Una mentira helénica
Antonio L. Peña García


     Aquella tarde, a Bernardo Cifuentes del Moral se le presentó un dilema cuando su hija pequeña le preguntó por su móvil, que qué eran las Guerras Médicas. B.C.F. (por abreviar) se descentró. Podría responderle con la verdad; fueron las batallas entre los pueblos medas y los persas. Seguro que no lo creería. Sin embargo, si le decía que eran las guerras que ocurrían en los hospitales, por los turnos, por las movilizaciones de los médicos residentes ante las puertas del Ministerio de Sanidad, Elsa, seguro, que lo comprendería.

     La chica, que sólo tenía doce años, se pasaba horas y horas ante el televisor. Se veía los programas infantiles, las pelis, y hasta los anuncios. Por supuesto, no se perdía un informativo. En los planes de estudio, se había suprimido el griego, el latín y la historia había quedado reducida a la mitad. No eran prácticas estas asignaturas, decían.

     B.C.F. empezó a buscar una justificación para mentir a su hija. Él, que era un hombre de principios, nunca la había engañado antes. Pensó en la película Johnny Guitar, en la frase que Joan Crawford le dice al protagonista, Starling Hayden: “dime que me quieres, aunque sea mentira”. Se sentía B.C.F., en estos aciagos momentos, como Johnny. Pero a diferencia de éste, su hija no sabía que le estaba mintiendo. Y si le decía la verdad, la razón para que no le creyera era que desmentía a la TV.  Ya dijo Andy Warhol, que todo el mundo tenía derecho a quince minutos de gloria en la pequeña pantalla. O como dijo alguien: “lo que no sale en TV, no existe”.