Eutanasia
Elena Ortiz Muņiz



Llevabas tiempo enfermo, se te notaba. Jamás fuiste lo suficientemente fuerte, tal vez la causa de tu mal la ocasionó esa fragilidad que te ha caracterizado o quizás la sucesión de acontecimientos que nos han llenado de dudas, incertidumbre, estrés y tristeza. Si, ese es el término: tristeza. Me pregunto si era posible evitar de algún modo la penosa situación por la que atraviesas ahora, sumido en un doloroso y callado paréntesis que te mantiene al margen de  la existencia, como una presencia muda, sin sueños...en espera.

 

Veo pasar los días en el calendario, uno detrás del otro, quisiera que el tiempo se detuviera también para mi, ser tu acompañante en ese espacio suspendido en donde no hay cabida para el pasado, el presente o el futuro, simplemente permaneciendo, sin recuerdos, anhelos o deseos. La frustración se apodera de mi entonces, casi sin sentirlo, murmuro quedamente: "no nos dejes  por favor".

 

Llevas ya tanto tiempo en estado de coma. Durante las noches aún extiendo mi mano buscando tu presencia bajo las sábanas, más, solo encuentro soledad en medio de ese punto indiferente y frío en donde la pasión tiene varios meses de no tocar a la puerta, permaneciendo como tú, ausente e inmóvil, falleciendo sin morir del todo.

 

Puedo sentir el compás de tu respiración artificial. Tu permanencia  depende de tantas cosas inherentes a ti y a mi. Me duele saber que no tienes movimiento, tu voz ha enmudecido, los latidos son registrados con precisión pero ya no dicen nada, no transmiten sentimiento alguno, tan solo representan el consuelo de  saberte todavía aquí, aunque sea una falacia.

 

De pronto, quisiera gritarte, ordenarte que reacciones, que despiertes y vuelvas a nuestro lado. Pero me contengo, sé que no puedes hacer nada, siento que las fuerzas se me han agotado, estoy anestesiada igual que tú con la diferencia de que yo si siento el dolor sofocando mi pecho cada vez que intento respirar.

 

A pesar de todo, acudo cada día a tu lado, te pongo al corriente de los sucesos  del mundo, el país, la región, nuestro refugio...mi corazón. Sé que me escuchas aunque parezca que no es así. Trato de no darme por vencida. Busco y rebusco detalles distintos cada vez, decoro la habitación con fotografías nuestras para ver si así recuerdas y te animas a regresar, escribo cartas que te leo en voz alta describiendo nuestra historia, te hablo de esa soledad y pesadumbre que me invadirá sin compasión si te vas para siempre, cuido mi apariencia al detalle para verme bien por si me vuelve a mirar, trato de hacer el amor aunque ya no sienta sus manos, aun  cuando sus labios no me digan nada, sus ojos están velados ya no me miran ni me reflejo en ellos, cepillo mi cabello con firmeza para revitalizarlo mientras trato de encontrar sin suerte la manera de activarte, colmo de flores el entorno para que su  aroma  inunde tus pulmones y permito entrar por la ventana a los rayos del sol para que entibien tu piel...su piel.

 

Alguna vez, me pareció descubrir una leve sonrisa en sus labios, me llené de esperanzas. Las horas siguientes las pasé inventando y reinventando las mil maneras en que te daría la bienvenida cuando retornaras a la vida...a mi vida. Luego, los minutos crueles, las horas insoslayables, los días que con impiedad  asesinan las ilusiones casi tan pronto como brotan arrojándome al rostro la realidad apabullante, pesada y atroz de tu inconciencia.

 

Me aferro a aquel rostro, fotografío en mi mente las líneas de expresión, la forma de los ojos, la perfección de la nariz, la carnosidad de los labios. Tomo entre mis manos la suya esperando que en cualquier momento las aprisione protegiéndome como cuando caminábamos a tu lado creyendo en lo eterno. ¿por qué no resucitas?

 

¿Existirá acaso la eternidad? En tu caso, no fue así. Te encuentras suspendido entre la vida y la muerte sin retornar del todo y sin irte de una vez. "No te mueras" me escucho nuevamente decir. Mi suplica rebota en las paredes golpeándome el rostro con impiedad mientras las lágrimas van dejando tras de si un sendero salado y húmedo que me hacen conciente de mi cada vez más agria y banal existencia .

 

Esta mañana desperté con la certeza de que no volverás. Nada cambia, no mejoras, absolutamente todo sigue igual...todo menos yo. No soporto más esta situación, con el dolor contenido de tantas semanas a punto de estallar en mi interior escucho mi voz implorando:

 

-Muérete de una vez por favor.

 

Aún estamos recostados en la cama, me vuelvo con suavidad, acarició su cabello por última vez, beso sus labios con resignación. Agradezco tu sacrificio de permanecer a pesar de estar listo para volar en busca de nuevos horizontes, no obstante, estás aún aquí como un cadáver viviente pudriéndose a la intemperie sin que una mano compasiva acierte a enterrarlo para dejarlo descansar en paz.

 

Hace tanto tiempo que te fuiste de mi lado. No me refiero a este momento de pasividad física que te atacó, sino antes, cuando tu espíritu se difuminó,  no te estoy culpando de nada, ¿cómo hacerlo? si trajiste tantos sentimientos nuevos a mi, algunos ya conocidos, otros que reinventaste, locuras que me hicieron reír. Gracias a ti me sentí feliz durante tanto tiempo. Yo fui la culpable...nosotros...dejamos de alimentarte, permitimos que la rutina te envolviera apoderándose de ti, no pusimos cuidado y causamos con nuestro egoísmo esa enfermedad que ahora te mantiene postrado en esa cama agonizando, encadenado a un lugar en el que ya nada tienes qué hacer.

 

Hoy, ha llegado el momento de decirte adiós. Con las tijeras invisibles de la resignación corto el lazo que te aprisiona en esa zona intermedia entre la vida y la muerte. Eres libre...Sé feliz.

 

Él y yo, nos miramos a los ojos con tristeza, las lágrimas delatan nuestro fracaso. Abandono el lecho y comienzo a caminar sintiendo su mirada en mi espalda mientras tus despojos se quedan ahí. Me siento infeliz, pero liberada. Me despido de ti diciendo:

 

-Adiós amor fallecido. Merecías morir con dignidad.