Intriga de papel
Relato de Peter Hand



Lista para el viaje, afuera me esperaba el taxi que me llevaría al aeropuerto.

Revisé el buzón para recoger la última correspondencia y allí estaba la esquela de Rosaura. La letra era redonda, con trazos infantiles de alguien que parecía haber abandonado la práctica de la escritura después de la primaria. El contenido era sorprendente. Seguro que le había sido dictada ya que las palabras que usaba no encajaban con la impresión que despertaba la letra sobre sus cualidades intelectuales.

La carta, si es que se le puede llamar así a un papel común con membrete de oficina, escrita con tinta verde, decía:

Me hago garante de la trapisonda, la desanimo, la dehilacho ante vuestros ojos y, si he matado a la gobernadora, que San Pedro me la bendiga. Dios ha rabiado. Rosaura

Me apoyé sobre el pasamanos de la escalera, preocupada. Parecía la declaración de una asesina. No soy detective, tampoco policía y me sorprendió que me llegara a mí ese mensaje. Volví a mi presente al echar un vistazo a mi equipaje y decidí volver la esquelita al lugar de origen, mientras abandonaba con prisa el edificio.

El nombre Rosaura despertaba ecos de lecturas en mi memoria, razonaba mientras atravesábamos Buenos Aires. Si hubiese tenido el tiempo necesario hubiese intentado establecer una relación conmigo, urgando en mis apuntes. Pero tengo que tomar dentro de dos horas el avión que me llevará a Paris. Mis pensamientos ya están también en otro continente.

 

 

Durante la travesía intenté dormir, aunque sé que nunca puedo conseguirlo. Por eso tengo en mi equipaje de mano lectura liviana para pasar esas horas sin necesidad de enterar a mis vecinos del destino y motivos de mi viaje. Los que viajan por primera vez se reconocen en los gestos y las preguntas iniciales.

Después de la cena poco sustanciosa, me acomodé para recibir el rayo de luz sobre el librito que por su peso parecía insignificante.

Resultó ser una pequeña joya del arte editorial. Me sentí intranquila o quizá sea molesta la palabra justa, ante la poca posibilidad que tenía de imitarlo, dado lo precario de nuestras editoriales nacionales.

Comencé a leer “Die drei Leben des Michele Sparacino” que ya desde su ilustrada tapa “al viejo estilo”según aclaraban, el ilustrador Innocenti presentaba al personaje como un partisano de mirada asesina, pañuelo rojo al cuello, cuchillo en la diestra, pecho inflado de munición, escopeta al hombro. En el centro, un caballero que impone respeto: vestimenta cuidadosa, bigote prolijamente recortado, sombrero y finalmente un soldado, alguien que representa al estado italiano con sus colores e insignias.

La historia, en cuatro capítulos, llena de tragedia y comicidad, es una crítica al periodismo deshonesto que inventa hechos en lugar de investigarlos buscando la verdad y de una burocracia estancada en formalismos.

 

 

Abandoné la lectura en medio del Atlántico, cuando ya el trazado del recorrido que mostraba la pantalla me hizo ver como en una pesadilla el fondo del océano, silencioso pero lleno de vida de otro elemento. Sólo me faltaba la entrevista hecha al autor que cerraba la obra, lo que me obligaba a cambiar de ambiente. Para esos bruscos choques con otras realidades, como la del fondo del mar en mi imaginación, necesitaba una pausa de recogimiento y concentración.

Me entretuve viendo la película argentina premiada en Hollywood este mismo año. Bien construida, excelentes actores, aunque con ese toque sentimental que nos caracteriza. Quizá fue precisamente ese dosis de sentimentalidad la que impulsó al jurado a preferirla a La cinta blanca, donde la falta de emociones de los adultos busca otros canales más sórdidos como desahogo.

Estaba decidida a terminar el libro antes de mi llegada a Charles de Gaulle. Volví a tomarlo y a sorprenderme.

El autor cuenta que le ha ocurrido ya tres veces que argumentos de relatos suyos son casi idénticos a los de un escritor brasileño también actual. Entre ellos, el de un capitán que naufraga y se encuentra en compañía de un negro gigante en la balsa que será su salvación, si tuviesen la cantidad necesaria de alimentos. La sobrevivencia se juega a la suerte y el negro debe arrojarse al mar. Intimamente estoy convencida que el relato sirve a un paradigma colonizador y racista, pero “casualmente” esa tradición de historias marineras parecerían tan arraigadas en esa biblioteca universal de nuestro subconsciente que pueden “pescarlas” un hijo de esclavos brasileño y un originario de Agrigento, ciudad de marineros.

Pensé en el mensaje que había dejado en mi buzón porteño.

Justamente confiesa también el autor cuál es su plan de trabajo para los relatos criminales que escribe. Trabaja con una precisión matemática: 180 páginas, con 18 capítulos, cada uno con 20 páginas. Se entiende que esta contrucción rigurosa tiene que tener un transfondo teatral, ya que el autor también es dramaturgo y director teatral. ¡Claro! ¿Cómo no se me ocurrió antes? El texto que recibí es de Nieva, un autor español tan popular como el que estoy leyendo. ¿Qué relación hay con mi persona?

Por lo menos estaba segura que si tenía que resolver un enigma sería a través de la literatura, y con ella podía identificarme.

 

 

Ya en París, dormí hasta el anochecer en el hotel donde siempre me hospedo cuando me encuentro con el traductor de mi editorial. Este año viajaríamos juntos a la Feria del Libro en Francfort.

Cuando terminé de ducharme y me senté frente al espejo de la consola para maquillarme, encontré otra esquelita con la misma letra de la primera. Esto ya era más que misterioso.

La nota decía:

Morir es un arte como cualquier otro. Yo lo practico extraordinariamente bien. Evita

 

En mi actividad como agente literaria de novela policial y negra estoy habituada a lecturas donde ineludiblemente la muerte está presente. Pero esta novedad de que se mezcle con mi realidad donde no entran acertijos ni investigaciones ya comienza a preocuparme seriamente.

Mi metier son los negocios. Sobrevivir en el mundo editorial argentino es tarea de titanes desde la muerte de Franco. Hasta los años 70 teníamos nuestro propio lenguaje en los textos. O llegaban los eruditos mejicanos desde el Fondo de Cultura Económica. Es cierto que la diáspora hispana contribuyó a un nivel superior y un desarrollo de la lengua más cercano a la academia, pero el colonialismo ahora de las letras hizo posible que una novela como “Miedo de volar” donde la americana Erica Jong nos introduce en sus intimidades casi pornográficas con hechos que coincidían con los de las camas argentinas ya el segundo “Isadora emprende el vuelo”  nos convirtiera extrañados en testigos del “follaje”castizo.

Entre los nuevos medios y el reducido margen que nos dejan de publicaciones extranjeras, mantenernos en el mercado es cada día más difícil.

Evita y Paris no eran contradicciones, aunque creo que nunca estuvo aquí, en el lugar donde vivió sus aventuras el caballero Dupin.

Mi inquietud ya no me dejaba pensar en otra cosa. ¿Debía tomar esos mensajes como una amenaza? ¿Quién podía tener interés en mi muerte? Y si era eso lo que anunciaban ¿qué esperaban para hacerlo? Fuera del país parecía absurdo pensar en una red de espías para alguien como yo completamente alejada de los procesos que se estaban llevando a cabo para condenar los crímenes del pasado.

Me apresuré a encontrarme con Eduardo. La sola presencia de alguien con quien hablar borraría en parte mi aprensión.

Habíamos acordado viajar en tren a Francfort. El otoño es la estación más hermosa del Norte y ese trayecto no solo ofrece toda la gama de castaños rojizos posibles sino también la neblina que lo envuelve por las mañanas que crea escenarios muy dignos de los relatos que nos vemos en la obligación de leer.

 

 

Nos encontramos para la cena. Dudé en confiarle mi preocupación por las notas pero finalmente ganó mi impaciencia por tener un poco más de claridad en el asunto, aunque a veces los comentarios ajenos provocan lo contrario: más delirio.

Eduardo, después de escucharme atentamente, al principio sin estar seguro de que estaba hablando en serio, me tranquilizó deciéndome que nuestro policial tiene la característica lúdica que le imprimieron sus creadores, por lo que no debería tomar al pie de la letra las notas sino considerarlas como un acertijo.

Estamos en París, Julieta. Aquí donde comenzó la historia de la novela criminal, justamente. ¿Sabes que Poe nunca visitó la ciudad?

No lo sabía,- le di pie para que continuara su relato y distraerme de mi idea fija.

Quiero conseguir la biografía de Cortázar sobre Edgar, nuestro maestro en el arte de la investigación. De mis lecturas sobre su vida creo entrever que aprender lenguas clásicas y francés impulsó su imaginación en gran medida. Que haya elegido una ciudad desconocida para él tiene un motivo particular: cuando Poe llega a Europa los ingleses vencían a Napoleón en Waterloo. Vencían así a un producto de la razón que había comenzado con ideas de libertad, igualdad, fraternidad y dio como resultado muertos y odios.

Tu análisis va más allá de todo lo que se ha dicho sobre su obra, le dije, ahora realmente interesada en sus argumentos.

¿Recuerdas el comienzo de “El asesino de la calle Morgue”? Allí hace una alabanza de la razón, la deducción y la inducción. Dupin cree poder introducirse en la mente del asesino y así por medio de una observación consecuente y meticulosa probar su culpabilidad.

Todas estas habilidades a las que llegó el espíritu humano son finalmente usadas para encontrar a una bestia. Un ser que sólo conoce la motivación del látigo. Puede leerse como una gran metáfora de la historia.

Me hizo sonreir al mismo tiempo que me impulsó a volver a mi preocupación para que aplicara su imaginación a ese hecho concreto.

Tienes que confiar en tu capacidad de análisis, Julieta, insistió varias veces.

Si tienes razón, el nombre Evita debería llevarme a alguna conclusión.

Relacionado con tu actividad, deberías pensar en …veamos. Ah! Ya lo tengo! Santa Evita. Como sabes, es un novela construída como una criminal al revés: todos buscan un cadáver.

¡Claro!, exclamé llena de admiración hacia él. Aunque secretamente creía que hilaba demasiado fino en sus asociaciones. Como seguir en el tema me quitaba un poco la opresión, comencé a hilar con mi propio huso y descubrí que era una novela de nuestra identidad nacional donde un arquetipo masculino, el ejército, lucha con la Mujer que se libró de la Tradición. No estaba mal llegar tan lejos como hacía Eduardo.

Estás comenzando a meterte en mi cabeza, eso es peligroso, bromeó. ¿Y que asocias con Rosaura?

Otra novela policial: “Rosaura a las diez”en la que son los personajes los que van armando el rompecabezas y logran al final insertar la pieza que faltaba.

Supongo que vas a recibir otros mensajes, quizá con referencia a Isidro Parodi, un desentrañador de enigmas que los acusados buscan en la cárcel, donde está condenado a 20 años por un crimen que no cometió.

Resumiendo. Se trata de la novela policial argentina que parece buscar un detective literario.

Tengo miedo de que el próximo mensaje haga mención a “La muerte y la brújula” que sería mi perdición, agregué ya sin ganas de adivinanzas.

Red Scharlach, el criminal con lógica cabalística, continúa dentro del texto, tranquilízate.

La espuma de frambuesa sobre la panna cotta despertó en mí sombrías asociaciones. Comencé a socavar la masa fláccida mientras sangre a punto de coagulación resbalaba hasta alcanzar la fina porcelana blanca.Aparté el postre que ahora tenía forma irregular y la consistencia de masa encefálica y salí del restaurante.

 

 

Cuando me entregaron la llave de la habitación, mis manos temblaban. El hombre de la recepción habrá pensado que tengo Parkinson. No, tengo miedo. Mucho miedo.

Demoré todo lo posible en llegar al pasillo de mi habitación, aunque esta vez ni siquiera tuve que abrir la puerta. Sobre ella estaba adherido el siguiente texto:

 

…los existencialistas declaran que están absolutamente desesperados, pero siguen escribiendo. Peter Hand

 

Entonces comencé a reírme. La risa resonó en el estrecho corredor y rebotó en la pared final. Recuperé mi confianza y me dije que alguien capaz de urdir semejante artimaña y crearme ese estado de angustia para recordarme su manuscrito, merecía una concienzuda lectura de su obra a la que estoy segura que no le faltaran enigmas originales por resolver. Había mostrado sus armas secretas.

 

Textos de Francisco Nieva, Sylvia Plath y W.H. Auden.