El amor… Esa cosa fugitiva
Edgar Tarazona Angel


“Todos saben cuándo empieza un romance

pero nadie puede saber cómo ni cuándo va a terminarse.”

 

Recuerda su piel, cada unas de sus señales particulares, las diminutas cicatrices, las pecas en el pecho y la espalda, el lunar grande de su tetilla izquierda, el olor particular después del ejercicio matinal, el aroma de su colonia personal, el efluvio sexual que se desprendía de sus cuerpos durante las entregas eternas, el timbre de su voz, la aspereza de su cara después de dos días sin afeitar, la textura de su cabello, el sabor de sus besos… todos los sentidos habían participado y cada una de las sensaciones que los afectaban por donde caminara le traían evocaciones de ese amor que se fue sin decir adiós. Ni un beso, ni un adiós, ni un mísero papel con la mínima explicación… desapareció tragado por el mundo, así, sin más, la dejó con los recuerdos.

Esa mañana despertó alegre, se desperezó como una gata mimosa bostezando al tiempo que estiraba los brazos sentada en la enorme cama circular; las cortinas estaban cerradas y en el equipo sonaba la voz sensual de Ella Fitzgerald, una de sus preferidas  sus gustos no eran iguales pero cada uno aceptaba las diferencias y eso los hacía semejantes, ella gustaba de  Edith Piaff, a veces Charles Aznavour. Él se iba por el tango y el bolero: Carlos Gardel, Toña La negra, Los Panchos… los sonidos eran lo de menos, era la calidad de la música. Estaban de acuerdo en algo, amaban la música clásica con una pieza maestra en especial, la Novena Sinfonía del Gran maestro interpretada por  la orquesta Sinfónica de Berlín y en la magistral dirección de Von Karajan, la mejor interpretación del mundo, según los entendidos. Lo llamó, le respondió el silencio, bajó desnuda de la cama y metió los pies en unas babuchas de osito – a veces era tan infantil- y abrió la puerta del baño por ver si estaba allí, el espejo le devolvió la imagen perfecta de su cuerpo deseable; en la sala, en el cuarto pequeño donde alguna vez comentaron que sería la alcoba del bebé; cuando llegó a la sala una sombra de preocupación cruzó por su mente. Por si acaso lo llamó, sabiendo de antemano que no encontraría repuesta, ya había recorrido todo el departamento.

Era inusual esta ausencia, hasta para salir a la compra del desayuno él esperaba que ella despertara para darle un beso, a veces ya estaba vestido, afeitado y listo para salir. Se duchó extrañada por esta conducta inusual; algo se le presento, pensó, luego se vistió para salir, sin prisas, ya pasaría por el trabajo y allí hablarían. Este lunes le deparaba una ingrata sorpresa, “¿Acaso no lo sabes? –le dijeron- renunció a partir del viernes pasado, inexorablemente, recogió el cheque de la liquidación, se despidió de todos y dijo antes de salir: “Muchachos, deséenme suerte, me voy a casar con la mujer que amo, chao”, y se fue…” Ella se preguntó para no responderse: ¿Cómo así que se iba a casar con la mujer que quiere, luego, no soy yo? Ahí sí que la preocupación penetró en su cerebro punzante, dolorosa, fría cortante y una inmensa sospecha se abrió paso en su corazón de mujer enamorada.

Llamó a sus amigos comunes, a sus amigas, a los familiares de su amado, a todos quienes pudieran dar una leve pista sobre su paradero, nada, se había esfumado igual que se desvanecen los malos sueños cuando sale el sol, sólo que en su caso estaba ocurriendo al revés, la pesadilla comenzaba con la luz del día y no terminaría nunca, ¿nunca?, esa es una palabra brutal, ella haría de la búsqueda y la recuperación de su amor la meta, el objetivo del tiempo que seguía a la confirmación de la ausencia. Ante todo trató de serenarse para poder tomar decisiones con cabeza fría: recordó casi en su totalidad cada detalle de sus dos años de relación emocional, sentimental, totalizadora. Desde el comienzo para ella fue una relación para siempre y se convenció de que significaba lo mismo para su amor desaparecido; tonta, imbécil, se reprochaba pero seguido se decía No, él vuelve, algo le pasó… y se dijo todas las mentiras con las que se consuelan los enamorados de todo el mundo y de todos los tiempos.

Su búsqueda empezó por los lugares compartidos, los cines, restaurantes, teatros, plazas y parques, era un sufrimiento, cada sitio era un puñal preñado de añoranzas. Como no podía abandonar sus actividades laborales ni a su familia así, sin más como hizo él, dedicaba a su labor los fines de semana y sus vacaciones, tiempo perdido. Una amiga le sugirió la red, “Internet, chica, le dijo”… y eso hizo: Facebook, Sónico, UNYK, portales raros, lugares exóticos, desconocidos en la inmensa telaraña de la Red; ingresó a grupos de Amistad, de búsqueda de pareja, buscó por edad, nacionalidad, peso, tamaño, cuanta característica podía ayudar la incluía y extrañaba que nadie le respondiera, no se daba cuenta que para los demás él era uno común y corriente y que era ella quien lo adornaba con cualidades que lo convertían en un ser excepcional, tal vez lo fuera, pero no tanto.

De pronto recordó la afición del amante desaparecido por las letras, mejor dicho, su gusto por escribir, entonces buscó portales de escritores y seleccionó los más probables y en todos se inscribió como usuaria para poder detectar señales de su amor huidizo; sabía que, aunque se escondiera tras un seudónimo, ella detectaría su estilo, su forma de expresión, su talento. El tiempo transcurre inexorable, ha leído innumerables artículos de todos los géneros, ha pasado incalculables horas en espera de que llegue un poema, un cuento, un ensayo escrito por la mano de gran y único amor. No desespera, cambia de imagen, varía su estrategia, lee para no desesperar y no sabe algo que yo si sé… su espera está próxima a terminar.