Final de verano
Fabiana Botas González


Era una calurosa noche de septiembre, en un pueblo en el que no viene al caso recordar, cerca de Dos Hermanas. Me dirigía con mis primos y unas amigas. María Anchón y Rita a la feria, como tantos otros finales de verano. Caminábamos entre el puesto de tiro al blanco, donde a ellos tanto les gustaba alardear de su puntería ante las chicas; los coches de choque, los puestos de coco, turrones y chocolates se mezclaban con el olor de la tierra recién regada en aquel aire festivo, con las canciones de sevillanas de fondo. Entrábamos con el ánimo ligero, dispuestas a disfrutar la noche hasta que nuestras piernas resistiesen. Habíamos quedado con Armando y Miguel en la caseta de Estudiantes.

 

Armando era el centro de atención para mí y la razón de mi alegría de reunirme con él, aquel día, en aquella hora. Habíamos bailado en varias ocasiones en la discoteca de la Estación; él me había dedicado sus miradas, yo mis requiebros y los besos que siguieron después, el primero fingidamente robado, bajo el cielo centelleante de aquellos cálidos veranos. Ya en nuestra pandilla de amigos nos consideraban pareja por muchos, muchos años.

 

Fue mi prima la que interrumpió eh! Vamos a montar a la noria,

Si corearon la demás. La noria se elevó suavemente y nos encontramos suspendidos desde lo alto donde subía como suave incienso el olor de las palomitas recién hechas, el algodón de azúcar, la música de sordina de la tómbola: toca-toca, siempre toca!. Todo parecía una sinfonía de colores y sonidos desde allí.

_María dijo entonces, mira, no es aquel Armando con Ana?_

_Nuestras bromas cesaron, de repente me quedé estática. El se acercaba a su oído, ella sonreía feliz. El veneno surtía su efecto, haciendo entrever la sospecha de la traición. Ninguna apartaba su mirada de mí. Cuando bajé de la noria me costaba andar, cambiar de pensamiento.

 

Fuimos a la caseta de estudiantes, allí estaban todos, todos menos ellos dos. La lentitud de mi pensamiento fue cambiando por rabia contenida.

Mis amigas me escrutaban: vamos, pelillos a la mar, anímate, una finito, un cubata?.

_Oye!, que bien te quedaba el traje de ayer!

_ Sí, lo compré en Tintoreto en Sevilla.

 

Mis ojos paseaban rápido de un extremo a otro de la caseta. Por qué se retrasaban tanto si habíamos quedado allí, y se encontraba con Ana más fresca que una lechuga.

 

Los divisé al entrar. Ella venía mascando chicle como los americanos, con una sonrisa de oreja a oreja, de hembra satisfecha. Las miradas de todos se volvieron hacia mí, pendientes del menor gesto. Los minutos siguientes se hicieron eternos.

_Bueno, qué tal el ambiente de fuera,  dijo Silvia.

Armando se acercó a mi oído tocando mi hombro.

_Lo siento, susurró, me acerqué a casa de Miguel y me pidió que acompañase a Ana.

_Ya, pues continúa en buena compañía.

_Vamos fuera a dar una vuelta, nos hará bien a los dos.

Me cogió del brazo, y salí con el gesto de las faraonas egipcias sin mirarle a la cara.

Las palabras salían de mí como un bombardeo láser, sin darme tiempo para el respiro.

_Sé muy bien que ha sido algo más, que lo tenías planeado. Me he enterado que la has esperado en el instituto, sí, más que alguna otra vez_

_Basta, quiso cortar él, ha sido siempre la hermana de un amigo.

_Sí y muy generosa en los abrazos, en los escotes…

_ Sara, por favor, estas sacando las cosas de lugar_

 

Aquella noche recuerdo que sentía el pulso en las sienes, en los oídos, en la almohada, y el corazón en la garganta aprisionado como un gorrión que no puede volar. La noche se hizo larga. Cuando desperté quería pensar que se trataba de una pesadilla.

 

Era el mediodía, cinco años después, en la terraza la Esquinita en la Plaza Mayor, un día también caluroso de final de verano. Mi tía Encarna dijo, mira!, por allí viene Armando, se casó de penalti sabes?, qué lastima de muchacho, todavía no acabó la carrera y ayuda a su padre en las consultas. El empujaba un cochecito, y una mujer con el vientre pesado comía pipas, cuyas cáscaras escupía estrepitosamente al suelo. Resaltaban sus enormes ojos pardos, en los que el deseo y echar la zarpa era todo como un tigre de Bengala.

El paseó su mirada sobre mí un instante largo, suavemente, como lo hacía cuando paseábamos de la mano.

Mis ojos le seguían sin apartar su mirada. Entonces comprendí los malos entendidos y el orgullo contenido, igual que las olas devuelven a la orilla las conchas con su continúo balanceo, que la vida pasa como una película sus secuencias condensadas en pequeños momentos.