El atraco
Francisco Martínez Hoyos


Con la fragilidad de sus ochenta y tantos años, la señora Cecilia se alzaba junto a un muro color butano, en aquella barriada suburbial de Barcelona. Vestía una bata azul que parecía recién encontrada en algún yacimiento arqueológico, más que adquirida por cuatro perras en el mercadillo de los viernes, tres calles más abajo. Todo en ella suscitaba una penosa impresión de desaliño, con sus cabellos mal peinados, su cara mal lavada y unos botones entreabiertos que dejaban intuir su ropa interior inexistente, como si, a sus años, ya nada le importara. Y, en un sentido más que metafórico, así era. “Para lo que me queda en el convento, me cago dentro”, le gustaba repetir.

Antes de llegar a su casa, María, su cuidadora, entró en un bar a tomarse un ristretto y un bocadillo de chorizo. Necesitaba estar bien alimentada porque le esperaba, estaba segura de ello, un día muy duro. Nada más llegar encontraría un panorama próximo al Apocalipsis, donde lo peor, más que el caos, sería el asqueroso olor a orina, porque doña Cecilia, cada vez más enajenada por el Alzheimer, ya ni si preocupaba de su higiene personal. Si por lo menos le pagaran bien… pero, por unos miserables 600 euros, no le quedaba otra que tragar mierda por un tubo nueve horas al día, cinco días a la semana.

Todas sus expectativas se cumplieron con creces. La vieja loca…estaba tendida en el suelo, con los ojos abiertos, mirando al techo. Dijo que se había caído, pero no era verdad. Hacía siempre lo mismo y por la misma razón, llamar la atención de una familia, cuatro hijos y once nietos, que se desentendía de ella casi por deporte.

- Mucho será que llamen-, respondió, con seca amargura, a una María que desconocía aún los vericuetos familiares y cometió la imprudencia de comentarle que, por ser el día de su cumpleaños, los suyos irían a verla.

La cuidadora la miraba, con sus grandes ojos verdes bien abiertos, mordiéndose la lengua para que no se le escapara una barbaridad o, según cómo se mire, una verdad como un templo. Ese día llegó el benjamín de la anciana, un treintañero, casi cuarentón, de barba descuidada, tatuaje en el brazo y una gigantesca hoja de marihuana, a modo de consigna programática, sobre su raída camiseta. Se llamaba…. Su madre lo había olvidado, pero no le importaba. Le miró con adoración religiosa sin que le importara su entrada con aire ausente, la forma desganada en que le besó la mejilla, ni la rapacidad con la que se abalanzó sobre el indefenso teléfono. La hora y media siguiente presenció la atrevida novedad científica de la fusión entre el hombre y la máquina, en un torrente sin pausas de llamadas a móviles.

- La vida está muy cara, vieja-, le dijo encogiéndose de hombros, antes de desaparecer.

- Está algo delgado. Voy a hacerle un potaje, que tantas porquerías que se comen por ahí no pueden ser buenas-, comentó la anciana con un tono dulce que no engañó a María, habituada a calar a cualquiera desde el primer instante. Sus palabras serían suaves, pero bastaba mirar a sus ojos llameantes para contemplar el espectro de la rabia contenida.

La tarde transcurrió según el guión esperado. Antes de que María tuviera tiempo de acabar El crepúsculo de los dioses –su novio, Arturo, tenía razón: las películas clásicas valían la pena-, doña Cecilia la interrumpió, imperativo el ademán, porque quería ver Sálvame.

-       Fue caer al infierno desde el cielo-, le contaría a su chico.

- Y sin paracaídas-, añadió Arturo, que no pudo evitar rememorar el título de una novela de Koestler, El cero y el infinito.

Como el programa se le hizo un tanto repetitivo, la mujer se levantó del sofá y, con un gesto nervioso en las manos, exigió salir a la calle con la misma ansiedad del que necesita respirar. Nada extraño, bien mirado, si consideramos el sótano insalubre donde vivía, desde donde sólo gozaba de una variedad de paisaje, el de los pies de los peatones. Filtrado a través de la exigüidad de la ventana, con su cicatero encuadre. Y eso cuando alguien se molestaba en pasar por aquella calle solitaria, morada de más de un roedor tremebundo al que ella, con humor, le ponía su dosis de ternura:

- Me parece que he visto un lindo ratoncito.

A María no le parecía mal que quisiera tomar el aire, pero… ¿por qué se empeñaba en salir siempre en plena canícula? Siempre terminaba exhausta y, claro, era a la pobrecita María a quien le tocaba cargar con tan pesado fardo, enganchado como una lapa a su brazo. En su dilatada experiencia como cuidadora de ancianos, nunca, jamás, se había encontrado una andariega semejante. En cuanto llegaba el momento crítico, se levantaba, miraba aquí y allá con desconfianza felina, cogía su bolso y, treinta segundos antes o después, pronunciaba las palabras fatídicas:

- Vámonos.

En la calle era la reina del mambo. Quien más, quien menos, la saludaba con cariño o le agradecía pretéritos favores. Su cuidadora la miraba con admiración, intuyendo que, antes de su ruina física, aquella mujer había sido alguien muy importante en el barrio. Cada vez que entraba en un bar, a pedir una coca-cola o un café, el camarero invariablemente le fiaba, si es que no le permitía irse de pagar. Lo mismo sucedía en los quioscos, al pedir el Lecturas o el Diez Minutos. Por alguna razón desconocida, todo el mundo la reverenciaba como si fuera la señora de un viejo castillo feudal o, quien sabe, una versión femenina de don Vito Corleone. Después de tres horas arriba y abajo, como un correcaminos, se empeñó, lo mismo que casi todas las tardes, en ir a casa de su hijo Carlos, el mayor.

- Te han dicho que no vayas-, intentó disuadirla María, consciente de que ninguna palabra iba a convencerla.

Total, que sin encomendarse a Dios ni al diablo, la buena mujer se presentó el domicilio de su retoño. Él no estaba, pero sí su esposa, la rubia mustia de largos cabellos lacios, enferma desde hacía casi un lustro, por lo que guardaba cama la mayor parte del día. Su estado de postración era penoso, pero al menos la salvaba de tenérselas que ver con una hija adolescente medio histérica, de las quedan tres gritos cada dos palabras. Pese al Alzheimer, a su abuela no se le había borrado del disco duro su último recibimiento, una exhibición de amenazantes movimientos convulsos propios de una epiléptica.

¡- ¿Y tú que haces aquí, cabrona? ¿Por qué vienes?…Tu aquí no pintas nada, cabrona. Te voy a matar.

Los psiquiatras, con su ciencia, podrán diagnosticar lo que quieran. A este escribidor le parece más sensata la sabiduría del gracejo andaluz, sobre todo puesta en boca de la tía Anselma, la hermana de don Pepe, el difunto marido de doña Ceci:

- Esta chica lo que tiene es "mala follá".

Una vez más, María intentó convencerla de que no debía ir a casa de su hijo. Con las mejores palabras, para no decirle de frente que allí no despertaba lo que se dice simpatía. Ella, furiosa, casi a punto del llanto, la miró con fijeza:

- Esa casa es mía. Yo la pagué.

Un pequeño detonante puede originar una gran tempestad. De regreso a la pocilga que figuraba en el registro como su domicilio, la anciana se quedó un largo rato mirando la fotografía de don Pepe. La imagen de aquel malagüeño simpático, al que desconocer el significado de joie de vivre no le impedía practicarla, pareció tener un efecto balsámico al principio. El rictus de amargura dejó paso a una expresión tierna. Nadie más que ella sabía a que negociado de la memoria había ido a reclamar para que los recuerdos le infundieran esa paz que tanto necesitaba.

- Sus ojos parece que vayan a estallar, de la rabia-, le contaba María a su novio con un gesto de inquietud y cansancio, desequilibrada por un trabajo en el que se enfrentaba todos los días con los recovecos menos simpáticos de la condición humana.

Tras un silencio íntimo, muy cercano al de la oración, la anciana musitó unas palabras penas audibles:

- No te achiques.

María desconocía que eso mismo era lo que don Pepe le repetía a su señora en los momentos de crisis. Cada vez la vida presentaba uno de sus desafíos, que un problema de aspecto insoluble amenazaba con incendiar los pequeños ecosistemas cotidianos, aquel andaluz indómito no veía más receta que audacia, audacia y más audacia. Mientras no le faltara la conciencia de su propio valor, ningún terremoto sería lo bastante fuerte par hundirla.

La tranquilidad de doña Cecilia duró hasta aquella misma noche. Fingió, como siempre, no ver la barba de dos semanas de su Juanito, aunque ella, desde siempre, le insistía en se cuidara y no apareciera con esa pinta de garrulo por ningún sitio, sobre todo en el trabajo. También pasó por alto los lamparones de su polo naranja enemistado, saltaba a la vista, con la plancha. ¿Por qué su niñito rubiales, aquella cosita adorable que en otro tiempo le regalaba flores de papel, se había convertido en aquel tipo resabiado? Había ofendido a los dioses, sin duda. Y mucho. Cuando quiso hacer la vista gorda de nuevo, el fulano desconocido sacó de su cartera raída unos tickets y comenzó a esgrimirlos como un fiscal las pruebas incriminatorias.

- Demasiados carajillos, madre. ¿Es que se piensa que soy rico? El horno no está para estos bollos, con esta crisis.

A doña Cecilia le hervía la sangre. Había dado a luz, estaba claro, a una bandada de cuervos. ¿En qué se gastaban sus dos pensiones, la de viudedad y el autónomo que había cotizado durante tantos años? A una pobre vieja que se había deslomado día sí, día también, para pagarles colegios, ropas, bocadillos de nocilla y, más tarde, remendar como podía los agujeros en su bolsa de tanta marihuana y tanta mierda, ahora le quitaban el único deleite que le aportaba un poco de alegría en medio de tanta sordidez. Recordó entonces a su añorado Pepe y escuchó su voz retumbar en su cabeza: "No te achiques, Cecilia". Había llegado el momento de coger el toro por los cuernos. Mientras aquel aprendiz de matricida se escuchaba a sí mismo, ella, a pasos torpes pero resueltos, se encaminó hacia su habitación. Aún conservaba la escopeta de caza de su marido, al que había acompañado tantas veces por las serranías de toda España, fuera invierno o verano, a la caza y captura de la liebre, el conejo, la paloma o la codorniz.

Juanito, claro está, se quedó lívido.

Ya decían los antiguos que la suerte es mudable como la fortuna. En un segundo pasas de ser el rey del mundo, con mil euros calentándote los bolsillos, listos para irte de juerga con la puta más cara y más potente, a ser un pobre tiñalpa despojado por su propia madre. En fin. Es lo que tiene el trapicheo. ¡Tan fácil como viene, tan fácil se va!

 

Detrás de la caja, un muchacho recién salido de la Universidad hacía lo posible por guardar la compostura, sin que la altísima refrigeración contuviera las gotas de sudor precipitadas desde el acantilado de su frente. El nunca lo supo, pero las palabras que salían tiritando de su garganta devolvieron a doña Cecilia el sentido de la realidad. No recordaba como había llegado hasta allí, empuñando con su pulso tembloroso la escopeta. No recordaba que, al marcharse su hijo, ella se había dirigido con fiereza a su cuidadora, dándole a entender sin subterfurgios que se decidiera pronto, que la cosa no estaba para tonterías.

- Aunque parezca que no me entero de nada, no es verdad. Sé que mis hijos te pagan una porquería. Si quieres venir conmigo, aquí tienes mil quinientos euros.

Y le entregó tres billetes lilas con un gesto imperioso.

María hubiera dado cualquier cosa por regresar a su buhardilla, ponerse el pijama de cervatillos y dormir veinticuatro horas seguidas, pero el sentido del deber le exigía acompañar a aquella vieja loca en su deambular nocturno. Se dijo así misma que la pobre mujer era un peligro para sí misma, que alguien debía protegerla. Pero las motivaciones del corazón humano nunca son puras: mientras atravesaban la ciudad somnolienta, perdidas entre los últimos borrachos y los primeros basureros, la cuidadora pensó que no le gustaría acabar como la mendiga que se sentaba junto al kiosco de Paula, un triste espectro de lo que fue clase media en un tiempo todavía muy próximo. ¿Le sucedería lo mismo? ¿Debía esperar resignada el Apocalipsis? Nunca le faltaría un trozo de pan, pero que la mantuviera su madre, a sus años, no era una opción. Mientras se hacía estas reflexiones, el relente de la madrugada incordiaba sus huesos y los gatos, esos felinos que tanto asco le inspiraban, aparecían y desaparecían entre los bajos de los coches. La ciudad se había convertido en una cárcel donde se agitaban millones de frustraciones como la suya, hambrienta de un incentivo más allá de la subsistencia. Algún día, seguro, cambiaría los bocadillos de tortilla por el caviar. El auténtico, no el sucedáneo para la gente con pretensiones.

Doña Cecilia, mientras apuntaba al cajero, ya no se acordaba de que cómo había intentado convencer a María para acometer, a cuatro ovarios, la fantasía más osada: atracar un banco. Se acabó mirar el precio de las cosas, se acabó el sótano con olor a orines, se acabó el malvivir. La cuidadora, entre la incredulidad y la admiración, escuchaba con sus grandes ojos verdes bien abiertos la voz entrecortada de su jefa, ambas con la respiración acelerada, con el sueño común de tumbarse en una tumbona de Punta Cana mientras un negro imponente les servía chupitos de todos los sabores.

- Es sólo una enferma –explicó María con su voz más dulce, como si aquello fuera una simple travesura. Aunque, todo hay que decirlo, no ayudó a tranquilizar a la clientela el aviso de que nadie saldría herido si todos se comportaban sin aspavientos ni melodramas.

Existe una ley de hierro, sin excepción posible, que establece que las novatadas se pagan siempre. Quizá, si hubieran pensado en ella, doña Cecilia y María habrían dispuesto que un coche las esperara a la entrada del banco. Aunque… ¿quién iba a ser lo bastante loco para conducirlo? Así las cosas, mucho fue que, al salir, con una estridente bolsa llena de billetes, consiguieran ir hasta tres calles más abajo, en dirección a la Plaza de Cataluña, entre las miradas divertidas de los transeúntes que habían salido a disfrutar del sol. María, añorando más que nunca su buhardilla y sus cervatillos, miraba aquí y allá dando toda clase de excusas.

-       No pasa nada, no pasa nada. Es su enfermedad.

Aún se aferraba a un clavo ardiendo. No estaba bien robar, y menos a una viejita indefensa, pero… Lo cierto es que no quería pasar el resto de su vida en aquel agujero. Ya estaba harta de estrellarse, una vez sí y otra también, contra el muro de la vida. De que sólo le ocurrieran desgracias. De que unas vulgares pilingis se hicieran de oro por decir cuatro ordinarieces en televisión, mientras la pobre María trabajaba como una burra por un sueldo de mierda. Hasta tenía que pagar una sustituta si quería marcharse una semana de vacaciones, a desintoxicarse de la continua tensión.

El soñar despierta se terminó cuando la policía las llevó a la Comisaría más próxima. Con una cortesía más que ejemplar, algo de especial mérito ya que doña Cecilia amenazó con meter sus largas uñas, tanto tiempo descuidadas, en los ojos de los agentes. Con todo, pese a histeria, la pobre anciana inspiraba más compasión que otra cosa. No paraba de repetir, con fe ciega, que su Carlos iba sacarla de allí: ¡Qué se creían! María, mientras tanto, se había hundido en una espiral de terror. No quería pensar lo que dirá su madre, la mamma, con unos 88 años tan enérgicos que el mariscal Patton, a su lado, parecería una criaturita inocente, cuando se enterara de que una hija suya se encontraba entre rejas. Mientras tanto, las prostitutas, embutidas en cuero barato, la miraban con curiosidad. Ajena a todo, una adolescente de rostro alargado y enorme flequillo, semejante a un velo, se agitaba temblorosa aún bajo los efectos del mono, entregada un soliloquio apenas audible.

- Yo seré una pringada, pero mis padres no….

Fueron tres horas interminables para la cuidadora, con toda clase de pensamientos martilleándole el cerebro. Hasta que se coló, por entre los cristales rotos de la ventana, una algarabía de voces, un tropel alegre, fresco, con sabor a ilusiones y virginidad. Uns pancarta encabezaba aquella multitud de estudiantes, parados, jubilados, militantes de partidos, desencantados de los partidos, jóvenes, viejos, hombres y mujeres. "Esta no es nuestra democracia", podía leerse, entre el símbolo de los anarquistas y la bandera cubana, dos extremos de aquella salsa de ingredientes tan variados como insólito. Un tipo recio con camisa de leñador y, lógicamente, anchas espaldas, exclamó con su voz rotunda:

- ¡Doña Cecilia me prestó dinero cuando tuve que cerrar mi negocio!-

A su lado, una madurita de tetas grandes contaba que, de no ser por la anciana, jamás habría encontrado a su hijito perdido. Y una pareja latinoamericana, delatada por sus facciones indigenas, se emocionaba al recordar que, sin aquella buena mujer, habrían terminado deshauciados aquella temporada en que se quedaron sin trabajo y su casero les apremiaba. De hecho, todo el mundo tenía una historia más o menos edificante que compartir. ¿Cómo iban a permitir que la benefactora de tantísima gente permaneciera en la cárcel ni siquiera un segundo más? El movimiento de los indignados no iba a permanecer imposible ante un desafuero tan palmario. Mientras tanto, un chico con bigote y aspecto bohemio, que lucía orgulloso la efigie del Che en su camiseta, insistía en que había que politizar la rebelión. En realidad, a casi nadie le importaba la ideología. Para ellos sólo contaba la obligación sagrada de la gratitud.

Si doña Cecilia hubiera sido un torero, la habrían sacado a hombros. Por primera vez en muchos años se sentía el centro de atención, estimada, cuidada, reconocida. Sin acordarse para nada del dinero, sin acordarse tampoco de los insoportables de sus hijos, conversaba con unos y con otros convertida en la mascota de todos. ¡Qué adorable viejita! Al día siguiente, un periódico titulaba que Bonnie and Clyde cabalgaban de nuevo, con fotograma de Warren Beatty y Faye Dunaway por toda ilustración, ya que, según el redactor jefe, las protagonistas auténticas no reunían los canones de belleza exigibles para aparecer en tan importante rotativo. María, al leer aquellas peripecias llenas de glamour en la biblioteca del Centro Cívico, casi pensó que hablaban de otra persona. Su novio, Arturo, tenía razón. Como siempre. No tiene sentido dejar que los hechos puros y duros no estropeen una buena historia. Al fin y al cabo… ¿quién quiere alimentarse de realidad?