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El Premio Salambó,
convocado por el Café Salambó y por el ClubCultura de la Fnac –con la
colaboración de l'Ajuntament de Barcelona–, al mejor libro de narrativa
publicado en España en el 2003 ha recaído en su tercera edición en el libro de
relatos 'Capital de la gloria', de Juan Eduardo Zúñiga (Editorial Alfaguara). El jurado del Premio
Salambó 2003 ha estado integrado por: Mercedes Abad, Martín Casariego, Ramón de
España, Abilio Estévez, José Antonio Garriga Vela, Raúl Guerra Garrido, Elvira
Lindo, Andreu Martín, Ana Maria Moix, Antonio Muñoz Molina, Marcos Ordóñez,
Antonio Orejudo, Rosa Regás, Clara Sánchez y David Trueba. La organización del premio
quiso hacer constar que David Trueba y Andreu Martín, que tomaron parte en las
deliberaciones para la elección de los finalistas del certamen, en el último
momento excusaron su asistencia a la deliberación final por compromisos
ineludibles. Ante esta situación, se consideró que hubiera sido incompatible
con el espíritu que da vida al certamen aceptar que sus votos se realizaran por
delegación o por vía telefónica. Por tanto, la decisión final recayó en los
trece miembros restantes del jurado. Zúñiga declaró estar
"muy contento", sobre todo "porque el premio viene de un grupo
de escritores", razón por la que el autor consideró el galardón como
"una aprobación a mi trabajo". Además, el escritor felicitó a los
organizadores del galardón por reunir a escritores para juzgar la obra de uno
de sus compañeros "porque así se demuestra que ha desaparecido la vieja
tradición de enemistad entre escritores". La obra que le permitió
obtener el citado galardón "cierra una trilogía sobre la guerra
civil", según declaró su autor. "Recoge los momentos finales de la
defensa de Madrid después de tres años de asedio, cuando ya había destruido la
vida de miles de personas", explicó el escritor, que retrata en el libro
la historia de "aquellos que protagonizar una guerra que no querían y que
se vieron obligados a vivir en medio de ese infierno". Mercedes Abad ha subrayado
que "es significativo que un libro de cuentos haya llamado la atención del
jurado, porque suelen ser obras muy minoritarias", una circunstancia que
contrasta con los dos anteriores ganadores, escritores consagrados y con una amplia
recepción entre el público lector. En las anteriores ediciones, los
galardonados fueron Javier Cercas por 'Soldados de Salamina' (Premio Salambó
01) y Javier Marías por 'Tu rostro mañana (Fiebre y lanza, 1)' (Premio Salambó
02). Este es un premio independiente
en el que los autores votan a los propios autores, el único de España en su
género: el Premio Salambó, que carece de dotación económica, tiene como
objetivo reconocer al mejor libro de narrativa del año, originalmente escrito
en castellano y publicado en España, según el criterio de un jurado compuesto
por quince autores de reconocido prestigio y que pertenezcan a las diversas
generaciones y tendencias del panorama literario de España e Hispanoamérica. Notas
adicionales. El jurado de esta edición, formado por Mercedes
Abad, Martín Casariego, Ramón de España, Abilio Estévez, José Antonio Garriga
Vela, Raúl Guerra Garrido, Elvira Lindo, Andreu Martín, Ana María Moix, Antonio
Muñoz Molina, Marcos Ordóñez, Antonio Orejudo, Rosa Regás, Clara Sánchez y
David Trueba ha seleccionado como finalistas los siguientes libros: ·
El
idioma imposible (El día del Watusi III), Francisco Casavella (Mondadori). ·
Los
viejos amigos, Rafael Chirbes (Anagrama). ·
El
comprador de aniversarios, Adolfo García Ortega (Ollero y Ramos). ·
Volver
al mundo, José Ángel González Sainz (Anagrama). ·
El
tiempo de las mujeres, Ignacio Martínez de Pisón (Anagrama). ·
La
loca de la casa, Rosa Montero (Alfaguara). ·
París
no se acaba nunca, Enrique Vila-Matas (Anagrama). ·
Capital
de la gloria, Juan Eduardo Zúñiga (Alfaguara). También han merecido la
atención del jurado, aunque no han obtenido los votos suficientes para llegar a
la deliberación final: ·
El
trompetista de utopía, Fernando Aramburu (Tusquets Editores). ·
Los
príncipes nubios, Juan Bonilla (Seix-Barral). ·
El
gaucho insufrible, Roberto Bolaño (Anagrama). ·
Las
trece rosas, Jesús Ferrero (Siruela). ·
Jardines
de Kensington, Rodrigo Fresán (Mondadori). ·
Telón
de boca, Juan Goytisolo (El Aleph). ·
F,
Justo Navarro (Anagrama). ·
Salvador
Dalí: a la conquista de lo irracional, Javier Pérez Andujar (Algaba Ediciones). ·
Hazlo
por mí, Ramón Reboiras (Alianza). ·
Travesías,
Jaime Salinas (Alfaguara). ·
El
árbol de la vida, Eugenio Trías (Destino). Breve reseña
de la obra. “En un Madrid bombardeado y sitiado, cuando toda
esperanza parecía imposible, la vida sigue como una corriente profunda que
arrastra y convulsiona las conciencias y las obliga a descubrir sus íntimos
secretos. Para unos, la guerra civil es la ruptura con el futuro; para otros,
la ineludible defensa de la dignidad; para todos, la nostalgia de las
emociones, las alegrías, los amores, el placer de vivir. Junto a las granadas
también estalla la pasión. Entre los cascotes y las sirenas deambulan largos
meses mujeres y hombres en busca del recuerdo de lo que la guerra ha intentado
hacerles olvidar. En esta obra, que sigue los pasos de la inolvidable
"Largo noviembre de Madrid", Juan Eduardo Zúñiga nos hace compartir
el destino de sus personajes, tan imaginarios como reales, a través de su prosa
brillante y contenida. La ciudad es otro protagonista más de la narración, que
convive con la maldad, la destrucción, los comportamientos heroicos y las
vergonzosas cobardías. ¿Fueron olvidados con razón todos estos episodios o hubo
el propósito de ocultarlos?” Breve biografía del autor. Juan Eduardo Zúñiga estudió Bellas Artes y
Filosofía y Letras en Madrid. En 1987 obtuvo el Premio Nacional de Traducción.
Ha publicado tres libros de relatos: La tierra será un paraíso (Alfaguara,
1989), Largo noviembre de Madrid (Alfaguara, 1990) y Misterios de las noches y
los días (Alfaguara, 1992), las novelas El coral y las aguas (Alfaguara, 1995)
y Flores de plomo (Alfaguara, 1999), por la que obtuvo el Premio Ramón Gómez de
la Serna, así como el estudio biográfico Las inciertas pasiones de Iván
Turguéniev (Alfaguara, 1996) y El anillo de Pushkin (Alfaguara, 1992), una
lectura romántica de escritores rusos.
Uno de los relatos de
Zuñiga. Estamos
en 1936. Dos hermanos pequeños pasan hambre y privaciones. Casi siempre están
solos, puesto que su tía Pilar trabaja en un tejar haciendo ladrillos y el
padre, en el sindicato, yendo al frente en una camioneta por saber conducir y
para traer cosas de comer que nunca son suficientes. Un día puso sobre la mesa
una pulsera de oro. Tiempo después uno de los niños descubre quiénes eran “los
linces del amanecer”. Nadie podría pensar entonces en alhajas, esas que
los ojos contemplan alineadas en un escaparate con su riqueza y brillo. Ninguno
podría pensar en algo que no fuera el lejano rumor de un bombardeo o la falta
de pan o los llantos porque un hijo quedó en el fondo de una trinchera
abandonada. Ni siquiera Rosario, que gustaría de adornarse, tuvo en aprecio la
pulsera y la rechazó con desdén cual manchada de una materia apestosa. Y sin embargo, allí, sobre el hule que cubría la
mesa donde comían, el padre puso la pulsera y con el índice pareció señalarla
ofreciéndosela a alguien o a la curiosidad de la tía Pilar y de los dos hijos
que, silenciosos, la admiraban porque era un aro de oro, sólido, bien pulido, y
en él una breve fila de brillantes engarzados que daban los destellos de su
alta calidad. Pero nadie pensaba en alhajas cuando el viento frío de la sierra
corría por las calles tan desiertas que se hundían a lo lejos, como fantasía de
fiebre, y el hambre acompañaba a todas horas y en barrios distantes resonaban
las sirenas de la alarma antiaérea que anunciaban un nuevo desastre, y las
miradas se alzaban hacia un cielo cubierto del que venían los primeros copos
del invierno. Con las bocas entreabiertas quedaron los dos
niños, y las cejas alzadas por la admiración ante lo nunca visto; a sus
preguntas, el padre se pasó el dorso de la mano por los labios, soltó un bufido
y dijo solamente que era de un fascista y se sonrió con la boca torcida, miró a
cada uno de los presentes y volvió a señalarla, sus brillos, su curvatura para
adaptarse al brazo, su broche diminuto, la limpieza de su oro. ¿Cómo pensó él
en joyas cuando pasaban las horas de las noches interminables a la luz de la
lámpara de acetileno, ante los platos vacíos de una especie de sopa que habían
sido relamidos con ansia? ¿Cómo pensaría en cosa tan ajena a las manos mal
lavadas, al trabajo en la tejería del Campo de los Hornos, a la espera de
conseguir en las colas un trozo de bacalao? El hermano pequeño preguntaba si era de mujer, y
el padre contestó que, naturalmente, lo era, y para una mujer sería, y lo dijo
tan claro que se vio su firme y oscura y callosa mano poner la joya en un brazo
de mujer, colocarla en el brazo blanco y carnoso donde luciría en todo su
valor. La pulsera habría de seguir allí, sobre la mesa, siempre en su memoria,
tan dolorida que al verla, aun pasados muchos años, en el escaparate de una
joyería, experimentaba un especial rechazo. El padre se la guardó en el
bolsillo; llevaba entonces una cazadora de cuero que todos envidiaban, la
pistola en su funda, colgada a la cintura, un pañuelo rojo anudado a la
garganta para protegerla del frío o para mostrar su filiación política, y en la
comisura de los labios, el pitillo que parecía no consumirse nunca: producía
admiración y cierto recelo por el empaque de su constitución musculosa, y temor
si sumía los labios, los apretaba, y las narices se dilataban, aspirando aire
que sería devuelto en un insulto; una figura de hombría en el barrio pobre,
pasado Tetuán de las Victorias, con un andar desafiando a quien fuera, padre
admirado, temido en el incómodo recuerdo de los regaños, los golpes, desconcertantes
silencios, y aun otro recuerdo intacto. Los dos niños marchan por el barrio desolado,
llegan al talud de la tapia antigua, peligrosa para los que en ella se suben,
jugando, y más allá se ve el perfil de las altas casas de la avenida de Reina
Victoria, y encima, el cielo, tan lejano, las nubes. En una callecita vive la
mujer a la que el padre llama Rosario: una puerta y a cada lado una ventana con
geranios, y los dos hermanos pasan por allí y desde lejos la contemplan, se
detienen un momento para esperar a que la puerta se abra y ella salga y los
vea. Uno dice al otro que ojalá salga y tropiece y se caiga y se rompa la
crisma, y los dos se ríen, pero al alejarse no van contentos, están solos
porque su tía apenas se ocupa de ellos, todo el día en el tejar haciendo
ladrillos, y el padre, en el sindicato, yendo al frente en una camioneta por
saber conducir y trae cosas de comer que no son suficientes, y cuando esperaban
el queso que había anunciado que traería, un queso entero, él sólo puso en la
mesa la dorada pulsera. ¿Qué
hacer con ella en aquel tiempo de armas y explosiones? ¿Quiso venderla,
cambiarla por dinero? Pero entonces no había mujeres elegantes que las
compraran para lucirlas en bailes o en teatros resplandecientes de luces y
vestidos fastuosos. La llevaba en la mano una mujer que entró de pronto, sin
llamar a la puerta, y gritó al padre que no la quería, que no le gustaba, que
cómo la había conseguido, que si era de un muerto, que le daba miedo, y la echó
sobre la mesa delante del padre, que estaba sentado con un vaso en la mano y la
mirada fija en la que debía de ser Rosario. En aquel tiempo, con tan pocos
años, el hijo no podía saber lo que luego, a los quince, a los diecisiete supo,
y tuvo en su mente con toda nitidez quién era la mujer, joven aún, pequeña de
estatura y gruesa, con el pelo negro, largo, echado por detrás de las orejas
enmarcando el gesto airado, trayendo de la calle una amenaza parecida a la que
tía Pilar había anunciado vagamente, que si vencían los de Franco, al padre le
iban a pegar cuatro tiros.
Un golpe en el alma fue un día en el que uno de los amigos, charlando en el
bar, le había contado que los «rojos» robaron a su madre todas las alhajas en
el año 36, y que eso había pasado a muchas personas; su respuesta fue una
mezcla de condolencia, de confusión, de inquietud que el otro interpretaría
como indignación pero que era la sacudida por el súbito aparecer en su
conciencia, bajo una luz potente, del hule desgastado y la pulsera brillando y
denunciando su riqueza en la hosquedad y el vacío de la pobre casa, helada
aquel invierno, de camastros sucios, de cocina que nadie encendía. Allí había
brillado la pieza de oro como el engaño que intenta adornar la triste fealdad,
sin comprender nada hasta que en el titular de una hoja de periódico leyó unas
palabras cuyo significado sólo entendió al acabar la época terrible: «Los
Linces del Amanecer», y vuelve a estar su padre erguido, airoso, el pecho
abombado por la petulancia, días y días sin aparecer por casa y, lejos, un gran
peligro que se acercaba, la guerra poniendo cerco a su arrogancia, a su
pistola, la consumación de su destino difícil, de realizar míseros oficios que
odiaba, de penalidades habituales en un barrio de casuchas y carencias.
Algún compañero le preguntó qué era su padre; él dio la respuesta preparada,
que trabajaba en Cataluña en la industria del coche, y a continuación hacía el
gesto del que no da importancia a los recuerdos de familia. Mas no era cierto:
las palabras, los ademanes, los golpes y gritos, la avidez con que comía, el
mechón de pelo en la frente, igual a un gitano, todo era actual al cabo de los
años, y de ellos buscaba explicación que consolara.
La mujer aquella se fue y dio un portazo contra la sorprendida cara del padre
que no se había movido mientras la escuchaba; cara más adusta, más rígida
cuando bajó los ojos a la joya, luego los miró a todos y vieron no sólo la
cólera contenida, sino que los labios se movían, sin duda hablando para sí,
respondiendo lo que no pudo decir a la joven: por primera vez no maldijo, no
soltó la sarta de palabrotas constantes, siguió sentado y como si su cuerpo
recibiera un gran peso, quedó sujeto a la silla y fue intensa la sensación de
que no podía moverse, quieto allí por un fallo de su voluntad: empezó con aquel
portazo la marcha del padre hacia su final.
Las patrullas que hacían registros con pretexto de detener fascistas buscaban
alhajas y se las llevaban, y también a algún hombre de la casa que a la mañana
se le encontraba en un solar del extrarradio, tendido en el suelo, con los ojos
alucinadamente abiertos, sin haber entendido lo que pasaba. Ya casi hombres,
fueron los dos hermanos a ver a Rosario, necesitados de ello, para hablar de
tales patrullas; con pocas palabras se miraron, comprendiendo algo, queriendo
asirse a una justificación que fuera razonable, y los tres se miraban,
afirmaban con la cabeza, y nada borraba la evidencia de lo ocurrido porque la
historia de los registros al amanecer se sabía, se denunció entre acusaciones y
calladas explicaciones que no servían para nada: los que tal hacían buscaban
vengarse oscuramente de largas generaciones de vejación y satisfacer su odio de
sometidos, desear tener lo que tenían los señores. Las manos no se tendían
hacia los estuches de piel donde se suelen guardar las riquezas, se tendían
hacia una esperanza vaga de comer dos veces al día, de comprar ropa y lucirla,
de adquirir el empaque del señorito fumando un habano, de usar buenos zapatos
bien brillantes, ilusión que escapaba, inalcanzable desde los pocos años con
las primeras frustraciones. Quizá el padre creyó que podía cambiar la joya en
felicidad y no sabía que el oro está maldito por el uso que hacen la vanidad y
la codicia. Gira la conciencia del hijo en torno a una sospecha, una muerte,
siempre lo que ha de ocultarse y que no acaba nunca de desvanecerse persiste en
un círculo obsesivo, un aro de oro con su insistente dolor íntimo, certidumbre
difusa tan difícil de aceptar, que el padre, en la patrulla Los Linces del
Amanecer, fuese un asesino. |
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