El girasol y la amatista
Mª Isabel Codes Ortega


        La amatista miraba aquella flor que se erguía a su lado. Tal alta, tan esbelta, tan cerca del cielo.

        Veía como, iluminada por los rayos de sol, era capaz de seguirle y de girar siguiendo la estela de sus rayos, y pensaba: “Cuánto me habría gustado poder moverme como el girasol, tener mi cuerpo despegado del suelo sintiendo como el aire te mece suavemente, cómo el agua te alimenta y te hace crecer, sentirte cada día más alto y más cerca del cielo”. Las cosas que se deben ver desde ahí arriba, seguro que el girasol sabe cómo es el mundo, ¡ha debido de ver tantas cosas!.

        “yo”  -se lamentaba- “no he visto más que este pequeño mundo que hay a mi alrededor, otras piedras como yo, los pequeños insectos que pasan o se posan sobre mí,  siento el agua que deja la lluvia pero temo que si llueve demasiado el barro que arrastra pueda taparme”.

        Y tanto miraba al girasol que se elevaba a su lado que una tarde decidió hablarle:

-         Te envidio girasol, tu vida es tan interesante que quisiera haber nacido flor como tú, dime ¿Cómo es el mundo que ves desde ahí arriba?, Tú que alcanzas a ver tantas cosas desde ahí, descríbemelo.

El girasol oyó aquella voz que venía de abajo, se inclinó un poco doblando ligeramente su tallo y alcanzó a ver, justo a su lado, una piedra que brillaba con luz propia. De ella se desprendían hermosos y brillantes colores. Era tan bonita, tan sólida y tan perfecta, que el girasol  deseó ser como ella y pensó:

“Debe de ser maravilloso ser como esta piedra. Es tan fuerte que debe de haber pocas cosas que puedan dañarla. No esta a merced de los caprichos del viento, ni a los impulsos del agua o al filo de una hoja  que le arrebate la vida. Casi nada puede destruirla. Nadie la cortará para sacar del interior su semilla.  Cuántos años llevará en este lugar y cuántos más permanecerá”.

        El girasol siguió mirando a la amatista y al fin  contestó:

-         El mundo desde aquí arriba no es demasiado interesante para mí. Aunque soy alto no veo mas que la espalda de mis compañeros, tan altos como yo y que giran al mismo tiempo que lo hago yo. Veo pájaros, árboles, montañas y el cielo, inmenso y azul si está despejado, pero cuando las nubes oscuras aparecen lo esconden tras de sí y entonces ninguna razón me impulsa a levantar mi cabeza, luego, si descargan el agua que llevan, siento la lluvia sobre mí, pero temo que si cae mucha se puedan estropear mis pétalos y mis semillas, o se pudran las raíces que me alimentan. Si el viento sopla suave me acaricia y mece dulcemente, pero si se encoleriza puede doblarme hasta romper el tallo que me une al suelo y que me mantiene vivo. Mi vida es interesante pero no tan feliz como tú supones. Además cuando alcance la mayoría de edad y mis semillas estén maduras me cortarán y moriré.

Al oír estas palabras le amatista sintió dolor, porque pensó en que algún día aquella flor dejaría de estar allí y ya no tendría su compañía. El girasol habló de nuevo:

-         Ya que ambos pensamos que la existencia del otro es más interesante que la propia y puesto que lo que tú tienes a tu alrededor es tan inalcanzable para mi  como para ti ver las cosas que yo veo, si quieres, mientras yo viva, puedo ser tus ojos aquí arriba y tú serás los míos ahí abajo y cuando yo ya no esté podrás recordar todas y cada una de las cosas que yo te haya contado. Yo puedo describirte todo lo que pase cerca de mí para que lo sientas, y disfrutaremos el uno del otro compartiendo nuestras experiencias y haciéndonos compañía. Yo te sentiré a mi lado en el último instante antes de mi muerte y tu solidez me dará fuerza para soportar el cuchillo que me llevará la vida”.

La amatista respondió:

-         Yo, con el peso de mi cuerpo cuidaré de que tu tallo esté firmemente unido al suelo, escucharé tus historias y te narraré las mías y el día que desaparezcas conservaré el recuerdo de todo lo que me hayas enseñado y será como si tú siguieras vivo, pero ya solo dentro de mí.