El Rey Midas. Segunda versión
Edgar Tarazona Angel



Según la mitología griega Midas  fue un rey de Frigia (antigua región de Asia Menor). Tenía muchas propiedades e inmensas riquezas en joyas, y tesoros artísticos, hasta cuadros de Picasso digo yo (en esa época qué Picasso, es por decir algo). Vivía en un lujoso palacio y uno de sus orgullos era su hermoso jardín de rosas. Pero, sobre todas las cosas materiales del mundo Midas amaba a su hija de nombre Zoe.

Pero lo que son las cosas cuando se trata de seres humanos, lo que lo hacía sentir más dichoso era la posesión de oro y su contacto, hasta se bañaba en este metal como el Tio Rico Mc pato y una de sus distracciones favoritas era contar sus monedas de oro por diversión. Dionisio, el dios del vino y de las fiestas carnavalescas llegó un día sin avisar a Frigia, acompañado por Silenio (dios menor de la embriaguez, algo así como el acompañante buena persona que lleva al borracho a la casa a la madrugada). Estaban muy cansados porque el camino fue largo y culebrero, entraron al jardín de rosas y se quedaron dormidos. Midas los reconoció y los invitó a hospedarse en su palacio.

En agradecimiento Dionisio, le dijo que le cumpliría cualquier deseo, ¿y cuál iba a ser señores…? Adivinaron,  Midas respondió “deseo que todo lo que yo toque se convierta en oro”. Dionisio le dijo, listo mi muchachón, pero espero que lo hayas pensado bien..

Al otro día, Midas comenzó a tocar todo para comprobar si era cierto que  su deseo se había vuelto realidad. Corrió por todas partes tocando cuantas cosas se ponían por delante y todos los objetos se iban convirtiendo en oro.

La dicha le duró hasta la hora del desayuno cuando quiso comer porque comenzando por el tenedor y la cuchara y siguiendo con los platos y alimentos todo se transformo en dorado metal reluciente y hermoso pero poco apetitoso, tocó la copa de vino y zas, lo mismo, las frutas, los panes y los peces todo se volvió de oro; entonces comenzó a llorar a moco tendido como se dice por estos lados y su hija al escucharlo bajó a consolarlo (digo bajó porque se me metió que la alcoba estaba en el segundo piso) y listo, le quedó convertida en una bella estatua de oro en pijama.

Ahí si fue que Midas chilló con más ganas y desesperado le suplicó a Dionisio que le quitara la facultad de convertir en oro lo que tocara. El dios de los borrachos sintió compasión del rey y le dijo que la única  forma de revertirlo era que se lavara las manos en el río Pactolo pero sin jabón porque este se volvería oro y es muy difícil refregarse con una piedra por más oro que sea. Después, cogió una totuma, la  llenó de agua  y se la echó por encima a su hijita Zoe que recuperó su forma normal pero no el sueño.

El resto es moraleja, siempre ponen a este rey como ejemplo de avaricia y de lo que no debemos hacer, es por esto que nunca me gustó el oro, pero también es cierto que cuando bebía invocaba a Dionisio a ver que deseo me concedía pero el maldito nunca acudió

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