente delante de los que han merecido
legalmente la muerte es donde se debe abjurar de las vías de hecho. La
grandiosa destrucción del cadalso debe hacerse delante de los culpables. Que el
violador de los principios sea salvaguardado por un principio. Que tenga esta
dicha y esta vergüenza.
Que el
perseguidor del derecho sea protegido por el derecho. Despojándolo de la falsa
inviolabilidad, la inviolabilidad real, lo ponéis delante de la verdadera
inviolabilidad humana. Que se quede asombrado al ver que el lado por el cual es
sagrado, es precisamente aquél por el cual no es emperador. Que este príncipe que no sabía que era un
hombre, sepa que hay en él una miseria, el rey; y una Majestad, el hombre.
Jamás se os ha presentado una ocasión más relevante. ¿Osarían golpear a Berezowski en presencia de Maximiliano sano y salvo? Uno ha
querido matar a un rey; el otro ha querido matar a una Nación.
Juárez,
haced que la civilización de este paso inmenso. Juárez, abolid sobre toda la
tierra la pena de muerte. Que el mundo vea esta cosa prodigiosa: la República
tiene en su poder a un asesino, un emperador; en el momento de aniquilarlo,
descubre que es un hombre, lo deja en libertad y le dice: eres del pueblo, como
los otros. ¡Vete! Esta será, Juárez, vuestra segunda victoria. La primera,
vencer la usurpación, es grandiosa. La segunda, perdonar al usurpador, será
sublime.
Sí, a estos
príncipes, cuyas prisiones están repletas; cuyos patíbulos están corroídos de
asesinatos; a esos príncipes de cadalsos, de exilios, de presidios, y de Siberias; a esos que tienen Polonia, a esos que tienen
Irlanda, a los que tienen La Habana, a los que tienen Creta; a estos príncipes
a quienes obedecen los jueces, a estos jueces a quienes obedecen los verdugos,
a esos verdugos obedecidos por la muerte, a esos emperadores que tan fácilmente
cortan la cabeza de un hombre, mostradles cómo se perdona la cabeza de un emperador!
Sobre todos
los códigos monárquicos de donde manan las gotas de sangre, abrid la ley de la
luz y, en medio de la más santa página del libro supremo, que se vea el dedo de
la República señalando esta orden de Dios: Tú ya no matarás. Estas cuatro
palabras son el deber. Vosotros cumpliréis con ese deber. El usurpador será
salvado y el libertador, ay, no pudo serlo. Hace ocho años, el 2 de diciembre
de 1859, sin más derecho que el que tiene cualquier hombre, he tomado la
palabra en nombre de la democracia y he pedido a los Estados Unidos la vida de
John Brown. No la obtuve. Hoy pido a México la vida de Maximiliano. ¿La tendré?
Sí y quizás
a esta hora esté ya concedida.
Maximiliano
deberá la vida a Juárez.
Y el
castigo, preguntarán.
El castigo,
helo aquí:
Maximiliano
vivirá “por la gracia de la República”.
Nota: La
sentencia a muerte por medio de un pelotón de fusilamiento, decretada por el
tribunal militar que juzgó a Maximiliano en el teatro de la ciudad de Querétaro,
se consumó la mañana del 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas en Querétaro.
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