Todo está bien
Antonio L. Peña García


     Luisa, aunque sólo tiene dos años más que yo, tiene miedo por las noches. Duerme en la misma habitación que yo, y a veces me habla pero yo no la contesto porque estoy en el “quinto sueño”. Ayer también se levantó, pero yo no me enteré. Era muy tarde cuando me despertó. Me dio en la espalda varias veces y, cuando pude “entreabrir” los ojos, me habló muy nerviosa, yo no la entendía nada, sólo miraba. Quizás mi asombro hizo que ella se calmara. Después se puso a llorar, y yo me abracé a ella. Dime qué pasa Luisa, le dije, haciendo de hermana mayor. Entre sollozos dijo “papa y mamá se están pegando”.

     Nuestros padres tienen la habitación al lado de la nuestra. Normalmente suelen cerrar la puerta, pero aquel día la dejaron entornada.

     Papá le decía a mamá “¡disfruta cerda!”. Después oíamos como se movía la cama, sólo oíamos porque Luisa y yo nos abrazamos y no nos atrevíamos a mirar. Nos miramos, y no nos atrevíamos a decir nada. No sabíamos si llamar a nuestros tíos, a los primos.

     Al final volvimos a la cama, pero estuvimos toda la noche sin dormir. Luisa y yo seguíamos sin hablar. Pero seguro que pensábamos lo mismo, ¿por qué se están pegando?

     A la mañana siguiente mamá nos levantó como todos los días. Me extrañó no verla con el ojo hinchado o alguna “magulladura”. Papá estaba muy amable; más que de costumbre.

     Luisa y yo, más tranquilas, nos volvimos a mirar. Si las miradas pudieran hablar, habrían dicho “todo está bien, mejor no saber nada sobre lo que pasó esa noche”.