Susurros del Edén
Gloria B. Dolande


SERPENTINA

A la supervivencia del más apto


En el monte se podía observar a un conejo silvestre, alimentándose bajo la tranquilidad del bosque. Su piel marrón, sus ojos rojos, largas orejas  redondo rabo, hacían de él una especie exótica. Era grande, gordo, una buena presa para cualquier otro animal salvaje. El sol brillaba por el este y sus reflejos caían sobre Conejo. Por otro lado, muy cerca, y con movimientos ondulantes, una serpiente ansiosa por comer, buscaba su alimento. Ella, “Serpentina”, medía como 4 mt. de longitud. Sus colores brillantes en la piel, deslumbraban a cualquiera y de vez en cuando mostraba su larga lengua, mientras un bostezo de hambre la adentraba, aún más, al bosque.

Sonidos en los pastos y las ramas, alertaron a Conejo de que algo iba a pasar. De pronto, sus miradas se cruzaron. Los ojos rojos se perdían en los amarillos de pupilas ovaladas. Se quedaron estupefactos por largo rato. Se sentía que, a primera vista, tenían una conexión única, había química entre ellos. Ella comenzó a bailar como una odalisca, hipnotizando a Conejo. Él estaba paralizado, tonto al verla marcar curvas tan perfectas y bien ondeadas. Se acercaron.

Conejo la tocaba con su nariz mientras ella iba enrollándolo poco a poco, sacando su lengua, lamiéndolo una y otra vez. Serpentina abrió su pequeña boca, la fue abriendo cada vez más hasta estar de un tamaño fenomenal, grandioso, extraordinario. Se podía observar sus colmillos brillantes  por la luz del sol. Por su cuerpo recorría una fuerte pasión, pasión derivada del hambre.

Pequeño e ingenuo con respecto a ella, Conejo sentía que le faltaba el aire, si sus ojos no hubiesen sido rojos, de seguro se le verían de ese color. Lograba, apenas, mover sus orejas. Con mucha rapidez, su mundo se nubló, veía todo negro, pero había mucha humedad, esto era lo único que sentía, una baba sobre la piel tersa.

Ella, sí que lo saboreaba, ipso facto se lo llevó  a la boca. Lo engullía, lo mordía con su filosa dentadura bañada de rojo, sí, del color de los ojos de su presa. Conejo, iba penetrando poco a poco por esa gran boca, garganta profunda, luchaba por moverse, pero no tenía resultado, se deslizaba por ese gran canal e iba luchando, consiguiendo, no liberarse, sino entrar al abismo. Se acababan sus fuerzas, no podía dar más, sentía como se desvanecía, no respiraba, su corazón no latía, nada le respondió.

Serpentina ya había terminado, estaba satisfecha. Fue una presa exquisita, divina, afrodisíaca como ninguna. Todavía, a lo largo de ella se observa  a Conejo, a punto de ser, apenas, digerido.

 


NOS QUEDAMOS EN CORO

 

Nos fuimos el miércoles al Encuentro de Jóvenes Escritores. Era en Coro. Allá la poesía nos abordaba. No queríamos dejarla pero fue así. En un éxtasis de disfrute, el sábado debíamos partir. No queríamos, deseábamos quedarnos. Antes, fuimos a los Médanos para orar por las letras. Ahí, la brisa nos envolvía y la arena nos abrazaba fuertemente. El viento silbaba diciéndonos: “quédense”. Hoy día aún puedes buscar nuestras huellas en la arena que nos ocultó para no dejarla nunca.

 


EN TU AMANECER

 

La tempestad acechante cubría mis ojos justo cuando un calor entró a tu cuerpo. Un abrazo de ternura nos acobijaba, mientras el sol oculto se reía de nosotros. Al pasar las horas y aún abrazados me daba cuenta que un frío se interponía. Quise despertarte pero tus ojos ya me miraban, fijamente, brillantes como el mar, como los míos al morir en tu amanecer.

 


NUEVO HOGAR

 

Un calor envolvía sus alas rojas como las llamas del infierno. Venía a buscarte como de costumbre. Esta vez sabías que era la última. Él te llevaba cargado de brazos. Tú, sin moverte, sentiste un calor. Por fin habías llegado a tu destino. Al fondo una figura roja te sonreía. Estabas en tu nuevo hogar bajo la lava ardiente de ese abismo infernal.

 


DE LOS NUESTROS

 

Anoche vinieron a visitarme. Me llevaron a su mundo, a su cielo. Ellos reían conmigo –ahora eres nuestro- me dijeron a la vez que de mi cuerpo salían escamas rojas, cachos y cola.

 

 

Esta soledad nocturna nos encierra

                                                 bajo el manto inhóspito del cielo

 

 

El vasto infierno nos condena

                                             al ciclo eterno de la vida

 

 

Apenas llegaron los poetas

                                         la tempestad cayó 

 

 


SUSURROS DEL EDÉN

 

Un susurro acariciaba mi oído, provenía del Edén. No lograba descifrar el mensaje, entonces, traté de disipar el ruido entre la neblina de esta oscuridad. Mientras me abrazaba, la soledad nocturna insistía en revelarme un secreto. Entre susurros y susurros, un celaje revelaba una imagen. De pronto, un escalofrío me rodeó. Llegaba a mí, con tal rapidez, proyecciones de un futuro incierto. Una voz grave me lo decía. Al fondo, hombres vestidos de negro, caminaban a ritmo de marcha, insistiendo que pronto sería el gran día. La destrucción estaba cerca. Era el fin. Las profecías de un Apocalipsis estallaría en segundos, era el momento perfecto para decir que el cielo estaba más rojo que nunca. Unos murmuros me cerraban los ojos. Ya dentro de este ataúd, supe que no pude resistir a las acciones. Dios ganó esta batalla, tomó el poder del mundo. Los malos ya  no tenemos hogar, sólo debajo de la tierra. Así es como empezó todo. Por fin, había historias que escribir, comenzaban a llenarse los libros de la Biblia.