Cine
Carlos Almira


Hace poco recuperé una afición de mi juventud: ir al Cine. En el momento que escribo esto he cumplido cincuenta y seis años.

A partir de los cincuenta los hijos suelen tener su vida o, al menos, darte otra clase de problemas. Cuando María y yo nos casamos, allá por los sesenta, aún no se estilaba en España esperar hasta la treintena para tener el primer hijo: en efecto, César, que es mi nombre también, nació al primer año de nuestro matrimonio; luego vino Marta en el segundo, como mi mujer y mi suegra, María Marta; y ahí decidimos parar.

Los hijos son una bendición pero te atan más que otra cosa: los nuestros en concreto fueron inquietos hasta la adolescencia, cada uno a su manera; César era un chico sanote, robusto, que nunca enfermaba pero que poseía energía suficiente para agotar a un regimiento; en cuanto a María Marta, era todo lo contrario: enclenque, flacucha, siempre enferma y adormilada, con el sueño ligero de los pájaros; nos dio malas noches sin tregua, hasta el punto de que cuando al fin se acostumbró a dormir sola y de un tirón, tuve que hacer una cura de sueño.

Anécdotas aparte, tanto uno como otro han sido buenos chicos, a su manera, guapos y, lo que es más raro en estos días, aplicados y responsables.

Pues bien, cuando hará un año se casó por fin César (su hermana ya esperaba su segundo hijo), me sentí traicionado, perdido. María, mi mujer, empezó a ejercer con fervor de abuela con su primer nieto; y de repente me vi solo, en la casa de súbito silenciosa, enorme, y tristona, como poblada de fantasmas. Me dediqué a bostezar; a picar; a leer bet sellers tumbado en el sofá; a ver  televisión; y, en fin, a dar paseos por el barrio, sin rumbo.

Un día, como si despertara bruscamente de un sueño, me encontré de pronto en medio de un grupo de abuelos contemplando, entre comentarios enjundiosos, embebido, cómo hacían una zanja con una excavadora que parecía de juguete. Un escalofrío me recorrió la espalda hasta la nuca. Me alejé a rápidas zancadas.

Iba huyendo cuando, al tropezar con algo y dar un traspié en un escalón, me di de bruces con el viejo Cinema Apolo, recién remodelado para pasar además de películas, obras de teatro, y musicales. Sin pensármelo dos veces, era media tarde de un día  otoñal, me puse a la cola. Y entré.

De inmediato, la película acababa de empezar, me envolvió el olor, la oscuridad, y el rumor del Cine; me sentí transportado por la oscuridad, el zumbido del proyector, el bisbiseo del público que abarrotaba la coqueta sala, a una época remota y olvidada. El acomodador que me precedía, de uniforme, haciendo parpadear su linterna entre las butacas, me condujo hasta la primera fila. No quedaban más asientos. Pasaban el último éxito americano de aquellas navidades. No me importaba. Cerré los ojos y, ajeno a la película, me entregué a mis recuerdos.  

Cuando las luces volvieron a encenderse y la pantalla quedó en blanco, ya sin letreros, la mitad del público había salido. Acababa la música. Me levanté, aún embriagado con el olor del sueño, y corrí a la calle donde llovía con fuerza, entre ráfagas desagradables.

Al día siguiente busqué en el periódico las películas que pasaban esa semana. Antes de conocer a María yo había querido ser fotógrafo, guionista, e incluso director de cine. Y cuando empecé a trabajar, antes de hacerme profesor, y ya éramos novios, ahorraba para ir todos los fines de semana con ella al menos a un pase del Apolo o el Central, donde daban James Bond, Hichkok, o incluso Bergman, que a mí me aburría pero estudiaba con devoción. Entonces apenas había dos o tres libros sobre cine en la única Biblioteca de la ciudad, y ya me los sabía de memoria, pero seguía pidiéndolos. Y creo que era el único, porque siempre llevaban la última fecha de mi devolución.

A María el cine francamente le aburría, salvo algunas novedades, y las películas de época. Pero, como éramos novios, se sacrificaba por mí, como yo me sacrificaba en otras cosas. Yo ya nunca le hablada de mis sueños con el cine, que ya sólo eran absurdos; y así cediendo el uno y el otro, íbamos acoplándonos: ella venía al cine y yo bajaba a la playa en nuestro simca, algo que nunca me gustó, o la llevaba al campo, a un merendero lleno de ruido y moscas.

Hasta que nos casamos y nacieron los chicos.

-¿qué lees, César?

-las funciones de hoy.

-bueno, yo me voy.

María Marta estaba a punto de cumplir, y ella se pasaba prácticamente el día cuidándola. A veces incluso se quedaba a comer. Se llevaba muy bien con nuestro yerno, que se parece a César. Sólo venía a dormir. Yo me acuesto temprano, pero tardo en coger el sueño, y la escuchaba llegar, girar la llave, entrar al baño y luego a la cocina, sin hacer ruido. Cuando desayunábamos juntos, me reprochaba no ir a ver a mi nieto con más frecuencia.

Aquel día, sin embargo, debió verme distinto, porque no dijo nada, y yo creo que se fue intrigada.

Yo acababa de descubrir el Cine Forum Universitario, donde pasaban películas antiguas y de mi época. Subrayé dos. Recorté los horarios. Quedaba cerca de casa, al otro lado del Parque de la Constitución. Si María no venía a comer, me quedaba tiempo incluso para echarme la siesta. Era uno de los días que salía temprano del Instituto.

Esta vez el cielo resplandecía azul, con ese aire transparente y lavado que deja a veces la lluvia. Había estado lloviendo toda la noche. De repente me vi andando con paso ágil, rápido, y alegre, como hacía tiempo que no caminaba, y a buen ritmo llegué al Instituto. Aquella tarde pasaban El Halcón Maltés, con Humprhey Bogart y al día siguiente, El Sueño Eterno.

De regreso, di un rodeo para pasar por la Biblioteca nueva. ¡Había más de cien títulos, sólo de Historia y Teoría del Cine! Saqué uno con mi carné de profesor, sobre cine japonés, que es una de mis lagunas más importantes, porque en mi época no pasaban esas películas. Y me alejé silbando, volteando el brazo con la cartera llena de papeles.

Al cruzar el parque vi a los viejecitos de la víspera, que contemplaban aún la abertura de la zanja, y se me ocurrió la fantasía de si no se habrían movido de allí desde aquella tarde. Algún día yo sería como ellos. O tal vez ya no.

Nada más abrir la puerta sonó el teléfono. Era la voz de César, invitándome a comer. Me puse tan nervioso que casi derribo el jarroncito chino de la consola. Al final, conseguí ponerle una excusa convincente. Nada más colgarle, llamó María para decir que no venía, y preguntarme si podía recogerla a la noche. Le dije que sí, y me tumbé en el sofá (aún era pronto para comer), y me enfrasqué en la lectura.

Ahora el silencio y la quietud de la casa me envolvían, sin agobiarme, como un anticipo de la sala del Cine. Hojeaba las fotografías de aquellas películas exóticas, en blanco y negro.

Luego comí deprisa, sumariamente. Me puse el despertador con media hora para atravesar el parque hasta la Universidad, y me acosté muerto de sueño porque la lluvia de la noche me había desvelado, y la lectura.

A las cinco menos diez me desperté; me vestí; tomé un bocado; y salí rumbo al Cine.

En la taquilla desierta flotaba ya una ligera penumbra. Otra vez los nubarrones comenzaban a armar su atalaje sobre las azoteas. Saqué mi entrada y esperé a que se abriera la puerta.

Aparte de mí, de una parejita y un señor solitario, de edad indefinible, no había nadie más. Junto a la puerta, tras una mampara acristalada, estaba el viejo cartelón en blanco y negro, con Bogart abrazando a Ava Gardner, y la estatuilla del halcón maltés al fondo, de un color ferruginoso. Debajo había algunos fotogramas, todos ellos inolvidables.

En tiempos, yo me sabía fragmentos enteros de películas. Intenté recordar alguno, pero comprobé que las lagunas habían espaciado tanto los diálogos, ya borrosos, que estos se habían vuelto absurdos.

Entretanto se abrió la puerta, justo cuando empezaba a gotear y soplaba un aire húmedo y frío. Me subí el abrigo y me froté las manos. Detrás de mí había llegado más gente, y comenzaba a oscurecer.

Nada más acomodarme, apagaron la luces más próximas a la pantalla. La sala, bastante pequeña, se sumió en la penumbra. No había lleno, y apenas se oía un zumbido. Al fin, apagaron todas las luces, y empezaron a aparecer los nombres de los actores, parpadeando entre la música.

Me arrellané, encajé los brazos en la butaca, y entorné los párpados. Esta vez había escogido un asiento en el centro de la sala. De súbito apareció la escena en que Sam Spade lía un cigarrillo, los pies sobre la mesa, y aparece su secretaria anunciándole la llegada de una mujer.

Los diálogos, la interpretación, la música, y las voces, me sumieron en un estado de ensueño. De repente abrí los ojos: la ausencia del rumor del público, enhebrado de frases y roces en la oscuridad; del ir y venir del acomodador; del vendedor de refrescos; en fin, del olor a cerrado y a trapo viejo de los cines, me golpeó como una sospecha, casi una certeza angustiosa.

El día anterior yo había estado en el Apolo, no viendo una película, que no me interesaba, sino reviviendo viejos tiempos; ahora, en cambio, estaba solo en una sala pequeña y medio vacía, que no olía a nada, viendo una película vieja, que además me sabía de memoria. Los fotogramas se sucedían sin hilación, monótonos, incoloros, y distantes, como al otro lado de un abismo.

Alguien rió en la oscuridad.

Antes de que pudiera recuperarme y recobrar la atención, sonó la música del final, y Bogart, magnífico como siempre, dijo tomando la estatuilla de plomo del Halcón, aquellas palabras inolvidables: “El material del que están hechos los sueños”, mientras yo ahogaba un último bostezo.

Llovía a cántaros. Crucé el parque, derecho a la parada de taxis. Pocos días después nació mi segundo nieto.