La nevada
Silvia López Luna


          Nieves echa una sonrisa a su hijo a través del balcón del comedor. Hace unas horas, mientras esperaba a que él saliera del colegio, observaba los copos blancos cayendo con fuerza, empujados de un lado a otro por un viento que se había levantado, como los niños, revoltoso. También sonreía. La última  nevada parecida  que recuerda sobre la ciudad fue diez años atrás; pocos meses después descubría que estaba embarazada de Raúl. Ese fue un año bueno para ella, como suelen serlo los años de nieves; confiaba en que este también lo sería.  Últimamente, veía el mundo muy sucio, de vez en cuando, convenía pintarlo de blanco, pensaba.  El blanco  fue siempre su color favorito y, por ello, llamó Blanca a su perrita, la amiga fiel que no dejó de  acompañarla ni un solo día hasta que se perdió en la oscuridad, una noche que dormían muy acurrucadas, la una junto al calor de la otra.¡Cuánto la echa de menos!

     Agarra con firmeza y besa  la medallita de Santa María de las Nieves, que  lleva colgada en el  cuello desde el día que nació, el cinco de agosto  del sesenta y dos; su virgen, decía,  la llenaba de  fe y nunca había dejado de protegerla hasta ahora. Muchas veces le pidió la llegada de Raúl y, al fin, la escuchó.

     Pasó sedada gran parte  de la niñez a causa de una leucemia que la acompañó durante años. Sin embargo,  hubo épocas de recuperación en las que llevaba una vida casi normal. Recuerda, al ver a su hijo y a otros niños correr de un sitio a otro, las temporadas tan largas tumbada en la cama  o en el sofá; aprovechaba los ratos en los que no jugueteaba con Blanquita para leer;  sus amigas, después del colegio, le acercaban los libros recién sacados de la biblioteca, que los profesores, semanalmente, le recomendaban.  En los cuentos con final feliz, disfrutaba viajando sin parar a lugares encantados, y la satisfacción la llenaba al comprobar que el mal, escondido por todos los rincones, era derrotado, al fin,  en su lucha por la buena gente. No se cansaba de  leer una y otra vez  la historia de Blancanieves, una  muchachita dulce,  bondadosa y blanca como la nieve,  que se convirtió en el prototipo para cambiar el mundo, su mayor deseo. Pronto, pasó a sustituirla por una mujer de carne y hueso; las monjas del convento de las carmelitas,  a dos manzanas del hospital, le hablaron de la hermana Teresa de Jesús, en la visita que, a menudo, hacían a los pacientes, sobre todo, las tardes de inviernos crudos de antaño, cuando era habitual ver las calles cubiertas de nieve.  Durante años,  soñó con    seguir los pasos de Santa Teresa de Jesús y convertirse en misionera. Allí, donde la ayuda apenas  llegaba, unas voces pequeñas reclamaban su ausencia. En no pocas ocasiones, se culpó y lamentó no haber seguido esa llamada, que ahora volvía a hacerse eco, pero a    medida que fue creciendo  los sueños de niña sin cumplir se fueron ensombreciendo   por  la salud delicada.

     Raúl, de carácter risueño y bonachón como su madre, desde la calle y aprovechando el descanso que hacían, entre el ir y venir de bolas de nieve, para secarse las caras mojadas y enrojecidas por el agua y el frío,  devolvía la sonrisa a su madre. En la sonrisa de Raúl, encontraba la compensación por haber cerrado los oídos a las vocecitas que llegaban de muy lejos- así lo sentía- durante tantos años.  A los pocos minutos, a unos metros de sus ojos, los niños seguían felices con sus carreras y lanzamientos. Aquella escena le recordaba el patio de su antiguo colegio, unas niñas, ella, Clara y Elena, las mejores amigas de la infancia y unas   risas infatigables, que todavía escuchaba, cuando el pegote de nieve,  lanzado por  los compañeros de clase, entró directamente en la boca abierta de Nieves mientras chillaban, corrían y saltaban como locas para acá y para allá. ¡Cómo se enfadó don José, el profesor de literatura! No podían dejar de reír. Admiraría, desde entonces, la paciencia infinita de don José, quien encantado enseñaba y cuidaba a sus alumnos. Su profesor despertó en ella la vocación por la docencia, y, en adelante, con su elección, fue muy feliz;  aunque, debido a la medicación tan fuerte que tomó durante años, se resentía, cada cierto tiempo, de una gran debilidad que le impedía asistir a sus clases, pero, con reposo, se recuperaba rápidamente.  

     La alegría de los niños,  jugando incansables y entusiasmados en las calles blancas, contrarrestaba el dolor que había sentido hacía unas horas, antes de que empezara a nevar, cuando reposaba en el sillón a la hora de la siesta y veía, más allá de la pantalla del televisor, a cientos, a miles, a millones de niños que sufrían y  morían en el mundo cada año. Un temblor fuerte y rabioso la atravesaba al escuchar noticias como éstas. Le dolía muy hondo lo sucio que estaba el mundo al otro lado de la puerta de su casa. Si ella no hacía nada por remediarlo, por qué iban a hacerlo los demás, se preguntaba. Sin embargo, su virgen, aún,  la llenaba de fe, y esperaba que, algún día, esos niños, pudieran jugar, con sus pies descalzos, sobre una alfombra  blanca de nieve cubierta.