Los caudillos
Leonardo Maicán


 

   Un mediodía de mil ochocientos ochenta y siete, día de los Santos Inocentes, un imperceptible zumbido interrumpió la siesta del octogenario general Brígido Antonio de la Cruz Gaspar y Baltazar. Aturdido por la deshora, oteó al aire con malicia de indio. Era un murmullo ínfimo de moscas alborotadas que ni aun el oído fino de sus cochinos pudo captar. El ejército (una avanzada de cuarenta hombres a lomo de mula bajo el mando del coronel José Infante, a quien no veía desde el momento mismo de su concepción) refulgía allí, en sus narices, a poco más de cinco minutos. Aún así, le sobró tiempo para armar e instruir a su harén en las artes guerreras. A una señal suya emprenderían el ataque. En un golpe de inspiración, al presentir que el enemigo podría doblarlos en número, ordenó a las chicas que apretaran el culo, y que se desnudaran; recurso bélico que algunas aceptaron a regañadientes. El tiempo corría lentamente, en forma de rápidas gotas de sudor. De pronto, cuando la señal del anciano militar de tres soles era inminente, el golpeteo de los cascos cesó, al unísono. El general, armado de un viejo fusil y vestido sólo con una deshilachada guerrera que le bailaba sobre los huesos, estuvo a punto de darle un patatús. No lo podía creer. Abuelo desmontó, ágil, felino, joven. El vivo retrato. Incluso tenía el mismo paso, corto y decidido, recto al andar, inmune al hedor porcino. Presa de un fortísimo dolor de incredulidad, apartó rabioso el catalejo, y lo quebró contra el guásimo. El sonido que produjo el violento impacto fue interpretado por las chicas (ocultas en puntos estratégicos) como la señal irreversible que daría comienzo a las  hostilidades. El amartillamiento simultáneo de las armas hizo detener al joven oficial. Sorprendido primero y dudoso después, miró a todas partes y ya no había ruido. Decidió continuar. En la retaguardia, la tropa seguía sobre sus monturas. El general supo de inmediato que había cometido un error. Tras la espalda del frondoso árbol, vio cómo el coronel paró en seco, cómo volteó a ambos lados y continuó la marcha. Rita Olford, la favorita de bisabuelo, estaba lista para tirar. Lo estaba desde mucho antes, cuando cesó el temblor de los cascos y pudo vislumbrar, a lo lejos, al hombre vestido de jefe. Luego, el oficial se apeó, ágil, felino, y la mujer lo siguió apuntando, el pulso franco. Era la única de sus cuarenta esposas que aún permanecía virgen (había llegado esa misma mañana) y la única que había recibido una sólida formación militar. Además, fue la única que desacató la orden de desnudarse, pues a ella no la iba jorobar ningún recluta malparido. Sólo apretó el culo cuando el general estrelló el catalejo. Entonces se escuchó un rítmico y simultáneo repiqueteo de martillos oxidados. No supo qué pasó. Ella también dudó un instante: fue cuando el hombre se detuvo y miró alrededor. Luego el coronel prosiguió la marcha. “La misma gota”, pensó la gringa, antes de recordar que el octogenario le había prometido que se descerrajaba un tiro en la sien si esa noche no le echaba cinco sin sacarlo. Y sepa usted que mi bisabuelo era un hombre de palabra.