La elección
Manuel Trigo


Relato finalista en el IV Certamen Literario de la Cadena SER Madrid Sur “Libertad de SER; De Goya a 2008″

 

NALMEU GROIT

LE MONDE, PARIS. 19 de noviembre de 2008

Los asiduos de “Le Monde” sabrán que mi columna siempre se nutre de polémica sobre las noticias de actualidad. Sin embargo, esta vez me desplazaré al pasado.

He tenido la suerte de ser invitado por unos amigos a pasar el fin de semana en el maravilloso pueblecito de La Bérarde, al final de uno de los recónditos valles alpinos que trepan hacia las cumbres desde Grenoble. Tras unas caminatas por los glaciares del Parc National des Ecrins, nos licoreamos para salir de un frío que no teníamos (cualquier excusa es buena). Y en el apogeo de la etapa de ensalzamiento de la amistad me confesaron su secreto.

De una caja metálica nueva sacaron un pequeño cofre de madera ennegrecida por los años y pusieron en mis manos las cartas originales que un militar de primeros del siglo XIX envió a su mujer. Los vapores etílicos se disiparon de inmediato y pasé toda la noche leyéndolas.

Ella se encontraba en Paris mientras él se ocupaba de anexionar la Péninsule Iberíque al Imperio mediante el ardid del Tratado de Fontainebleau de 1807. Ya desde las primeras misivas comprendí a aquél hombre, que había celebrado cada uno de sus ascensos mientras se encontraba en su tierra natal, recibiendo mejoras económicas y prestigio social. Luego, enviado a la guerra, se vio en el deber de desempeñar el papel que se le había encomendado, y cada carta escrita a su amada rezumaba  arrepentimiento. Descubrió tarde que el rol le quedaba grande, que no todo el mundo está capacitado para ser cruel.

De entre todas las cartas me impresionó mucho una en la que narraba a su esposa un insignificante capítulo de nuestra Historia, de esos que nos suena haber estudiado de pequeños en la escuela, pero que tenemos totalmente olvidados. Sin embargo, fue decisivo en la suya propia. Parece ser que durante la conquista de Espagne, hubo una revuelta en Madrid, justo cuando su rey se encontraba en Bayonne, negociando la abdicación para la adhesión pacífica al Imperio. Aplacada la rebelión, nuestro militar debía aplicar la justicia a los cabecillas y a todos los prisioneros. Lo aconsejado en la situación era el ajusticiamiento público. Un fusilamiento masivo para dar escarmiento, pues nadie podía osar levantarse contra France. Pero mejor no continúo. Sépanlo ustedes de su propio y más íntimo punto de vista:

“Cariño, ¿dónde estás ahora cuando más te necesito? Desde que Joachim se empeñó en que yo era la persona adecuada para ser ascendido a general y acompañarle a Espagne, y las leguas me separaron de ti, de ese pequeño André, de nuestra casa, me he estado  arrepintiendo de mi decisión. Si me hubiera ocupado de la granja de tu padre… Si Joachim no nos hubiese engatusado con este uniforme que tan bonito nos pareció… Con la soldada que nos permitió vivir a todo lujo mientras estuvimos juntos… Si  al menos me hubiese conformado con continuar en el Cuartel de Paris sin ascender a general…

Hoy ha sido un día duro y me he visto en una circunstancia delicada. No sé que hubiese decidido de haber sabido que a la noche, al regresar a mis aposentos, hubieses estado tú para consolarme por haber tomado una decisión tan dura, para decirme que había hecho lo correcto, pero sabía que al llegar al lecho lo encontraría frío y vacío. Y sin tu calor, mi amor, soy débil. Soy muy débil.

He tenido que desempeñar la parte más dura de mi cargo. La otra mañana ha habido una gran revuelta aquí y Joachim la ha aplacado con extrema crueldad. Como los ánimos ya estaban muy tensos, las gentes de la ciudad han reaccionado rebelándose, ayudados por un grupo de militares armados. Hemos sufrido muchas bajas, cerca de mil entre muertos y heridos. Aunque ellos han salido peor. Les hemos masacrado durante la batalla.

Joachim ha resultado herido durante la insurrección. Una posta se coló por la ventana del palacio desde el que observaba la batalla y le dio en el cuello, con tan mala suerte de que la herida no fue suficiente para causarle una muerte inmediata. Habría sufrido menos y habría provocado menos problemas a los demás. Antes de morir lanzó un edicto. “Serán arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas”. Sé que te caía bien, pero el maldito Joachim Murat se podría haber ido al infierno antes de dar la orden; o mejor aún, antes de masacrar a los rebeldes. Ay, amor mío, ya que ha tenido que morir, ojalá lo hubiese hecho mucho tiempo antes,  antes de que me llevase tan lejos de ti.

El siguiente al mando hubiese sido el General Grouchy, creo que no le conoces, pero se encontraba indispuesto y me convertí en la máxima autoridad, responsable de cumplir con el decreto, y para mi desgracia, cogimos muchos prisioneros.

¡Carguen! Ordené, y mis hombres cargaron.

Los reos no me miraban a mí, sino la preparación de las armas, sus instrumentos de muerte.

¡Apunten! Ordené, y los arcabuces se acercaron a sus corazones.

Ya te he contado en otras ocasiones que he tenido que matar muchos hombres, y que a mí me han herido varias veces, pero aquellos hombres ya no se encontraban en un campo de batalla. Se enfrentaban a una muerte inesquivable y cada uno lo hacía de un modo diferente. Algunos temblaban y gimoteaban, otros la asumían sacando pecho en un intento de aparentar valentía, pero en todos ellos se transparentaba el terror a través de sus ojos. Habían dejado de ser militares, de profesión o improvisados por las circunstancias, y se habían convertido de repente en hombres sencillos, que simplemente habían luchado para conservar lo que siempre había sido suyo.

Ya sabes, mi amor, que nunca estuve de acuerdo con esta invasión, que sólo cumplía órdenes. Y aquellos ojos temerosos terminaron de abrir los míos. Entonces tomé la decisión más equivocada que un militar puede tomar, pero la que hubiese tomado el joven alegre del que te enamoraste y con el que te desposaste.

No quise abrir la boca para evitar el disparo fortuito de alguno de mis arcabuceros, de modo que di unos pasos y me interpuse entre ellos y los insurrectos.

-Bajad las armas -susurré, y les ordené que enviasen emisarios a detener las demás ejecuciones que se iban a producir en breve por toda la ciudad.

-¡¿Teméis a la muerte?! -Grité procurando que me oyesen todos los que se habían acercado a contemplar la ejecución-. ¡¿Teméis el dolor de las balas atravesando vuestros pechos?! ¡¿Teméis que vuestro disparo no sea certero y tardéis en morir?! ¡Pues eso es precisamente  lo que habéis hecho a mis hombres!

“Aunque ellos se han defendido bien y han causado más bajas en vosotros” -pensé-. “Ya debería estar todo pagado. O acaso también debería ejecutar a mis soldados por haber matado a sus compañeros en el campo de batalla”. No, definitivamente, aquello ya no era el campo de batalla.

-Vuestro rey se encuentra en Bayonne tomando decisiones -continué-. No debíais haber tomado esta por vuestra cuenta. Pero os entiendo. Teméis uniros a France porque el miedo a lo desconocido es natural. Por eso decido la siguiente condena: Ahora entraréis en prisión, aunque el tiempo que estéis presos dependerá de vosotros mismos. Cuando dominéis bien la lengua francesa podréis salir. Luego seréis enviados a conocer mi patria. Y cuando regreséis contaréis a todo el mundo las maravillas que allí contempléis.

No sé cómo se me ha ocurrido semejante muestra de flaqueza, pero ya la he pronunciado en voz alta y no cabe marcha atrás, de modo que esos pobres desgraciados han salvado su vida. Pero Grouchy ha regresado al mundo de los vivos desde el de los vinos y ha iniciado trámites en contra mía: Me ha invitado a mantenerme al margen y estoy bajo vigilancia hasta que José o Napoleón decidan sobre mi futuro. Tendré suerte si se conforman con expulsarme del ejército”.

La carta continúa con temas más íntimos. Luego, hay otras. No se preocupen por nuestro general, cuyo nombre omito a petición de mis amigos, pues en una de las misivas posteriores viene a indicar que su castigo fue una simple degradación, pero él decidió causar baja voluntaria y su nombre no apareció jamás en los libros de Historia. La pequeña granja de sus suegros estaba en La Bérarde.

Ahora propongo una ridícula reflexión, un ejercicio de ucronía. Supongamos por un instante que la Historia hubiese tomado otros derroteros, ya no porque el General Murat no hubiese sido herido en el cuello, ni por que el General Grouchy no hubiese empapado sus galones en alcohol, sino por una sencilla decisión. Demos en esta ocasión todo el protagonismo a nuestro protagonista y preguntémonos qué hubiese pasado si hubiese hecho lo que Napoleón esperaba de él.

Hoy sabemos que los soldados de l’Espagne que combatieron a nuestro lado posteriormente destacaron por su gallardía, por su orgullo y por su arrojo en los campos de batalla; donde nos ayudaron a anexionarnos las Provincias Ilirias, toda Prusse y el resto de la Terre Germaine, occidente de Russie, y todo el noroeste de Afrique.

Imaginemos por un instante que la fiereza que dedicaron los soldados de l’Espagne a cada uno de los enemigos que batieron, la hubiesen empleado contra nosotros. Sinceramente, creo que si aquella tarde de mayo de 1808 nuestro protagonista hubiese tomado la decisión contraria, si se hubiesen apretado las palancas de los arcabuces, si las piedras hubiesen lanzado sus chispas sobre la pólvora de las cazoletas, si una sola voluta de humos sulfurosos hubiese venido a colmar un aire que ya estaba al borde de la saturación, lejos de escarmentar a todos aquellos que pudiesen conservar en su cabeza alguna otra idea de rebelión, les hubiese enardecido contra nosotros y provocado una reacción en cadena extensible al resto de Espagne.

Me cuesta imaginar a esas gentes encolerizadas contra nosotros. Sigamos desarrollando la ucronía y supongamos por un momento que el fusilamiento masivo hubiese levantado a las gentes de Madrid y de todos aquellos lugares a los que hubiese llegado la noticia de la masacre. Sigamos haciendo un esfuerzo e imaginemos, por difícil que sea, que Espagne nos hubiese enviado de vuelta a casa. Quizás France no sólo se habría quedado sin anexionarse la Péninsule Ibérique. Es posible que tampoco hubiésemos podido unir al Imperio el resto de países, cuyas batallas se ganaron gracias a su colaboración como aliados. Perdida la guerra en Espagne, nuestras tropas habrían quedado no sólo debilitadas, sino desprestigiadas; y el resto de regiones, incluso las ya ganadas, se podría haber envalentonado también contra nosotros. France podría haber retrocedido sus fronteras hasta los lugares donde se encontraban antes de la expansión napoleónica.

Y aquí viene el objetivo de este ejercicio y vuelvo a ser yo, aportando polémicos enfoques. Si todos ustedes hubiesen nacido en una France modesta, sería la pequeña France que ustedes hubiesen conocido siempre. Una France a la que no sobraría ni faltaría nada, pues para ustedes, siempre habría sido así. No nos molestaría entonces que todos esos territorios anduviesen reclamando ahora cierta autonomía, incluso la independencia. No les molestaría perder el norte de Afrique porque nunca habría sido francés. No echaríamos de menos las regiones germánicas, ni las eslavas, ni las bálticas. No nos estaríamos cuestionando sobre la independencia de griegos, turcos, chipriotas o egipcios. Pues todos ustedes habrían crecido sin considerarlos parte de nuestra patria.

He pensado mucho al respecto y creo que yo seguiría viviendo igual si dejásemos ir a todos los territorios conquistados por los antepasados de nuestro Louis Bonaparte, pues en última instancia, Paris seguiría siendo France y estaría gobernada por su impecable gestión. Son ellos en realidad los que me preocupan, pues dudo mucho que  el departamento de Espagne, el Aire Balkanique o la Terre Germaine, se segregasen como países únicos. Y me entristece pensar que se descuartizarían entre ellos y se producirían nuevas guerras de fronteras, que bien podrían ser internas y localizadas o desencadenar una guerra paneuropea, o quizás en una primera guerra a nivel mundial.

De todos modos, si tal situación de caos terminase según mis temores, confío en que los tiros no lleguen a mi apartamento de Paris. Ellos allá. Si nuestro militar consideró que tenía derecho a tomar su decisión libremente, ¿quién soy yo para negar ese derecho a todas esas tierras que lo reclaman ahora, dos siglos más tarde?

Como siempre, doy pros y contras, defiendo una y otra postura, y al final, me mantengo al margen. Ahora son ustedes quienes deciden qué es ético y qué no. Nos vemos en nalmeugroit.blog.lemonde.fr.

Nalmeu Groit

Manuel Trigo