Melissa Ardan Rojas
Historias del Panteón: "Amor del bueno"




Esta historia se trata de una mujer guapa, hermosa como pocas. Se llamaba Mercedes.

Esto ocurrió ya hace tiempo. Fue a principios de siglo casi, Mercedes tendría entonces 20 añitos, cuando conoció a este abogado, al quién le entregó su alma. En aquellos días, todo mundo quería dar su opinión y más si eran los parientes, aunque no les hubieran preguntado, eh! Siempre metían la cuchara, en todo. Y no iban a dejar de decir su opinión -si éste era el hombre correcto para ella o no. Y si la familia, no le daba el visto bueno, pobrecita. El caso es, que las tías de Mercedes,  no querían saber, de los amoríos de la sobrina, ni en broma. Y por muy bueno, que fuera el hombre y lo mucho que la quisiera,  "eso" no era lo más importante. Tenía que ser "conocido": «¿quién dices que es? - Nunca, he oído hablar de él, o su familia» ; le replicó una de las tías, frunciendo el ceño y levantando una ceja, en estilo de reproche. Como se había atrevido, esta niña, a fijarse en un abogado - desconocido. Eso es, lo que entonces se le llamaba: "Un Don Nadie". Así, que mejor, que fuera olvidándose, de ese joven -de al tiro- , porque no le iban a dar permiso, jamás. Y eso de llevar la contraria, no era bien visto. Ella podía contar, que deseaba esto o aquello, pero réplicas, ¡jamás! Y desde ahora la tendrían, como dicen por allá, "con el ojo al Cristo", es decir, que las tiítas, no le iban a desprender un ojo, ni en broma. ¡Ay, mamita, tiempos difíciles, los que le sobrevenían a Merceditas!. Las tormentas diarias eran suficientes, como para andar buscándole tres pies al gato.


Para ella sin embargo, él significaba uno de esos amores, como pocos...  ella lo consideraba como "Amor del bueno". Así se imaginaba el tierno cariño, que ella sintió por aquel joven abogado. Eran de esos cariños que no están en las manos de uno, que se realicen. Se lo lleva a uno, el viento a la fuerza, inesperadamente o bien, le arrebata una ola, para llevárselo mar adentro, para no devolverle vivo. La vida es sorprendente, todo llega a su tiempo y a veces uno no reconoce las oportunidades. Esta mujer tuvo un hijo, al que contemplaba y amaba. No le quedó más remedio, que "conformarse".  Y ahora ¿que iba a hacer con "ese amor y su fruto"?


Primero decidió irse el fin de semana a la casa del mar. No tenia deseos de ver, ni de oír a nadie. Menos mal, que podía desahogar sus sentimientos en la playa. En una de las montañas que forman el litoral, quedaba su casa. Desde el balcón, veía todas las puestas de sol, que se le antojasen. Tenía dos sillas y una mesa redonda, los libros sobre la mesa, una copa y su vino.

A ella le gustaba contarle sus tristezas a los caracoles y el mar la escuchaba y sin duda éste, guardaba más de un secreto en su vientre.


Y con la paciencia de una santa... hacia sus tías, se entiende, tuvieron que convivir juntas, yo no sé cuantos años  y el chico creció, hasta que llegó el día, en que ni modo, por cosas del destino, le había llegado a ella, su hora y tuvo que entregar su vida al creador. Mercedes tendría los 40 años y su hijo 19. Sufrió el chico naturalmente, la pérdida de su madre,  y a mí llegó esta historia hasta mí, de oídas.


Una vez, visitamos la tumba de Mercedes y el nieto de Mercedes, quien fue quien me contó la historia, me dice... "mira como es el destino", al lado de la tumba de mi abuela, está la tumba de aquel abogado, el padre de mi tata; que si más bien, no pudieron estar juntos en vida, ahora que ya murieron ambos, han encontrado su paz, uno junto al otro. Era "amor del bueno".