Más de cien verdades
Adrián Cuesta Calcerrada



La situación era tan incómoda como cuando se alargan las visitas.

Sentados en aquel bar, uno enfrente del otro, mi padre y yo habíamos prolongado aquel silencio tres o cuatro veces más de lo que permiten las normas sociales entre padre e hijo. Él no estaba ni iba a estar por la labor de hablar.

Solía decir que lo bueno de la vida era cuando alguien hablaba y decía cien verdades a la vez: que el resto de las conversaciones eran sólo mierda que servía para saber apreciar ese momento mágico.

Yo desde luego no tenía cien verdades en mi boca, y tampoco me apetecía, después de tanto tiempo, ponerme a escupir mierda sobre la mesa delante de mi padre.

Tampoco a mí me gustaba hablar en ese tipo de situaciones: si me descubría buscando en mi cabeza algún tema banal del que hablar, enseguida frenaba ese impulso. Pensaba que, si lo hacía, si decía alguna vulgaridad, alguna de esas frases que rellenan un hueco que pedía estar vacío, algo se habría roto entre nosotros. Las pocas veces que lo había hecho, casi había podido oír el sonido que hacen los vínculos al romperse.

Por fin él pidió la cuenta. No eran cien verdades pero al menos era una.

Yo ya no dije nada más.

Me fui, teniendo la sensación de que, si ese día no había escuchado ese sonido, era porque el vinculo entre mi padre y yo hacía tanto tiempo que se estaba desgastando, que apenas hizo ruido al romperse.