Sólo de noche
Elsa Levy


Esta noche más que ninguna otra está consciente de su soledad. Ha ido, por insistencia de su prima Lucía, a vivir una corta temporada en la cabaña frente al lago de Pátzcuaro. Lucía  pensó que la paz que despide el sitio llenaría a su prima de tranquilidad y el aislamiento le ayudaría a llevar con exactitud su nueva dieta. 

            Las palabras del doctor, dichas en la última cita, aún palpitan en su interior como un anuncio luminoso: su peso ha llegado a 153 kilos, su presión arterial está muy alta, así como el nivel  glucosa; debe adelgazar a como de lugar, de otra manera no podré hacerme responsable de su salud. Consulte a un nutriólogo.

            ¡Cómo si no hubiera visitado a ninguno! En el transcurso de su vida ha perdido la suma de los nutriólogos a los que ha acudido y de las dietas que ha llevado; todo en vano. Siempre fue una niña gordita, una joven rechoncha, y ahora, una mujer descaradamente obesa.    

            Del mismo modo ha perdido la cuenta de las ocasiones en que fingió no haber escuchado las risas de sus compañeros de escuela, burlándose de su figura, ya fuera en el gimnasio o en los festejos anuales. Pocas veces lo recuerda, porque quiere olvidarlo, la ilusión que le embargó cuando asistió al primer baile de su vida. Su madre intervino amorosamente en la selección del vestido que necesitó hacer una costurera porque en los almacenes no había la talla para ella. Sólo su primo menor, a regañadientes y después de un pellizco de su mamá, la sacó a bailar. Todos, sin discreción, cuchicheaban y reían al verla: el vaporoso vestido de color de rosa le hacía parecer a la ballerina hipopótamo de la película “Fantasía” de Walt Disney.   

         También quiere olvidar las ocasiones en las que lloró por un amor no  correspondido. Ha borrado de su memoria  las veces que se ha enamorado: de un compañero de clases, de un maestro, de un primo, hasta del nuevo curita o del tendero de la esquina. Nunca sus labios han sido besados, ni su cuerpo acariciado. Nunca un varón ha estado a su disposición. Sólo en sus sueños lleva la iniciativa. Disfruta del amor y del sexo con el hombre que ha idealizado. Tal vez por  eso duerme tanto.

            Hoy, a sus cuarenta y cinco años, se ha propuesto dejar de ser gorda. Su mayor anhelo es ser delgada, que los hombres se fijen en ella y, sin darle rodeos, que le hagan el amor. Trajo a la cabaña sólo los alimentos estrictos que le permite la dieta. Lejos de tiendas, mercados, neverías y pastelerías, no tendrá tentaciones que ayuden a su claudicación.

            Los primeros días fueron  de novedad, de descubrir los alrededores, de leer, de preparar los alimentos para su dieta, de observar los estantes y libreros que llenan la casa, repletos de adornos y juguetes de los dos pequeños hijos de su prima. Ella no tuvo hermanos, ni sobrinos a quien mirar durante sus juegos, así que se entretiene repasando cada uno de los atractivos juguetes. Han trascurrido dos semanas, la báscula sólo marca un kilo menos, y la depresión comienza a hacer de las suyas. La soledad llena sus espacios.

            Al inicio de esa noche, ha salido a la terraza vecina del jardín interior de la cabaña, un extraño calor llena su cuerpo, un deseo inmenso de compañía masculina le embarga. Se recuesta en un diván, por instantes observa las estrellas chispeando en la opacidad del firmamento. La luminosidad de la luna llena El aroma y los sonidos de la noche apremian sus deseos. Con lentitud comienza a acariciarse sobre la ropa. Cierra los ojos. Al cabo de unos minutos una percepción de ser observada le hace abrirlos bruscamente. Con avidez busca  en la penumbra. No encuentra nada. El calor de su cuerpo aumenta. Sin prisa se quita su ropa hasta quedar desnuda, grande, blanda y expectante. Buscando frescura, deja la terraza y va al centro del jardín y se tiende de espaldas sobre la hierba. Estira los brazos con voluptuosidad, suspira y dirige sus manos a sus senos enormes que se derraman sobre sus costados. Cierra de nuevo los ojos, relajada, inmersa en sus sensaciones. Una vez más esa impresión de ser vista. Abre los ojos.  Gira la cabeza a la derecha. Es cuando lo ve.

            Se mantiene inmóvil por segundos, entrecierra los ojos para agudizar la mirada. Sí, ahí está sólo a un metro de ella, apenas sobresaliendo entre la hierba. Se  incorpora. ¡No lo puede creer! Es un hombrecito de escasos quince centímetros vestido de explorador, con sombrero texano, binoculares, mochila, pistola al cinto y un látigo en una de sus manos.  Observa que él, utilizando los gemelos mira hacia arriba, fija su mirada en su rostro. Lo toma entre sus manos.          

            Él permanece inmóvil. Lo coloca de pie en la palma de su mano, lo revisa milímetro a milímetro. Es perfecto, se dice: el hombre que tantas veces ha soñado pero diminuto. No consigue dejar de mirarlo y admirarlo. Una idea aparece: nunca ha visto a un hombre desnudo, sólo en las láminas de los libros escolares de sexualidad humana. Se arrodilla. Lo coloca frente a ella y, con las puntas de sus uñas comienza a quitarle la ropa hasta dejarlo desnudo como ella lo está. El hombrecito no pronuncia palabra alguna, no trata de huir, permanece preso de su voluntad. Con delicadeza, lo vuelve a poner sobre la palma de su mano izquierda, ahora acostado de espaldas. Lo acerca para verlo mejor; con la yema del dedo índice comienza a acariciarlo: primero su cabello, lacio y castaño, luego su rostro varonil, su dedo va bajando hasta llegar al bajo vientre. ¡Ahí están! Se sorprende: un falo y dos testículos minúsculos sobresaliendo entre la fronda oscura del vello púbico. Con delicadeza frota el pequeño vástago que con rapidez se erecta. Llena de ansiedad, se recuesta sobre la hierba y lo coloca en el valle entre sus senos.

            Cierra los ojos, y se concentra en los pasos y movimientos liliputienses que recorren su cuerpo. Primero lo siente escalar su cuello y subir hasta su rostro, sus labios pulposos registran a esa pequeña boca que se prende de ellos, recorriéndolos, chupándolos fragmento a fragmento. Suspira profundo y el aire que exhala hace caer al hombrecito de nuevo sobre su pecho; éste se incorpora e inspecciona senos y pezones, en ellos se detiene largamente rodeándolos, abrazándolos, lamiéndolos. La sensibilidad y fantasía femenina magnifican las sensaciones. Ahora siente los pasitos bajar por su esternón hasta llegar al vientre, lo explora deteniéndose en el ombligo que semeja un cráter lunar, introduce sus dos manos en la hondonada y, en movimientos circulares, le acaricia lento provocándole goces inéditos que corren hasta sus genitales. Él, continúa su recorrido. Utiliza sus uñas y se desliza de su vientre abultado y llega hasta la maleza del triangulo de su pubis. Ahí, palpa sus vellos, aspira su olor y busca entre el follaje su cañada bermeja, en ella, el clítoris semeja un enorme rubí piramidal.

            El hombrecito, con la mano extendida, lo frota rítmicamente, desprendiéndole sensaciones que le hacen gemir, suspirar y acelerar la respiración. Él prosigue su labor sin descansar. Cuando la vasta pelvis comienza a ondular, a subir, a bajar, él se prende de sus largos vellos para no caer. Ella abre las piernas. Está a punto de la culminación. En un rápido movimiento acerca su mano hasta el responsable de su placer. Lo toma, lo encierra entre sus dedos y lo dirige a la entrada de su caverna inviolada. El hombrecito no hace nada para defenderse. Cuando está a punto de sumergirlo en el abismo de su oquedad, le sobreviene el orgasmo, su cuerpo se tensa y se produce la explosión de sus células, de su sangre, que le hace perder el control, involuntariamente abre sus dedos y el hombrecito resbala por su costado y cae sobre el césped.

            Ella permanece ahí, imponente, jadeando con los ojos cerrados y su mente concentrada en el epicentro del placer que dulcemente se va extinguiendo. Poco a poco va recobrando su ritmo cardiaco, su respiración se aquieta, las imágenes vuelven a su realidad. De súbito se incorpora, y busca alrededor. Se agacha, gatea escudriñando entre la hierba. Sus enormes nalgas alumbradas por la luna semejan dos dunas móviles divididas por una cuenca oscura. Recapacita y regresa a mirar, no hay vestigios de la ropa que le quitó al hombrecito. Desespera, quiere encontrarlo, comprobar que lo que vivió fue real, cuidarlo, mantenerlo con ella, él la aceptó como es, él le ayudó a llegar a la culminación y estuvo preso de su voluntad.

Vuelve sobre la hierba. Después de mucho buscar sus esfuerzos tienen éxito: un diminuto sombrero texano aparece ante sus ojos; ansiosa lo recoge. Oprime el objeto contra su pecho y entra en la casa. Con fervor lo revisa buscando huellas de su dueño. Capta que en el forro tiene escritas dos palabras: Indiana Jones. Instintivamente sus ojos buscan sobre los estantes de los juguetes. Descubre un explorador vestido con ropa apropiada, binoculares, mochila, pistola al cinto y un látigo en su mano derecha. Sólo falta algo. Se acerca y, sonriendo emocionada, coloca el sombrero en su cabeza.