El plan perfecto
Raquel Molina Serrano


A ninguno de ellos le gustaba reconocerlo, pero era el plan perfecto. No podía fallar porque no arriesgaban nada, tan sólo sus personas y se trataba de algo de tan escaso valor en sus circunstancias que ninguno lo consideró un precio demasiado alto. Menos aún si pensaban en los resultados que se podrían alcanzar si el plan, que de simple era perfecto, conseguía salir adelante.

 

Después de unos minutos de incómodo silencio, uno de ellos carraspeó y se atrevió a hablar.

 

­—Estamos de acuerdo, One.

 

Aunque todos conocían su nombre de pila, sabían que no debían utilizarlo en estos momentos. Tenían que ser capaces de separar estas reuniones secretas de la vida diaria.

 

—El plan es sencillo —continuó el mismo que había hablado antes— , hasta un retrasado sería capaz de seguirlo. Tan sólo hay que entrar allí con las caras cubiertas, pegar unos gritos que asusten al personal, disparar al aire, y convencer a todos esos tarados, que tarado hay que estar para presentarse a una oposición, que no lo hagan, que no sigan adelante en su propósito de llegar a notario.

 

One se limitó a asentir, sin transmitir lo satisfecho que se sentía de que sus palabras hubieran sido comprendidas. No llegaba a fiarse de aquel grupo, ni sabía hasta qué punto le comprendían, pero se trataba de la única herramienta con la que contaba y no podía pararse a sopesar si estaba haciendo lo correcto. Empezó de nuevo.

 

—Podríamos matarlos a todos y así asegurarnos de que nadie más se vuelve a presentar sobrio a una oposición a notario. El problema es que mi conciencia no quiere cargar con la muerte de nadie. Ya —dijo intentando acallar los murmullos que empezaban a elevarse— , sé que algunos pensáis que los notarios no llegan a la categoría de seres vivos… pero, pensad que se trata tan sólo de opositores, todavía no son notarios. Aún hay esperanza para ellos si pueden dedicarse a otras labores.

 

Esta última frase, pronunciada de forma lapidaria, terminó de acallar los rumores. Ellos no eran asesinos, tan sólo luchaban por una sociedad más justa.

 

—Una vez que tengamos una sociedad sin notarios, nuestro control podrá ser total  —continuó One.

 

—¡Control total!, ¡Control total! —gritaron todos a una.

 

One sonreía satisfecho. Una vez convencido el grupo, ahora sólo quedaban los detalles prácticos. Había que concretar un día. Sabía que era difícil que pudieran hacerlo todos juntos, pero estaba en su mano el abrirles todas las puertas. Decidió convocar otra reunión para fijar el día. Por hoy, ya era suficiente con haberles transmitido la idea y se sentía orgulloso de la unanimidad conseguida.

 

—Tan sólo comentaros algo antes de irnos. Nadie debe sospechar al vernos a todos juntos, y es importante que de aquí no salga ni una palabra. Como sabéis todo está bajo el control de los notarios, aquí también reside el enemigo. Aunque intenten hacerse vuestros amigos, no les contéis nada.

 

Fuertes murmullos recorrieron la sala, y empezaron a dispersarse en pequeños grupos que intercambiaban miradas de desconfianza. One los contemplaba mientras salían con un cierto malestar en el estómago, no sabía si sería prudente confiar en ellos.

 

—Alucinaciones colectivas. Alucinaciones colectivas —repitió el psiquiatra de la mañana a Antonio, el psicólogo del gabinete —. Todo el psiquiátrico habla de lo mismo, un complot para eliminar a los notarios, y de un tal One al que nadie, por mucho litio que  administre, quiere delatar. Creo que les recetaré algo más fuerte que evite estos delirios —y pasó a anotar unas letras extrañas en un bloc que dejó para su colega del turno de tarde —, ¿opinas lo mismo?

 

Antonio sonrió de manera enigmática y se dio media vuelta. One suspiró con cierto alivio al doblar el pasillo.