El gavilán
Javier Sanz


    Con la acostumbrada silenciosa ceremonia, Martín Mochón retira el montón de paja, introduce su cabeza en el hoyo y aspira. Recrea y  se recrea una vez más con los olores de la hierba fresca, las zarzas, los sauces del río, con los aromas a pan caliente y a carne adobada de su casa, con perfumes de mujeres que conoció y olvidó. Repasa sus momentos más dichosos y llora como el niño que fue, como el viejo con esperanza que es. Hoy morirá o vivirá con dignidad.

 

    Vuelve súbitamente a la realidad del hedor a mierda seca, orines e inmundicia subterránea de la mazmorra que le acoge desde ¿cuándo? Si se guía por el tamaño de sus uñas, que decidió no cortar nunca para medir de alguna manera el paso del tiempo, lleva aquí lo necesario para que un hombre se convierta en gavilán. Uñas que, a la postre, le han resultado útiles para excavar y aclarar el pasadizo que se ha convertido en la motivación y fundamento de su existencia. Un túnel olvidado y atorado en algunas secciones, construido otrora, bajo el solar que ocupa ahora el imponente Castillo de La Mota, quien sabe si por romanos, árabes o cristianos. Y usado solo por las ratas, sus habituales convecinas, quienes lo pusieron sobre la pista de la posible fuga poco después de que Martín hubiera decidido dejarse morir. Señal divina o profana de que debía seguir luchando. Como siempre, soldado. Como en Los Gelves, como en Navarra, o en Villalar, aquella enlodada fecha que marcó el comienzo de su calvario. Empresa imposible en la que se había embarcado por lealtad hacia su amigo Juan Bravo, degollado poco después con singular boato y solemnidad. 

 

    Un gavilán escuálido y consumido por la disentería, cuya salud se agrava con rapidez por el ayuno que mantiene últimamente. Penitencia necesaria para poder deslizarse por el corredor, que se estrecha demasiado, justo cuando se intuye una salida. Es la sombra de su propio cadáver, impulsada solo por recuerdos.

 

    Se despoja de los harapos, un día jubón y calzas militares. Despide para nunca a su vida de perro, que saluda con sumisión al vigilante de turno para recibir en la cara sobras de carne enmohecida y mendrugos de pan duro. Y se interna en la tierra.

 

    Repta penosamente por la madriguera que va a parar al conducto abovedado, antes usado como desagüe. No tiene fuerzas, ni aire. Ha de ser ahora, al menos morirá fuera, no aguantará mucho más. Y pensar que fue carcelero, en Segovia. ¿Trató a los condenados con tanta crueldad? Se jugaba a los dados alguna vez las raciones de los cautivos con los demás centinelas. Azotaba con una vara de abedul a los que no le dejaban dormir con sus lamentos. ¿O eso lo había sufrido él? Quizá forma parte de las pesadillas que le asaltan tan de continuo. Ríe entre los dientes que le quedan. Qué bastardo eres, Mochón.        

 

    Sigue avanzando en la negrura, poseído por imágenes de un prado verde, soleado e iluminado por la Luna al tiempo, un arroyuelo espumoso, un campo de trigo a punto de cosechar. Ya ha llegado a la parte más angosta. Hay que escarbar un poco más. Piedras, ladrillos, barro. Fiebre. No puede respirar…

 

    Se ha desvanecido unos momentos. ¿O han sido horas? Hubo un pequeño desprendimiento, y la zona obturada ha quedado expedita. Se intuye una luz débil al fondo. Arrastra sus anhelos, jadeando agónicamente como un animal rabioso. Pero no es el final.

 

    Ante sus ojos se presentan los contornos de lo que fue una guarida, o silo, puede que catacumba. Tantea las paredes con angustia, buscando una escapatoria. Encuentra dos orificios, de dimensiones semejantes al que acaba de dejar. Tal vez sea ya tarde. Siente cómo desfallece de nuevo. Se sienta, abrumado. Crujen huesos debajo.

 

    El esqueleto es humano. Otro prófugo, quizá. No parece, desde luego, la mejor señal. Nota simpatía instintiva hacia el posible camarada de fatigas y humillaciones. Hasta podría tratarse del gallego de la celda contigua al que escuchaba cantar tonadillas tabernarias. O del moro Tariq, con el que llegó a jugar al ajedrez a voces. Quizá lleva aquí siglos. Tanto da. No le parece mal lugar ni ingrata compañía con la que perecer. Al menos, el paisaje de aquella gruta recóndita difiere levemente del que ha contemplado las últimas miles de jornadas.

 

    Se recuesta a su lado. Los pocos jirones de la vestimenta no aclaran demasiado su procedencia. ¿Hay sangre? Sí, eso es. Pero nota algo extraño. Da la impresión de que hubiera querido dibujar algo con ella. ¿Qué es esto? Puede tratarse de un mensaje. ¡Aquel desdichado había escrito con su sangre en la ropa!

 

    ¿Cuánto lleva sin leer? Más tiempo aún que el de su encierro. El ejército no es un jardín para el cultivo del espíritu. La mente intenta regresar a las lecciones de su añorada Agustina, esposa de don Fadrique Yáñez, señor de la casa donde servía su madre. Generosa e ilustrada dama. Le enseñó a juntar letras, sumar números, e incluso a amar a las mujeres. El perfume de sus pechos vuelve a asaltarle con claridad y viveza embriagadoras. Recupera de súbito toda su ambición por la libertad. Fuerza sus ojos gastados y con no poca dificultad, consigue interpretar.

 

                                        arriba muerte         

                                       

                                        busca abajo

   

    Sonríe. Seguirá batallando. Hasta que la bandera caiga, y aun después. Por la memoria del desconocido, y por la suya propia, que le ha traído hasta aquí.

 

    Ata el trozo de tela en la famélica muñeca. No sabe por qué. Palpa ambas aberturas, elige la correcta y vuelve a penetrar en la tierra.