Se despidió con una sonrisa
Esther Laso Esteban


        Ya lo hice. No ha costado tanto como pensaba. Tenía que hacerlo. Debí haberlo hecho hace mucho tiempo. Lo oigo gritar. Grita empecinadamente como si creyera que voy a acudir en su busca. No voy a hacerlo. Sé que está ahí, detrás de esa puerta. Está cerrada. La cerré yo misma. No quería verlo morir.

        No puedo arrepentirme ahora. Era la única posibilidad para mí. Iban a destruir mi vida. Yo lo quería. Lo quiero aún.  Sé que no debo arrepentirme. Sigue gritando. No, ahora llora. No sé distinguir si lo hace por furia o por miedo. Se le pasará. Le queda poco tiempo.

        Sus ojos me persiguen. Están alegres. Como siempre. Demasiado alegres para que mi sufrimiento pueda soportarlo. Fuimos felices un tiempo. Corto. En seguida llegaron los problemas. Los míos. Él seguía alegre. Con su perenne sonrisa. Y yo, yo no sonreía. No me gustaban tantas visitas. Demasiadas visitas.

        Sus chillidos son ensordecedores. No me ha hecho caso. Le dije que era un buen momento para la despedida. No parece querer aprovecharlo. ¿Por qué se aferra a la vida? Echamos de menos lo que perdemos. Es posible que mañana le echen de menos. Ya no estará. No me arrepiento. Pero le echarán de menos. Era lo único auténtico de mi vida y tengo que llevármelo. Su voz me está hastiando. No voy a abrir la puerta. Sus gritos. No sé por qué grita. Creía que era una muerte sin dolor. Se quejó mucho cuando dejé sus venas al aire. Se desgarraron fácilmente. Era tan delicado. Pensé que sería un instante. Que luego callaría. Tiene que despedirse. ¿Cómo se despide uno de la vida? Ya me lo contará. O no. No, quizás no, algunas veces es tan callado.

        Un minuto de silencio. Ya continúa. Estaría buscando las fuerzas. No siento nada. No sé que debo sentir. No me lo han dicho. Casi siempre me dicen lo que tengo que hacer. Lo que tengo que sentir. Ahora solo oigo un llanto. Más débil cada vez. ¿Entenderá que lo hice por él? Somos tan desagradecidos. Tú también, Gabriel. Sé que te buscaban. Me lo dijeron. No fue el de la bata blanca. Él no me dice esas cosas. No le he dicho que no me tomo las pastillas. Las tiro. Como él hace con mi vida. La tira. La arranca. Era él quien te buscaba. Decía que no eras bueno para mi vida. Y tú eras mío.  Mío o de nadie. ¿De quién quieres despedirte? Te presenté a muchas personas. Sé que te miraban mal. Tú les sonreías. Como a mí. Ellos no merecían tu sonrisa.

        Sigues llorando. La sangre derramada no consigue arrebatarte la fuerza. No sonríes ahora. Lo hago por ti. Soy yo la que sufro. Estoy esperando visita. Te lo dije. Te lo dije ayer pero no quisiste creerme. Me llevan. Donde siempre. No quieren que vuelva a verte. Fue el de la bata blanca. No hubiera podido soportarlo. Los otros me han dicho que me rebele. Ellos me comprenden. Por eso me dicen lo que tengo que hacer. No debo sentir pena. Cuando ya no haya sangre nadie podrá alejarte de mí. Cuando ya no haya sangre. Estaremos siempre juntos. Y yo no iré a donde quieren llevarme.

        Aún tengo el cuchillo en la mano. Lo contemplo como si fuera mi obra maestra. Es mi obra maestra. ¿O lo eres tú? Les estoy esperando. Quiero que te vean. Que contemplen lo que me han hecho hacer. Si no hubieran querido apartarte. Tu piel estará blanca. Más blanca aún. Ya era muy blanca antes. Quiero verte. No voy a abrir la puerta. No voy a verte morir. Gabriel, ¿lloras aún? Te oigo. Te oigo. No grites. Lo haces aún más difícil. Tu sonrisa es tan bonita. ¿Sonríes?

        Ayer me compré un vestido blanco. Me lo he puesto hoy para ti. No te has fijado. Hoy los dos seremos blancos. No te lo dije. Hay muchas cosas que no te he dicho, ha sido todo muy rápido. Ahora podré hacerlo porque tendremos todo el tiempo para nosotros. Voy a hacer el viaje a tu lado. ¿No notas que cada vez estamos más cerca? ¿Qué de dónde? De nosotros.

        Fui cobarde. No me atreví a hundir la hoja tanto como contigo. Me desagradó tu mano colgando. No importa. Desgarre la herida con los dedos cuando vi que no era suficiente. No sabía que la sangre podía ser tan roja. Nunca había visto tanta junta. Hace dibujos al caer. ¿No ves que no lloro?  Cada vez siento menos dolor. Deberías estar contento y sin embargo inundas todo de lágrimas. Igual que cuando naciste. Yo sentía una felicidad inmensa y tú llorabas como si el hecho de venir al mundo fuese una desgracia para ti. No has crecido mucho más desde entonces. ¿Cuándo fue? ¿Hace ocho meses? Creo que sí. Pensarás que soy una mala madre porque no recuerdo el día en que naciste pero recuerdo el momento. Estábamos solos como siempre lo hemos estado. Y fue rápido. Casi ni me enteré. Apenas te oí llorar y ya te tenía en brazos. Fue entonces cuando vi por primera vez tu sonrisa y supe que no podría abandonarte nunca.

        Aunque quisiera ya no puedo abrir la puerta. Me cuesta hacer un mínimo movimiento. Quizás debería haber estado contigo en la habitación pero ya te dije que me disgustaba la visión de tus frágiles muñecas quebradas. No. Mejor vernos después. ¿Cómo seremos? Se me está haciendo larga la espera. Aún escucho tus débiles gemidos. Parece mentira cuanta sangre cabe en un cuerpecito tan pequeño.

        Es una lástima que no vaya a ver la cara del médico. Está a punto de venir, por eso me apresuré esta mañana para que todo estuviera listo a su llegada. Él nos encontrara. Me dijo que no estaba capacitada para cuidarte, que otras lo harían por mí y que te encontrarías bien. Me negué. Sé que tú tampoco querías haberte ido con ellas. Dijo que el hospital no estaba hecho para niños. Pero yo no voy a ir al hospital. Dentro de poco seré libre. Como tú. Así les demostraré a todos que puedo ser tan buena madre como cualquiera. Te estoy protegiendo de quien te quiere hacer daño. Como haría cualquier madre. Pero ellos no lo entienden. La última vez que fuimos al hospital me regañaron porque tenías un pie roto. Les dije que era importante que aprendieras a andar pronto pero que tú te negabas a quedarte de pie y que tuve que ponerme seria. Siguieron sin entenderlo.

        Casi no haces ruido. Tan solo en algún momento dejas escapar un pequeño sollozo. Eso es porque te encuentras mejor. Yo también me voy encontrando mejor. ¿Has visto cuánto nos parecemos? Yo se lo decía a la gente, eso de que nos parecíamos. Y se reían. Me dolía mucho. No se creían que fueras mi hijo. Eres demasiado guapo. Yo también era muy guapa. Antes de que me dieran esas pastillas. Solo las tomé durante un tiempo, hasta que me di cuenta de que eran peligrosas. Intentaron que creyera que me curarían pero a través de ellas se apropiaban de mi vida, de mis recuerdos. Jamás me creí que fuera médico. Sabía que era el jefe de ellos pero nunca se lo dije a la cara. Me hubiera hecho tragar todas las pastillas de golpe. Una vez le denuncié a la policía. Trabajan también para él. Copiaron lo que dije y al día siguiente él vino a visitarme. Ya no volví a quejarme nunca más pero no me tomo las pastillas para que no me quiten mi realidad. Cuando llegue no encontrará nada para llevarse. Ni mío ni tuyo. El siguiente serías tú. Lo presentía. Era cuestión de tiempo que empezara a darte esas pastillas. Tenía que protegerte. Soy una buena madre. Te he protegido.

        Hace rato que no te oigo. Debes de haber partido ya. Espérame. No corras mucho. No tardaré en llegar. Cada vez me siento mejor. Creo que hay alguien en la escalera. Han llamado varias veces. Ahora hablan con la vecina. Les pondrá al día en seguida. Vive detrás de una puerta. Quizás ha oído tus gritos. Son la visita que esperaba. El médico con sus pastillas. Él y yo sabíamos que no estaba enferma. Ha sido una curiosa relación la nuestra. Pero ya se acaba. Se acaba. Ya no les oigo. Ya no oigo nada...

        La puerta cedió tras varios empujones. Era bastante vieja y no nos costó mucho derribarla. La encontré tendida en el sillón. Intentamos una reanimación en el mismo lugar pero fue inútil. La pérdida de sangre había sido tan abundante que no pudimos hacer nada. Me reproché no haber llegado antes.

        Laura tenía hoy cita en el psiquiátrico. Le llevo tratando varios años de su esquizofrenia. Hoy me anunció que no vendría, tenía un viaje más importante que hacer. Fue entonces cuando me preocupé seriamente. No quería que hiciera una tontería. Estaba en una fase muy delicada. La medicación no conseguía controlar su paranoia y yo ya no me atrevía a subirle más la dosis. Sospechaba que no se la tomaba y hace poco le sugerí que me gustaría que quedara internada durante un corto espacio de tiempo para poder estudiarle mejor. No quiso.

        Sus brazos estaban desgarrados. Lo hizo a conciencia. No era una llamada de atención, quería morir. Es difícil expresar lo que se siente cuando un paciente decide morir. ¿Dónde fallaste? Me digo a mí mismo que no debo acusarme. Era un caso difícil. Una persona sola siempre es difícil. La soledad crea muchos fantasmas. No consigo, sin embargo, recordar si en algún momento pudo hablarme de suicidio. De ningún modo se me habría olvidado. Siempre me ha impresionado el proceso de un suicidio. No comprendo que es lo que pasé por alto, qué es lo que no escuché.

        Estaba de estreno, aún no había quitado la etiqueta de su vestido y ya era más rojo que blanco. En sus preparativos no entraba una carta de despedida. ¿De quién iba a despedirse? Podía haberse despedido de su hijo. Ahora que me fijo no lo encuentro por aquí cerca. Es raro, no se separa de él. Le habrá querido ahorrar esta escena a pesar de que, debo admitir, nunca había visto su expresión tan calmada como entonces. Ya no tiene que estar pendiente de sus perseguidores. Puede descansar tranquila.

        Es la segunda vez que me encuentro en su casa. No suelo visitar a mis pacientes salvo casos de urgencia como éste. Está más ordenada de lo que me esperaba encontrar pero era un orden especial. Nada está en el lugar por casualidad y me hace percibir una atmósfera inquietante.

        Me quedé hasta que llegó el juez y levantaron el cadáver. No era un espectáculo agradable pero sentí que se lo debía. Suponía que era el momento en que menos necesitaba tener a alguien al lado pero esa irracionalidad que todos albergamos me obligó a acompañarla hasta que fuera sacada de la casa. De alguna manera pretendía darle un poco de familiaridad entre todos los extraños que se encontraban alrededor. Seguramente esto me hacía a mí más bien que a ella, me reducía el cargo de conciencia. Uno de los policías que se encontraba en la casa me sacó de mi ensimismamiento.

        “Doctor, ¿ha visto usted esto?”

        Lo sacó de una de las habitaciones. Era un muñeco que difícilmente quería simular un bebe rollizo, con una gran sonrisa en la cara. Tenía las muñecas cortadas y apenas unas tiras de plástico conseguían unir sus manos a los brazos.

        “Sí, lo conozco. Es su hijo.”