Detrás del espejo
Silvia López Luna


     Ahora la veo mejor. A pesar del muro que se ha puesto en medio –más de veinte años- aún la reconozco. Probablemente, ella a mí no.     Sara abre entusiasmada el armario de su habitación; un espejo agranda los escasos seis metros cuadrados reflejándolo todo: la cama, las cortinas que cubren la ventana, los cuadros de la pared, y su cuerpo pequeño que crece más deprisa que el tiempo. Cierra la puerta para que no la molesten ni la vean. Le da mucha vergüenza.

     Por las  tardes a la vuelta del colegio, después de la merienda y de hacer los deberes, se planta delante del espejo, día tras día, inquieta. Mientras elige la ropa para la ocasión, una minifalda blanca de volantes que tan de moda se ha puesto este verano -el anterior se ponía unos pantalones de flores- un radiocasete medio roto  alimenta de música el ambiente. Se recoge el pelo en un moño porque ya empieza a sentir el sudor en la frente, la nuca empapada. Estira los brazos y las piernas  hasta el techo. Gira la cabeza con elegancia, y en la reverencia,  dirige una mirada de agradecimiento a todos aquellos que la observan con expectación, los que están sentados en sus butacas, enfrente del escenario donde ella, algún día, actuará.

     Detrás de la puerta de su habitación, no escuchó nunca los aplausos. Por eso, seguro, pisaba fuerte el parqué que permitía a sus pies  deslizarse por el pasillo tan estrecho que quedaba entre la mesilla  y la cama.  Sin embargo, ella seguía atenta  a los espectadores, a la vez que  recordaba las horas de ensayo en la escuela de danza y las zapatillas desgastadas de ballet que nunca usó.

     Durante años siguió delante del espejo hasta que  comprobó que   su imagen ya no cabía; para entonces,  hacía rato que sus piernas y sus brazos  no le llegaban muy arriba, y sus ojos no volvieron a encontrarse con alguien que la observara. De pronto, un día, se olvidó. Sólo ahora, después de tanto tiempo, al ver a la pequeña Sara se ha vuelto a acordar. Muchas veces me lo ha echado en cara, luchamos poco, decía, te derrumbaste...

     Las dos, más una que nunca, aplaudimos al unísono a la niña, fuerte y alto.