Desesperación
Carlos Almira



Antes de salir a la calle dispuesto a todo, Helmer (el nombre se lo había puesto él mismo en un arrebato de desesperación), consideró seriamente la posibilidad de romper el cuento y arrojarlo limpiamente por la ventana.

Hacía un día nublado, y el trozo de calle que se veía desde allí se alejaba limpiamente, bastante concurrido, por ser primera hora de la mañana, desapareciendo tras unos árboles, en una curva.

Helmer consideró despacio y con calma su situación, que podía resumirse de este modo: tras una semana de frenética búsqueda, no había logrado encontrar un solo lector para su último cuento.

La cuestión en sí, no era nueva ni grave; de sobra sabía que lo raro es encontrar lectores.  En efecto, Helmer había descubierto hacía mucho que no existen tales lectores; es cierto que una vez logró cierta notoriedad, y el público pareció interesarse por él, pero ni siquiera entonces cabía hablar de lectores, es decir: gentes que sin conocerte de nada, dejan al momento lo que están haciendo y se ponen a leer con interés (es decir, desinteresadamente) lo que tú has escrito; tales especimenes, si han existido alguna vez, hace mucho tiempo que han desaparecido de la faz de la Tierra, como los dinosaurios.

Por otra parte, aquella celebridad, a más de fugaz y engañosa, sólo le dejó un poso de amargura.

Esta vez sin embargo era distinta de las otras. ¿Y cuándo no? Helmer acababa de escribir su obra maestra. Y lo más gracioso de todo era que esta obra maestra consistía en un cuento de apenas dos páginas.

Ya a las pocas frases del final comenzó a sentir angustia, a temblarle la mano derecha, a sudar y a notar palpitaciones. Cuando al fin terminó el cuento felizmente, tuvo que tumbarse en la cama, bajo aquella misma ventana, y beber un vaso de agua; respiró hondo y miró hacia la calle. Luego de releerlo dos, tres veces, ya no le cupo duda: estaba ante una de las obras maestras del siglo XX, y sin duda ante la cima de su carrera literaria.

Y entonces ocurrió lo que debe haberse repetido tantas veces en ocasiones similares: a la euforia inicial, y al impulso irresistible de correr, saltar, gritar, reírse y golpearse contra los muebles y las paredes, sucedió una inesperada lasitud, como si de pronto le hubiesen aflojado los músculos y el cerebro. E inmediatamente, el abatimiento se trocó en angustia, y ésta en honda desesperación.             

Tras guardar con llave en un cajoncito las dos cuartillas garabateadas, volvió a sacarlas para hacer una, dos, tres, cuatro copias, hasta que acabó con todo el papel que le quedaba. Para entonces ya era de noche. La calle comenzaba a sumirse en la calma nocturna. Y Helmer comprendió que la única forma de salvar su tesoro era dándolo a conocer, y cuanto antes.

Cada día, cada minuto que pasara sin hacerlo, aunque fuese en una Caja Fuerte, en el lugar más seguro del mundo, correría el riesgo de perderlo para siempre, y él, Helmer Pérez, sería el único responsable de la catástrofe.

Así que había que encontrar un lector cuanto antes. Sin moverse de la ventana, ni siquiera encendió la lámpara, se quedó absorto uno o dos minutos contemplando la calle que, ya desierta, serpenteaba bajo la débil luz de las farolas.

De pronto acudió a su mente la imagen de su padre. Hacía meses que no hablaban. El orgullo y las diferencias, acrecentadas durante años, habían acabado separándolos y rompiendo toda relación entre ellos.

Sin embargo, en otro tiempo su padre, abogado y contable retirado, había puesto grandes esperanzas en él: claro que esperanzas que a Helmer Pérez no le satisfacían en absoluto, pero esperanzas al fin y al cabo. Y casualmente, vivía cerca de allí, a cinco minutos de su apartamento. Sólo a cinco minutos y hacía años que no se visitaban ni se hablaban, salvo cuando se cruzaban accidentalmente por la calle.

Guardó pues las tres copias en un cajón; cogió el original; se puso el abrigo; y corrió escaleras abajo.

Lo primero que lo sorprendió fue la lluvia menuda que tamborileaba aquí y allá, sumiendo la calle en un rumor dorado y melancólico. ¿Cuál era el número? Tras recorrer arriba y abajo varias manzanas, hasta el Parque Carusso, se detuvo ante el portal de una casona antigua, subió la escalinata, y golpeó la aldaba.

Dentro resonó el eco pero eso fue todo. La casa parecía deshabitada.

Presa de angustia, se internó en el parque bajo la lluvia que arreciaba poco a poco, con las dos cuartillas a buen recaudo, dobladas en el fondo del bolsillo, y se sentó en un banco bajo un sicomoro.

Allí repasó por enésima vez el cuento, que podía leerse en cinco minutos: era un texto claro, simple, directo, y conciso; sin retórica, y eficaz, que dejaba una huella indeleble en el alma.

En vano le buscó algún fallo, alguna imperfección que justificara el rehacerlo: la historia, sencilla, resplandecía desde la primera a la última palabra como el oro.

Finalmente, se impuso la cordura y volvió a enfilar la calle; subió al apartamento; se desembarazó del abrigo y la ropa y los zapatos empapados; se dio un baño caliente; comió algo; y se metió en la cama, con sensación de calentura.

Allí comenzó a dar vueltas, pero al cabo estaba tan cansado que se quedó dormido contra todo pronóstico. Cuando despertó el sol ya entraba bien alto por la ventana. Había olvidado bajar la persiana. Los restos de la cena improvisada y la ropa mal doblada en una silla, lo devolvieron bruscamente a la realidad.

Inmediatamente miró el cajón que contenía las cuartillas copiadas. Saltó de la cama, se vistió, y preparó un café en la hornilla.

Entretanto la calle se había llenado de gente: aquí y allá destellaba un charco con un trozo de cielo azul; los escasos árboles, alborotados de pájaros,  se hinchaban en el aire.

Cinco minutos después estaba de nuevo ante la casona. La aldaba resonó amortiguada por los ruidos diurnos. Entonces se percató de que las ventanas estaban cerradas; una gruesa cadena rematada en un candado aseguraba la puerta; sobre la escalinata cubierta de polvo aparecían sus huellas de la víspera; los ventanales de los pisos superiores, cerrados a cal y canto, no dejaban vislumbrar nada; no había macetas, ni jaulas, ni toldos desplegados.

Helmer Pérez estuvo un buen rato contemplando la casa deshabitada desde la acera opuesta; el tráfico ocupaba ya toda la calzada; hacía rato que las tiendas y los cafés estaban abiertos; y el parque Carusso, a su espalda, mostraba su resplandeciente verdor entre las cancelas.