Ocurrió en Navidad (Cuento de Navidad)
Eugenio Ugarte Alonso


De pronto, en  medio de una celeste claridad, que al reflejar sobre los

pastores, los llenaba de luz, percibieron la figura de un ángel brillante y majestuoso.  A su vista se llenaron de asombro y de temor.

-Tranquilizaos  -dijo el ángel,  -vengo a daros una  nueva de gozo grande para todo el pueblo. Hoy os ha nacido un Salvador, que es el Cristo, el Señor, en la misma ciudad de David. Y ésta será la señal: hallaréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Una multitud inmensa de espíritus celestiales se dejó  ver en el mismo instante. Junto con el ángel cantaban alabando a Dios, entre resplandores de gloria y trémulo rozar de alas. Era así su canto:

    “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”

Extinguióse el resplandor celeste y desvaneciéronse las legiones angélicas volando con suavidad a las alturas. Subían, subían, repitiendo siempre el himno  nunca oído en la Tierra, que fue perdiéndose como un eco allá arriba, cada vez mas lejos.

Repuestos de su asombro, en el corazón de los pastores brotó el entusiasmo:  -Vamos, se decían unos a otros: –Vámonos a Belén y veamos ese suceso prodigioso que el Señor nos ha manifestado.

Y desde aquélla noche, generación tras generación siempre ha habido en la Tierra hombres de buena voluntad que al igual que los pastores han adorado al Niño Jesús en la noche santa de su nacimiento y todos la hemos llamado la “nochebuena” y la seguiremos llamando mientras el mundo dure.                    

 

Feliz  navidad

 

Madrid. Diciembre 2010.

Se acercan las Navidades, días especiales en los que las familias los dedican a celebrar el nacimiento del niño Dios y con éste motivo se juntan sus componentes  por muy lejos que estén unos de otros para conmemorar éstos días santos. El amor que entre ellos durante el año no pueden compartir, en éstos días se reparte con avidez entre todos ellos.

 

Aquel día de mediados de mes, Luisón, un mendigo cansado de vivir a pesar de sus pocos años, se encontraba sentado en la calle pidiendo limosna en el mismo lugar que ocupaba diariamente desde hacía unos años, en la Plaza de Atocha dónde cada cual tenía su sitio que todos respetaban.

 

Una fría mañana con un sol que apenas calentaba alegraba un poco el ambiente dónde el bullir de la gente que caminaba rápidamente de un lado a otro haciendo sus compras navideñas, mientras una señora bien vestida y abrigada, se paró frente a Luisón, quien, lentamente, levantó la  vista  y miró a la mujer que le pareció de clase acomodada.  Su primer pensamiento fue: ésta, como otros, sòlo se quiere burlar de mí al verme tan desastrado; si al menos me diera una limosna y se marchara...

 

Pero la señora sonreía...

 

-¡Por favor, déjeme en paz! -gruñó el indigente...

 

Para su sorpresa, la mujer siguió frente a él. Ella seguía sonriendo, sus dientes blancos emitían destellos deslumbrantes.

 

-¿Tienes hambre? –preguntó ella.

 

-No, -contestó sarcásticamente. Acabo de almorzar con el presidente... ahora váyase.

 

La sonrisa de la mujer se hizo aún mayor.

 

De pronto Luisón sintió una mano suave bajo su brazo.

 

-¿Qué hace usted, señora? –preguntó el hombre enojado.

 

-¡Le digo que me deje en paz!!

 

Justo en ese momento un policía se acercó.

 

-¿Hay algún problema, señora? –le preguntó el oficial.

 

-No hay problema aquí, oficial, contestó la mujer. Sólo estoy tratando de ayudarle que se ponga en pié...

 

-¿Me ayudaría?

 

El oficial se rascó la cabeza. Sí, le dijo, el viejo Luisón ha sido un estorbo en éstos últimos años.

 

-¿Qué quiere usted hacer con él?   -preguntó el oficial.

 

-¿  Ve usted la cafetería de allí ?  -contestó ella, yo voy a darle algo de comer  y sacarlo del frío de la calle durante un rato.

 

-¿ Está loca, señora ?,  el pobre desamparado se resistió.

 

-¡Yo no quiero ir ahí!.  Entonces sintió dos fuertes manos  tomándolo de los brazos y levantándolo.

 

-¡Déjeme ir, oficial, yo no he hecho nada...!

 

-Vamos viejo... esta es una buena oportunidad para ti  – le susurró el oficial al oído.

 

Finalmente, y con cierta dificultad, la mujer y el oficial llevaron al viejo Luisón a la cafetería y lo sentaron en una  mesa de un rincón  de la misma. Era casi  mediodía, la mayoría de la gente ya había almorzado  y el grupo para la comida aún no había llegado.

 

El gerente de la cafetería se acercó y les preguntó: -¿Qué está pasando aquí? -¿Qué es todo esto?

 

-Esta señora le trajo aquí para que coma algo,  -respondió el policía.

 

-¡ Oh  no, aquí no !  -el gerente respondió airadamente. -¡Tener una persona como ésta aquí es malo para mi  negocio !!

 

El viejo Luisón esbozó una sonrisa  dejando ver sus dientes mellados –-Señora,  se lo dije, ¿ahora, sí que van a dejarme ir?. Yo no quería venir aquí desde un principio.

 

La mujer se dirigió al gerente de la cafetería y le sonrió: -Señor ¿está usted familiarizado con la entidad bancaria BANISTAL (Banco Comercial Hispano Italiano)  que está en la calle transversal de aquí, a muy poca distancia?

 

-Por supuesto que los conozco, exclamó el gerente con impaciencia. -Ellos tienen sus reuniones semanales en una de mis salas de banquetes.

 

-¿ Y se gana una buena cantidad de dinero con el suministro de alimentos en esas reuniones semanales ?  -preguntó la señora.

 

-Y eso, ¿qué le importa a usted? –contestó el gerente enojado.

 

-Yo, señor, soy Luisa María Fernandez de Simancas, accionista mayoritaria y formo parte del  Consejo de la Sociedad de esa entidad bancaria.

 

-¡ Oh perdón !!  -dijo el gerente.

 

La  mujer sonrió de nuevo.. –Pensé que esto podría tener una diferencia en su trato hacia nosotros, le dijo al policía, que a duras penas trataba de contener una carcajada.

 

-¿Le gustaría tomar con nosotros una taza de café o tal vez una comida, oficial?

 

-No, gracias, señora.  -replicó el oficial. Estoy de servicio.

 

-¿Entonces, quizás, una taza de café para llevar?

 

-Si señora, eso estaría mejor.

 

El gerente de la cafetería giró sobre sus talones como recibiendo una orden.

 

-Voy a traer el café para usted de inmediato, señor oficial.

 

El oficial lo vio alejarse y opinó.  Ciertamente, lo ha puesto en su sitio,  -le dijo a la señora..

 

Esa no fue mi intención, -dijo la señora, lo crea o no, tengo una muy buena razón para todo esto.

 

Se sentó a la mesa frente a su invitado a comer. Ella lo miró fijamente durante unos momentos.

 

-Luis, .¿te acuerdas de mí?

 

El viejo Luis, sorprendido, miró su rostro, nadie le llamaba así ahora, pero antes.... –Creo que sí, se me hace familiar, pero no consigo recordar de qué..

 

-Mira Luis, quizás estoy un poco más mayor, más vieja, pero mírame bien, le insistió la señora,  tal vez me ves mas llenita o mas gorda ahora... pero cuando tu trabajabas aquí  hace  muchos años, vine yo una vez, y entré por esa  misma puerta, muerta de hambre y de frío. Era por éstas mismas fechas.

 

Algunas lágrimas rodaron sobre sus mejillas.

 

 

-Yo acababa de terminar la carrera en la Universidad de mi ciudad con premios extraordinarios. Allí no encontré trabajo por mas que miré, continuaba explicando la señora, y entonces vine aquí, a Madrid que como capital de la  nación esperaba que sería más fácil encontrar.

 

-¡Señora!  -exclamó el oficial, No podía creer lo que estaba  contemplando

 

Yo había llegado a ésta capital en busca de trabajo pero no había podido encontrar nada. Con la voz quebrada la mujer seguía: pero cuando me quedaban mis últimos céntimos y me habían despachado de mi apartamento por no pagar su alquiler, caminaba por las calles  mirando los establecimientos de todas clases para  ver si ponía algún letrero que necesitaban personal de lo que fuera, pues ya no miraba otra cosa mas que ganar algo de dinero para poder vivir y secar mis lágrimas que  constantemente me caían. Era Diciembre y estaba muerta de frío y de hambre y no tenía dónde dormir esa noche. No encontré nada. Entonces vi éste lugar y entré pensando que tenía una mínima posibilidad de que pudiera conseguir algo de comer.

 

Con lágrimas en los ojos, la señora continuó con su relato. Luis, cuando me tocó el turno, me recibió con una sonrisa preguntándome qué deseaba.

 

-Ahora me acuerdo, -dijo Luis, yo me encontraba detrás del mostrador de servicio. Se acercó y me preguntó si podría trabajar por algo de comida.

 

-Sí, y me dijiste que eso iba en contra de la política de la empresa pero que esperara un poco, -continuó la señora: -Entonces tú me hiciste el sándwich de carne más grande que había visto nunca... me diste una taza de café, y me fui a un rincón a disfrutar de mi comida. –Tenía miedo de meterte en problemas.

 

Luego, cuando te miré y te vi poner el precio de la comida en la caja registradora, supe entonces que todo iba a estar bien, y me quedé tranquila

 

-¿Así que usted comenzó su propio  negocio?, dijo el viejo Luisón.

 

    -Sí, encontré un trabajo esa misma tarde.

 

-Trabajé muy duro  y me fui hacia arriba con la ayuda de Dios. Eventualmente empecé mi propio negocio que, con la ayuda de Dios, prosperó...

 

Ella abrió su bolso y sacó una tarjeta.

 

 Cuando termines aquí, quiero que vayas a hacer una visita  al señor Gómez Jiménez; él es el Director de Personal de mi empresa; iré yo antes a hablar con él y estoy segura de que encontrará algún puesto de trabajo para ti que tú puedas hacer en la oficina. Creo que hasta puedo darte un adelanto de dinero lo suficiente para que puedas comprar algo de ropa para que vayas bien preparado y puedas conseguir un lugar para vivir hasta que te recuperes. Si alguna  vez necesitas algo, mi puerta estará siempre abierta para ti, Luis, y mis señas están en la tarjeta.

 

Hubo lágrimas en los ojos del viejo Luisón. -¿Cómo voy a agradecerte todo esto?, preguntó.

 

-No me des las gracias,  -respondió Luisa. –A Dios debes agradecerle, pues Él me trajo a ti.

 

Fuera de la cafetería, el oficial y la señora se detuvieron, y antes de irse cada cual por su lado dijo la señora Fernandez de Simancas: -¡Gracias por toda su ayuda, oficial1

 

Al contrario, dijo el oficial.  Gracias tengo que dar yo, he visto un milagro hoy, algo que  nunca voy a olvidar.  Y... gracias por el café.

 

Y mientras caminaba, Luisa Maria iba pensando... Cuan cierto es que Dios cierra puertas que ningún hombre puede abrir  y abre puertas que ningún hombre puede cerrar. Y se vale de estas fiestas tan sensibles y conmovedoras para que el género humano las ponga en práctica.

 

F   I   N

Eugenio Ugarte Alonso

Diciembre 2010