Hormigario
Luciano Ribero


          Vigilo y contemplo mis creaciones sin descanso, ahora más que nunca, ya que la crisis de su convivencia llegó a límites inimaginables. Están repletos de caprichos, ninguno sabe hacer nada por sí solo ni me teme lo suficiente.  Por las noches los cuido más que nunca, pues al parecer es en ese momento donde se despiertan los verdaderos demonios. En ocasiones recibo quejidos insólitos. Algunos parecen estar en desacuerdo con las normas que les impuse o no se sienten conformes con lo que les pude dar. A veces creo que les proporciono más de lo que se merecen, que los malcrío.

          No puedo ignorarlos. Son demasiado primitivos como para abandonarlos unos segundos. Por eso los encerré en una caja donde pueda verlos a todos. Hay veces que se matan entre sí. Me da mucha pena cuando lo hacen, no sólo porque no parecen notar la gravedad del hecho, sino también porque continúan haciéndolo. Debo reconocer que algunos de ellos (no tantos) son mansos, callados y parecen respetarme. Gracias a los de esa estirpe no aborté mi proyecto científico. Confieso que muchas veces pensé abandonar esta soledad que me abraza. Que muchas veces pensé en dejar de vigilarlos, desatando un gran Apocalipsis en su diminuto mundo.

          No puedo ignorarlos. Necesitan agua y alimentos. Está en su naturaleza. Muchos de ellos ponen una servil cara de lástima, como un perro callejero hambriento. Allí es cuando mi corazón se ablanda y termino cediendo. Es que los amo demasiado. Yo los creé, yo soy quien los cuida desde hace muchas de sus generaciones. No puedo abandonarlos y no lo haré. No lo haré porque no puedo desatender a todos aquellos que me ven como a un padre. Recuerdo que en muchas ocasiones hasta los más fieles me defraudaron. Merecen mi perdón. Son unas simples mascotitas que están aprendiendo lentamente. Creo que pueden llegar a grandes cosas pero que todavía no logran convivir entre sí. Son muy distintos. El otro día hubo una masacre: descuartizaron a uno de ellos sólo por ser diferente. Me da mucha pena cuando lo hacen. En ocasiones es entendible (o casi, porque la verdad nunca es demasiado entendible). Llegué a observar, en mis arduos años en este trabajo, que muchos de ellos se vieron obligados a realizar un acto de maldad por causas de otra dimensión. Sólo a ellos les tiro comida por la rejita de la caja, les sirvo el agua y los baño de aprecios.

          Ya no me interesa dormir. No lo hago porque me es imposible. Cuando me acuesto escucho chillidos amenazadores, como el sonido de montones de ratas desesperadas. No creo que lo hagan intencionalmente, es sólo que todavía están verdes y sin madurar. La cefalea ya es parte de mi vida. Estoy cansadísimo en cada segundo, de cada minuto, de cada hora, de cada día. Todo sea por ellos. Por ellos diseñé una manera de reproducción sexual placentera y sublime (y sana, aunque ellos la enfermaron), que muchos desaprovechan o utilizan para otros peligrosos fines. A pesar de eso nunca pierdo la calma, me mantengo alerta y aunque me cueste castigo severamente a la criatura que lo haga. ¿Costarme? Físicamente nada. Sentimentalmente demasiado.

          Me entretiene verlos y observar su evolución. En realidad es el único propósito de mi vida. A veces hasta los envidio. Están pendientes de su existencia únicamente, de algún que otro problema. Pero no vigilan montones de monstruitos ni cuidan de ellos. A mí nadie me consuela el llanto. El llanto que me ocasiona verlos imitarme. Algunos de ellos quieren crear seres similares, otros monstruitos dentro de un mundo de monstruitos. Quizás porque quieren saber qué siento yo. O tal vez porque quieren percibir la sensación de saber cómo nacieron. A mí me pasa en ocasiones a pesar de que no tengo dudas sobre mis raíces. No importa, me irrita que hagan imitaciones de cuarta. Me irrita y a la vez me entristece. Al igual que aquellos que piensan que nacieron por sí solos. Me ven a los ojos y mueven la cabeza hacia los costados. En esos momentos me dan tremendas ganas de estrujarlos del cogote y sacarlos fuera de la caja, pero es una sensación totalmente falsa. Nunca dudo de mis actos. Yo los amo y no hay nada peor que un amor no correspondido, pero es el más grande de los amores.

          Estos especimenes en los que trabajo son un embudo consumidor del tiempo. No recuerdo haber hecho otra cosa más que ayudarlos, estudiarlos y mantenerlos. Últimamente me preocupa lo que pueda sucederles. Su mente también evoluciona. Temo que algún día escapen de su caja. Llegará tarde o temprano el momento. Quizás es por eso que estoy alejado de ellos. Para que no puedan asecharme. ¿Llegará el día en el que tenga pavor de mis propias creaciones? Pues a pesar de saber lo que ocurrirá con ellos no puedo saber lo que a mí me sucederá.

          Los observé esta mañana y lo hago ahora. No pasa un segundo sin que alguno me humille (sin siquiera notar que lo escucho). Pareciera que se turnan: mientras algunos duermen los otros se despiertan para derrochar la vida que les regalé, y cuando estos últimos duermen se despiertan los otros. Se dividen en grandes grupos cuando deberían actuar como uno.  Ya no puedo soportarlo más. Lo pienso detenidamente y creo que lo mejor es desatar el cataclismo. Pienso que debo purificar su pequeña caja y liberarla de los malos engendros. Me contradigo con lo que en un comienzo pensaba pero quizás sea lo mejor.

          Levanto la mano. Todo terminará. Esta vez ya no puedo retractarme.  Es que los amo demasiado ¿Qué hago? Por el amor que les tengo debería purgarlos para su propio bien. Les envié varios mensajes a lo largo de toda su historia. Muchas veces advertí este momento. Levanto la mano. Ojala que sea rápido y no sufran tanto. ¿Qué es eso? ¡Ahora no! Uno de ellos quiere comunicarse… a ver qué estupidez pedirá ¿Ganar la lotería? ¿Un milagro? No… es la voz de un niño. “Diosito, cuida a mamá y a papá; salva a los pobres; ayuda a los malos. Te agradezco por tener casa y comida todos los días. Te quiero mucho”. Bajo la mano, dispuesto a escucharlo… después de todo no son tan malos.