El hechizo
Carolina M. Toro


Con la primera bocanada de humo se acordó de Fito. De aquel martes en que con  tanta formalidad le pidió un momento a solas. Que la llevó a una calle solitaria y mientras la abrazaba, usó todos los eufemismos que pudo para decirle al final sin misericordia que desde el jueves pasado vivía con Lorena.

Una cabecita pequeña zumbó dentro de la cabeza de Ana mientras lo escuchaba. La noticia le oprimió fuerte la boca del estómago; y esperó sin éxito, que se le detuviera el corazón en un desmayo fatal para que él se sintiera culpable y se rindiera arrepentido. Quiso maldecirlo, pegarle, decirle que era un estúpido; pero no dijo nada.  Las lágrimas se le juntaron en la garganta. 

Caminó dos cuadras para tomar el autobús, sin advertir el morbo de la gente intrigada por su nariz y ojos escurriendo. Siguió llorando toda la semana.  Mientras veía televisión, durante el baño, en la lectura de la tarde, mientras comía.  Y en la escuela, donde nadie creyó que la hinchazón de sus ojos era debida a varios días de insomnio, lloraba como para adentro.

Una tarde, en que Ana revivía con un gozo secreto los dolores del abandono, su amiga Rebeca la invitó a pasar el resto del día en su casa.  Aprovechando que estaban solas, hablaron abiertamente de la situación.  Ana bebía cerveza y lloraba detallando poéticamente su abandono. Rebeca hablaba despacio, con un brillo insólito en sus grandes ojos de venado que mantenía muy abiertos y progresivamente convertida en bruja por las propiedades del peyote.

- Cuando piensas mucho en alguien, esa persona piensa en ti.  Puedes atraer a quien tú quieras con una vela o  con agua o con el hechizo del cigarro.

Así que esa misma noche Ana compró una cajetilla de cigarros mentolados y comenzó a ensayar.  Se llenaba de humo los cachetes aunque no supiera si tragarlo o sacarlo, imitando los aspavientos de Rebeca.  Lo intentaba con un cigarro o dos por día y esperaba la noche en que la luna nueva provocara el regreso de su amor.

Cuando llegó la luna nueva, escribió sus nombres con tinta roja y comenzó después de las once de la noche . . . Así como este cigarro se consume. . . estaba recién bañada, con ropa limpia, viendo hacia el norte como Rebeca le indicó. . . te consumirás de amor por mí Rodolfo. . . imaginando siempre lo que deseaba conseguir, pensando en él y repitiendo el conjuro veintiún veces. . . Así como este cigarro se consume te consumirás de amor por mí Rodolfo. . . dejó consumir  el cigarro a la luz de la luna y luego lo enterró en una maceta. 

Para Fito, Ana no era la primera ni la última ni la más importante, pero la recordaba siempre.  A veces despertaba de madrugada y la recordaba sin extrañarla, seguía despierto pensando en ella hasta que Lorena, con el cuerpo pesado se daba vuelta para descansar del sueño en el otro costado.  Entonces la abrazaba para seguir durmiendo.

Ana lo invocaba siempre, fumando ya sin escribir el nombre, sin esperar la luna nueva.  Por eso creyó que era su imaginación cuando vio que su pensamiento tomó una forma muy definida, la forma de Rodolfo, saludándola con su sonrisa metálica.

Se veía desencajado, llevaba varios días sin dormir, estaba más flaco.  Tomó la mano de Ana y comenzó a hablar en tono suplicante, Anita te quiero ya no aguanto a esa pinche vieja, me hostiga, me harta, yo sólo pienso en ti no puedo ni dormir, soy un pendejo, perdóname, vámonos tú y yo, volvemos a empezar.  Las palabras de Rodolfo fueron para Ana un torbellino de sorpresa que removió muchos recuerdos.  Sintió el despertar de las hormigas que tenemos todos habitando en el plexo solar.  Primero como un consquilleo de emoción, después en una marcha violenta.  Sin notarlo frotaba nerviosa los dedos de una mano, su corazón latía más fuerte, sintió ruborizar su cara, la voz se le puso más grave.  Se tomó unos segundos para tragar saliva y decir ¿de veras Fito, juntos?, lo abrazó, le acarició el cuello con los labios y sin dejar de apretarse a su cuerpo siguió con besitos en el oído, se le ocurrió pasar su lengua húmeda pero en vez de eso sin pensarlo demasiado le soltó una mordida dolorosa y aunque Fito gritó, no lo soltó hasta que el sabor a hierro se distribuyó en su boca, ¿olvidar todo después de tanto tiempo?, vete a la chingada, con tu propuesta de romance a destiempo.

Fito trataba de calmarla, pero acabó alejándose aturdido, con la sangre chorreando por el cuello.

Ana se quedó temblando.  Encendió un cigarro y enseguida se volvió a acordar de Fito, de su historia. Con la segunda bocanada volvió a quedar entera. El cigarro, que antes representaba un desahogo inútil, alcanzaba esa noche de luna un nuevo significado.