Unas vacaciones de verano
Raquel Molina Serrano


Cada vez que paso por el sur de Extremadura y la sequedad de sus pueblos, recuerdo aquel verano de 1955. Mi madre me dejó subida en un tren con mi maleta de cartón y mis ocho años recién cumplidos, camino del pueblo de la abuela. Recuerdo el viaje interminable atravesando campos y más campos, inimaginables para una niña de ciudad. Cuando el revisor me avisó que habíamos llegado a Villanueva del Casar, mi destino, me apresuré a iniciar mi aventura veraniega, lejos de mamá, de los viajes de ida y vuelta al colegio, de la misma calle embarrada de barrio periférico.

En la estación me esperaba la abuela, una señora mayor y seria, a quien sólo había visto en fotos antiguas que mamá guardaba en una lata. Junto a ella, un joven moreno y sombrío que sostenía una gorra entre las manos. Me quedé paralizada en el andén, sin atreverme a avanzar hacia aquellos extraños, pero antes de que pudiera darme cuenta, la abuela estaba junto a mí, me abrazaba, Carmencita, Carmencita, que alta y guapa estás, si eras un bebé la última vez que te vi. Eres igual que tu madre, igualita. Qué verano más bueno vas a pasar con nosotros, aquí al aire libre, lejos del aire viciado de la ciudad.

El semblante de la abuela era dulce, y me amarré a su mano encallecida mientras miraba de reojo a aquel extraño que cargaba con mi pequeña maleta. La abuela me dijo, Éste es tu tío Filomeno, el hermano menor de tu madre. Acaba de licenciarse de la mili, y se encarga de la herrería.

Toda la familia de mi madre habían sido herreros, pero tras la guerra habían tenido que emigrar a la ciudad y la tradición se perdió. La vieja herrería familiar se vendió, pero ahora, al comprar mi abuela una casona enorme del pueblo habilitó el piso inferior para que su hijo menor pudiera continuar el oficio familiar.

Me adapté con rapidez a la vida del pueblo. Los días estivales se alargaban eternos. Todavía recuerdo las mañanas pasadas en la cocina bajo las faldas de la abuela, que mientras preparaba la comida, me contaba historias de cuando mi madre era pequeña. Las tardes las pasaba embelesada en la herrería, contemplando al tío Filomeno hacer figuras imposibles con el hierro.

Una tarde, mientras el tío trabajaba en el taller, me dediqué a curiosear en los cajones donde guardaba las herramientas. Encontré un periódico viejo. Apenas me dio tiempo a leer dos palabras, asesinada y prostituta. Se veía también una foto de mujer. El tío Filomeno cerró el cajón en cuanto se dio cuenta que estaba trasteando allí. ¿Qué sería una prostituta?

Por las noches nos reuníamos todas las niñas del pueblo, en su mayoría veraneantes como yo. Las más mayores nos contaban historias de miedo hasta altas horas de la noche, historias de fantasmas que regresaban tras su muerte para vengar viejas deudas. Nosotras nos acurrucábamos asustadas pero pronto se acercaba alguien con una guitarra y olvidábamos el miedo cantando. Y así los días se iban deslizando uno detrás de otro.

La tarde de la tragedia estaba en el río refrescándome las piernas junto a las otras niñas. Oímos gritos y, asustadas, nos vestimos con rapidez entre los arbustos. Mientras entrábamos en tropel en el pueblo, supimos que algo malo había pasado. Los mayores andaban alborotados y formaban corros. Siguiendo los rumores, llegamos hasta la casa de la abuela, que estaba llena de gente. La abuela lloraba junto a la puerta y escurría sus manos en el delantal. Al verme, rompió a llorar más fuerte aún. Con voz entrecortada intentaba hablarme, pero no entendía sus gemidos inconexos. Nerviosa, me dirigí a la planta baja, a la herrería del tío, a ver si podía explicarme algo. Un señor vistiendo uniforme me cortó el paso. No puedes pasar, ahí dentro todavía están los cuerpos.

Las demás horas se atropellan en mi memoria. El entierro del tío, los rumores, las lágrimas de la abuela, y al final, un tren que me devolvió a la ciudad. Tardé años en enterarme de los detalles de la tragedia. Al tío Filomeno lo encontraron muerto en la herrería junto a una chica del pueblo, desnudos ambos. El caso se cerró sin que se supiera a ciencia cierta si él la mató a ella y luego se suicidó, o fue al revés; o, tal vez, un extraño les  asesinó a los dos. No habían encontrado signos de violencia externa, sólo dos muertos y un caso inexplicable que se cierra sin solución, como tantos.

Veinte años después, tras la muerte de mi madre, volví a Villanueva del Casar. Había que vender la casa familiar, y nadie se quería encargar del penoso trámite. No había vuelto por allí desde aquel verano. A la abuela la había visto escasas veces en la ciudad, siempre de médicos, y pocos años después de la muerte del tío Filomeno murió, dicen que de pena.

El pueblo estaba cambiado, mucho más grande, también más frío. Nadie reconoció en mí a aquella niña forastera del verano de la tragedia. La casona seguía idéntica, pero con mucho más polvo del que hubiera permitido la abuela. En un cajón de su cuarto encontré las escrituras, me senté en la cama y entre los legalismos me encontré con una sorpresa: aquella casa que mi abuela compró en 1930, había sido un club. ¿Un club? Supongo que un eufemismo para no decir prostíbulo.

Mi imaginación se despertó en aquellos pasillos en que de pronto parecían resonar risotadas de hombres y murmullos de mujeres. No pude pasar la noche allí, y me fui a un hotel de las afueras. A la mañana siguiente, antes incluso de pasar por la notaría, me dirigí a la hemeroteca del Ayuntamiento. La estirada funcionaria que dirigía el archivo no recordaba ninguna noticia de un prostíbulo en el pueblo, pero sí recordaba dos grandes tragedias en el pueblo, una en el año en que murió mi tío, la otra unos cincuenta años antes. Entre los periódicos de 1905 encontré la noticia. Ambos sucesos habían ocurrido en el mismo sitio. El prostíbulo del pueblo se cerró en 1905 tras ser asesinada una prostituta a manos de su amante. Durante más de diez años aquella casa quedó deshabitada, nadie la quería comprar. Los rumores hablaban de que el alma en pena de la asesinada seguía vagando por aquellas habitaciones intentando vengarse de su malquerido.

En el primer periódico del siguiente año me saltó la foto del amante asesino, capturado por la policía cuando intentaba cruzar la frontera hacia Portugal. El recorte se me cayó de las manos; aquella foto desvaída mostraba a un joven moreno y sombrío que bien podía haber sido un hermano gemelo de mi tío Filomeno. Yo no creo en fantasmas, pero un frío intenso se me agarró a los huesos en pleno mes de agosto. Y no sé si ya me abandonará.