En la guerra
Gurpegui


Estaba Doña María sentada en una butaca esperando que los días le trajeran noticias de su hijo Federico, el mayor de toda su prole, que se fue al frente a combatir a los moros y aún no había regresado, aun cuando los hijos de sus vecinos ya lo habían hecho.

Al lado de Doña María, limpiaba la habitación la prometida de Federico, que, lejos de esperar, sacaba brillo a la estancia por puro compromiso, o por puro aburrimiento. Tal vez se diría que Catalina, así se llamaba la prometida de Federico, se impacientaba más bien poco por la tardanza de su “amado”. Sin embargo, permanecía junto a Doña María no por otra razón que la pensión y los honores que el Ejército Español le había prometido si su futuro esposo falleciera sirviendo a su patria.

Como pasaba el tiempo y Federico no daba señales ni de estar vivo ni de estar muerto, Catalina se deshizo por su cuenta del compromiso adquirido y se puso en venta. Un morito que por allí pasaba, decidió comprarla no sin antes regatear, como mandan las costumbres. Por el módico precio de cobijo, comida, un par de vestidos al año, se la llevó a su aldea en pleno desierto del Sáhara.

Pasaron los meses y Federico, por fin volvió. Él solito acabó con todo un ejército de moros. Volvía victorioso creyendo haberlos expulsado de España en tiempos de los Reyes Católicos. Se encontró a Doña María sentada en una butaca, pero no a Catalina limpiando a su lado y se fue a buscarla. Por varias señas que los vecinos de la aldea le proporcionaron con más detalles de los que él hubiera querido escuchar, logró encontrarla. Catalina estaba en una hayma más o menos cochambrosa, limpiando al lado de Doña Fátima, madre de su esposo, que esperaba noticias de su hijo Mohamed, el mayor de toda su prole y que se fue al frente a combatir a los cristianos.

Y Federico, no pudiendo silenciar sus pensamientos, dijo estas palabras: “La guerra, no la gana el ejército que más hombres lleve al frente, sino el que más hombres deje en la aldea”.

Gurpegui