San Antonio
Raquel Molina Serrano


 

Mi madre salió de casa antes de lo habitual en ella. Corría hacia el metro donde la esperaban sus compañeras de trabajo, era día 13. Cuando llegaron al Paseo de La Florida ya había mucha gente y el sol de Junio empezaba a calentar el Manzanares. Mi madre recontó en su bolsita los alfileres que había seleccionado, sus cabezas eran de colores, brillantes como la primavera madrileña, como la ilusión de adolescentes que les invadía cada año ese mismo día.

 

Marisa se adelantó y tiró los alfileres al agua. Cuando sacó la mano llevaba tres clavados. Cómo reían todas, ¡tres novios!, y es que Marisa era la que más coqueteaba del grupo. La siguiente era mi madre, cerró los ojos antes de arrojar todos los alfileres al agua y los abrió para contemplar su mano desnuda. Ningún alfiler se había pegado a su piel. Todas se rieron - es que lo has hecho mal, vuelve a intentarlo. Tres veces lo intentó antes de retirarse con los ojos brillantes.

 

Mi madre alguna vez creyó en San Antonio y en novios, igual que yo algún día llegué a creer que conocería a mi padre.