Inmigrante
Luciano Ribero


          Cuando le conté a Juan Cruz que me mudaba, me miró sorprendido con un aire receloso que podía ser entendido como envidia o triste despedida. Quizás porque yo no era de los que experimentan la vida nómade o a causa de mi timidez. Ninguno de mis vecinos creía que me animaría a poner un pie fuera del barrio.

 

          - ¡Eh! ¿Por qué Antonio? ¿Trabajo? ¿Familia? ¿Comodidad?- me dijo Juan.

          - Trabajo… siempre trabajo. Todo sea para tener una mejor calidad de vida. No es un barrio demasiado lejos, pero es bien pintoresco y me queda a dos pasos del laburo.

 

          Entré por última vez a lo que había sido mi hogar desde que nací. Observé el pasillo por el que papá se había resbalado tantas veces al salir del baño mojado. La mesa cuadrada, los dormitorios a la izquierda de la cocina, la puerta del living que daba al patio, el escritorio en el segundo piso, la escalera de mármol. La biblioteca con sus libros ordenados alfabéticamente de izquierda a derecha. Pero también estaba la pared del comedor. Cómo la iba a extrañar, ya sea por la pintura de la misma o por el valor espiritual que tenía. Mamá dibujo sobre ella con los colores que sobraron de las habitaciones. Nada mal su obra de arte. Un paisaje argentinazo con los árboles que embellecían el panorama y un gaucho dirigiéndose en burro a su cabaña, donde la paisana lo esperaba. En esa pared estaban las marcas del crecimiento de mi altura durante la pubertad. En esa pared estaban nuestras manitos marcadas de cuando éramos niños. Pero ya no la iba a ver.

          Esperé en el jardín a los del flete. Ricardo acababa de llegar en su 504. Me saludó con un abrazo y decidimos tomar nuestro último mate juntos, bajo la luz del sol de todas las tardes. Hablamos de mujeres, de autos, deportes, religión y política. Cosas de hombres. Hasta que salió a regar Rosa. Puntual, como siempre a las cinco. Era peor que un inglés con el té. No podía estar dos minutos sin echarle un manguerazo al pasto y al auto de su marido. Un 207 chocado vaya a saber en qué joda del hijo. Bajamos la voz porque la vieja era media chusma. Fue allí cuando vomité mis confesiones sobre el todavía vecino.

         

 

          - Tengo miedo, vos sabés cómo soy yo. Un cagón. Mirá si no me adapto, si no encuentro mis amigos para jugar al truco a la noche, compadres para hablar de minas. ¿Qué hago?- le dije.

          -Un tipo como vos no tiene problemas… acordáte. Te va ir bien, aparte vas a estar mejor económicamente, no te hagas drama porque…

 

          Se detuvo porque llegó en su Volkswagen (Polo, si mal no recuerdo) Humberto. Se escapó un ratito antes del edificio para poder despedirme. En realidad vino a verme como una excusa para huir de su trabajo. En un “Call Center”, el fordismo moderno. Bah,…moderno, es el trabajo mecanizado y estructurado de la segunda mitad del siglo XX. Repetitivo y cansador. En fin, vino y me despidió. También Huguito en su Fiat 600. Carlos y José, Marina, María y Felicia.

          A las 8 vinieron los del flete. Les di las bolsas con las flores extraídas del jardín y me ayudaron con algunos muebles. No pude llevarme todos. Otros objetos sucumbieron en el camino (la pecera por ejemplo). Tenía esa nostalgia de domingo por llover, de guitarra rota, de oxidado carrusel. Sentía la quemazón dentro, el miedo a lo desconocido, las mariposas que se batían a duelo en mi estómago. El recorrido era lento, no íbamos a más de cuarenta. El camión era un remolque de viejos recuerdos, de muebles antiguos y de reliquias familiares. No pude evitar el lloviznar de conflictos y dudas, el temor. Es duro dejar lo que uno tanto amó. No me esperaba tanta tristeza, era como si me hubieran puesto un grillo con su canto, a punto de morir, en mi cabeza. Porque los grillos cantan cuando van a morir. Clamé al cielo donde las aves migraban hacia el sur. Hacia allá nos dirigíamos. No tan lejos…faltaba poco.

          Crucé la barrera de seguridad con el flete (iba a vivir en un barrio cerrado). Me entregaron la tarjeta con el código de barras para cruzar sin el permiso policíaco. Entré con sigilo y rodeé con una mirada curiosa mi nuevo hábitat. Se desató la tormenta. Las casas eran inmensas y en su mayoría blancas. En los garajes pude observar algún Picasso, un Audi y dos Toyotas Hilux. Un viejo con bigote a lo Hitler le daba indicaciones al jardinero para que no le embarre la casa al entrar. Unos bolivianos se alejaban del barrio con unos pesos en el bolsillo. Deben haber realizado alguna changa, pensé. Además de aquellas personas, no se distinguían los demás habitantes. Las luces estaban apagadas en las mansiones y el ambiente de los alrededores sumado al silencio, me sugería que estaban todos en la cama, temprano.

          Estrené mi nueva llave. Podía sentir el galopar de mis pulsaciones. Finalmente conocía mi nueva residencia. Apenas entré me topé con las habitaciones y los baños, en el segundo piso la cocina y el comedor. No había patio ni biblioteca, por lo que tuve que acomodar mis libros apilados, todos en una carrera para ver quién se colocaba en la cima y así ser leído primero. La casa no decía nada, me era indiferente como un reloj sin agujas, como un perro que no responde a ningún nombre. En un intento por acostumbrarme a las nuevas reglas decidí dormir temprano. Fue en vano, porque no pegué un ojo hasta las doce.

          Al despertar me sentí perdido. Tenía la sensación de haber tomado mucho alcohol la noche pasada y caminaba mareado. Tardé mucho tiempo en encontrar el baño a pesar de que estaba a dos metros. Me senté en la mesa redonda, donde las sillas giraban alrededor de ella como venerando a un Dios. La comida me sentó mal. Miré el reloj para saber la hora y casi me caigo de la banqueta o me doy de cara contra el suelo. Las agujas giraban de manera extraña y el “tic tac” se escuchaba “tuc toc”. Me acerqué a paso apaciguado y atónito, indagué en aquel reloj. Giraba en sentido antihorario. Tendría que acostumbrarme a semejante ambigüedad. Luego podría haber jurado que al tirar la cadena del baño el agua giraba hacia la izquierda.

          Salí en bata al exterior para encontrarme con mis nuevos vecinos y hablar un poco con ellos. Era extraño que ninguno se haya acercado a conocerme. Toqué el timbre a un par de casas con la excusa de recibir instrucciones acerca del lugar. Algunos se asomaron por la ventana y zigzaguearon con la mano como sin entender el sonido del timbre. Los que me recibieron, me miraban sin entenderme demasiado o sin prestarme mucha atención. “Si” “Mmm” “Por supuesto”. Ni hablar de tomar el mate o timbear un rato. Nada de cartas o juegos de azar. Quedé muy sorprendido con esa actitud tan repulsiva. Era como jugar un rato al frontón con una raqueta y la pelota. Siempre volvía la esferita, siempre rebotaba sin adherir otro efecto que el que yo le había dado. Así conocí (si es que puedo llamar conocer a lo sucedido) a mis nuevos colindantes. No me sentía muy contento con los resultados, pero necesitaba trabajar en aquel sector.

          Fue en los días siguientes cuando comenzó la verdadera incomodidad. No podía observar por más de unos minutos un mismo objeto. Las sillas cuchicheaban y me observaban de reojo. Más tarde gruñían o me mordían las nalgas si me sentaba. Con mirada penetrante mi propio reflejo me amenazaba en el baño y, al despertar por las mañanas, las habitaciones parecían haber cambiado su orden lógico. En la caprichosa escalera de madera creía siempre que había un peldaño más, por lo que mi pie quedaba en el vacío y caía atontado, más que todo sorprendido. Los suéteres me ahorcaban de noche y las sábanas me destapaban y dormían en el piso. Sólo para dejarme con el tiritar en las noches frías. Porque siempre estaba frío y tormentoso, no como en el barrio anterior. Con el correr de las semanas las flores que había trasladado terminaron por marchitarse. Cómo me iba a costar continuar con todo esto.

          El trabajo no andaba nada mal. Por unas horitas me pagaban lo suficiente. El 2 de enero a la madrugada era feriado no sé por qué, pero agradecí quedarme a dormir un rato más. Aún así me terminé aburriendo, tenía la sensación de escribir con una lapicera a la que se le acaba de a poco la tinta. Se me terminaban las opciones. Por eso, decidí invitar de manera acosadora a un par de vecinos, quizás a hablar un rato. Sólo logré entablar conversación con los miembros de limpieza. Gente muy piola y bienintencionada. Aunque para nada divertidos y muy ocupados. Obviamente su trabajo era más importante que la propia vida. Continué afuera para no estar sólo y no tener que pelear con los suéteres o atar a los sillones, que me atacaban como gato callejero nervioso y me llenaban de tarascones cuando los aprisionaba. Mi vida había tomado forma de espiral; giraba cada vez en círculos más pequeños hasta terminar en un ponto solitario y cautivo. Me sentía vacío.

          Fue una tarde del 4 de junio cuando me caí de las escaleras. Yo medio dormido y los escalones que temblaban. Todavía no había encontrado regularidades en sus movimientos y temblores que me permitieran madrugar sus trampas. Qué los parió. Todavía no me acostumbraba al frío y a las lluvias, pero los vecinos parecían no observar anormalidades. Como yo pensaba que estaba loco y que los sillones me mordían solo a mí, que las sábanas me dejaban con frío sólo a mí y que sólo a mí me ahorcaban los suéteres, me dirigí como espía a la casa del viejo de bigote Hitler. Por la ventana asomé la vista y vi como acariciaba al sillón para calmarlo. Parecía que jugaba con un perro callejero. Al suéter lo tenía en una caja de cristal., se agarraba de las mangas como suplicando al viejo pero éste ya estaba bicho en el asunto y lo ignoró. Yo creía que me sucedía a mí…pero la cincuentona de al lado también se movía con naturalidad frente a estas extrañezas. Los mellizos González tenían todo bajo control y el milico Iriarte le daba con la pistolita a balines a su musculosa verde. ¿Cómo podía ser que las nuevas sábanas de mi casa me maltrataran? ¿Y las sillas? Las únicas mansas eran las que me traje de mi antigua casa.

          Entré a mi vivienda con miedo, sin producir onda sonora alguna. Quise armar el bolso y huir de aquel barrio de locos, de aquel nuevo hábitat que me enloquecía de a poco. En pijama y mojado por la lluvia me camuflé entre las camionetas Ford Ranger de los mellizos y parando en distintas “estaciones” avanzaba a trancos largos por las casas. El problema era la barrera de seguridad. No tenía la tarjeta y los guardias asechaban por todos lados. Me trepé por los costados y pegué un salto que por milagro no me quebró el tobillo, pero me hizo continuar rengo todo el recorrido. Me persiguieron. Escuchaba las sirenas; no me dejaban huir de su jurisdicción y transferir a los demás todos los secretos del lugar. Hubo disparos y gritos. Utilizaron el megáfono.

 

          -No tenga miedo. Lo ayudaremos. Sepa que puede acostumbrarse, hay un buen trabajo esperándolo.

 

          Nada podía alejarme de mi objetivo: mi antigua casa. Necesitaba encontrarme cómodo, ver con tranquilidad la obra de arte plasmada en la pared, las habitaciones ya conocidas, los muebles que quedaban allá, los antiguos vecinos amistosos. Corrí y corrí perseguido por crímenes y delitos que ni conocía. El camino fue muy largo y tortuoso, yo tan hecho trizas que avanzaba a paso enfermo. Terminaron por ignorarme y no me persiguieron más. Llegué a mi verdadero hogar gateando y me acosté en la puerta acurrucado como perro viejo. Extrañaba mis libros y extrañaba escribir. Las palabras tienen una fuerza impresionante, son un revólver de letras. Pero ya estaban todas aquellas hojas en las gargantas de los sillones, tragadas por buzos y remeras, digeridas por sábanas. Tal vez me hubieran servido para derrotarlos.

          Desperté con una resaca y dolor de cabeza, como si me hubiera emborrachado la noche anterior. Entré por la ventana a la casa que todavía no habían vendido. Mi antigua casa. Quise respirar el aire a comodidad pero estornudé. Estaba muy laso. Recorrí las habitaciones ya conocidas pero no las recordaba del todo. Busqué con detenimiento la pared… ¿dónde estaba? En la biblioteca, en el living… no. Quizás si doblaba a la derecha… ¡Acá! La observé, pero no la pude contemplar con satisfacción. El paisaje era extraño: un viejo con sombrero y poncho sucio, unos árboles altos que tapaban la visión y una negra en una casucha primitiva y con ropas estropeadas, en su espera. Para mí que estaba con otro tipo. Me estremecí y me largué a llorar. Las manitos parecían manchas de mugre y las marcas de mi altura estaban mucho más bajas. No entendía qué mierda habían cambiado de la casa. Busqué la llave por todos lados y la encontré tirada en los baños. Quise ver la hora pero el reloj no tenía agujas. Mis sollozos no se sosegaban, me asomé por la ventana y un viejo en un auto feo me miraba contento. Corrí en círculos, perdido. Me alejaba de los muebles y la luz del sol encandilaba mis ojos, me quemaba. Corrí hacia la puerta, coloqué la llave… pero no giraba.