El hombre sin nombre
Gurpegui


Mi personaje era la persona más ignorante que haya existido jamás. Ignoraba hasta su propio nombre. Cuando nació, su madre no se molestó en ponérselo. Decía que cuando fuera mayor, que él mismo decidiera. Pero él, no sé si por esta carencia de nombre o porque su madre le lavaba la cabeza con jabón lagarto, no tenía conocimiento de su propia identidad, así que no había sentido la necesidad de llamarse de ninguna forma. Como nadie se dirigía a él, se limitaba a observar, aunque no mucho, porque llevaba una melena larga con un tupido flequillo que le llegaba hasta la nariz. Se pasaba el día tropezando y hasta le había atropellado una bici en una ocasión. Uno se imagina que mi personaje sin nombre no hablaba demasiado, sin embargo, se pasaba el día tarareando la melodía de un anuncio tratando de acordarse del final.

-       “Perdone, caballero, ¿cómo terminaba la canción de Nocilla?- preguntaba a cualquiera

-       “¡No-ci-lla!” – le respondían.

Y él se cabreaba por repetir el final de su pregunta. Además de estúpido, era bastante irritable y se pasaba el día refunfuñando por lo estúpida que era la gente. Le molestaba hasta su propia sombra. Todos los días trataba de darle esquinazo y se enfurecía tanto que se liaba a puñetazos con los baldosines de la acera.

Mi personaje sin nombre era tan ignorante, que se le olvidó que un día tenía que morirse y vivió largos años sin saber que vivía.