Rodolfo
Francisco Martínez Hoyos


¿Era un juez con su veredicto inapelable? ¿Un rayo enviado por Zeus? El ruido, desagradable, inoportuno, provenía del móvil. El grito con el que una señorita caprichosa, Realidad, pretendía hacer valer sus derechos.

- ¡Eh, estoy aquí!

- Sí, ya sé que estás ahí… respondí lleno de bilis, deseando que la intrusa se borrara en cuanto apagara la alarma del odioso artefacto, esa especie de cadena que te amarra corto y hasta te hace olvidar tus remotas libertades, especialmente insufrible si sólo has dormido cinco horas y media, ni siquiera de un tirón. Me hubiera quedado muy a gusto abrazando a mi novia, escuchando lo guapo y lo grandote que soy, pero, sin tiempo para la autocompasión, busqué a tientas mis bambas negras de suelas deshilachadas… Digo que no compro otras porque el presupuesto no me llega, aunque en realidad es por no romper nuestra vieja amistad. Reparé entonces en que la noche anterior no las había dejado al pie de la cama sino en el comedor, junto a dos calcetines negros a modo de pequeñas islas en un mar de racholas de color crema, con motitas oscuras que denotaban un virtuosismo discutible para el arte de la fregona. De acuerdo en que las distancias de un piso de cuarenta metros no son precisamente las del desierto de Nazca, pero ir hasta allí se me antojaba una prueba demasiado dura, aunque no tanto como madrugar para ir al trabajo. Así que, sin ningún propósito de emular los trabajos de Hércules, llamé, con aire exhausto, a mi mayordomo particular.

- ¡Rodolfo!-

Ya sé que lo adecuado, en estos casos, hubiera sido tocar una campanilla, pero es que su sonido estridente se me incrusta en los tímpanos

y luego no hay forma de sacármelo, lo mismo que esas canciones absurdas de la radio que acabas tarareando todo el día sin saber porqué. Rodolfo, con su finísimo oído, acudiría enseguida desde el balcón, donde le gustaba pasar la noche en su saco de dormir. Aseguraba que el frío y la dureza del suelo fortalecen el espíritu… ¿Era sincero? María, mi media naranja, creía que lo decía para reírse de mi, no conmigo.  

            Pasaron diez, veinte segundos. Con un mohín de hastío, le pregunté a mi novia, en esos momentos ya en la ducha, con el gel hiperfragante de una conocida marca francesa corriendo por su acogedora epidermis, cómo es que nuestro muchacho no hacía acto presencia. Desde el otro lado de la cortinilla de la bañera, su voz me reconvino con cariño…

-       Hay que ver… Un día de estos vas a tener que despedirle.

-       Sí, pero es que me sabe tan mal….

Como  Paul McCartney, yo también poseía la inclinación sentimental a no cambiar nada. Lo cierto era que, después de tantos años, ya me había acostumbrado a Rodolfo, a sus ausencias, a ese modo garboso de no hacer nada sin que uno pudiera tomárselo a mal, tal vez por un savoir faire aprendido desde la cuna que yo, con toda la sabiduría de mis libros, sólo sería capaz de imitar malamente. Muy malamente. Como a la fuerza ahorcan, y no era cuestión de perder la mañana en disquisiciones filosóficas, fui yo mismo a por las bambas y comprobé la invariable realidad que me aguardaba sobre el mantel barato de mi vieja mesa, mientras me asaltaba el deseo inconfesable de pegarme un tiro: el plato con restos de la ensalada de la noche anterior seguía allí, como el dinosaurio de Monterroso. En cambio, del zumo de naranja recién exprimido y del ejemplar de El País, ni rastro.

“Has nacido pobre”, esa fue mi conclusión.

- María, hoy empezaré de una vez a escribir mi superventas.

Escuché su risa trasparente entre el murmullo del agua. Fuera, en el balcón, el vacío más absoluto. Ni rastro de nuestro fiel criado. Por no haber, ni siquiera tres macetas tristes con qué tomar posesión de aquel espacio yerto, por más que mi costilla me insistiera que ya estaba bien de ser tan rancio, que por lo menos pusiera cuatro geranios. A ella le encanta cualquier nota de color. Yo, con el blanco hospital tengo bastante. Desde que volvimos, hace ya siete meses, en el trabajo se congratulan porque por fin acudo con el pelo razonablemente peinado, el cristal de las gafas razonablemente limpio, la frente sin una capa protectora de grasa. Rodolfo ya no ejercía la misma influencia de los tiempos oscuros, pero esa noche, quizá despechado por mi desatención, se entregaba otra vez a sus bacanales. 

- Rodolfo… ¡Otra vez de juerga!

            Hice un gesto de negación condescendiente, casi perdonavidas. ¿Qué iba a hacer con la incorregible criatura? Lo encontré cuando tan sólo era un rapaz, de apenas ocho años, con unos grandes ojos almendrados, idóneos para inspirar lástima en los transeúntes incautos, lo mismo que su rostro angelical, donde el jabón hacía mucho tiempo que no se atrevía a entrar, un poco como la policía a las puertas del Bronx. Por eso, las prostitutas que le cuidaban, igual que se atiende a una mascota simpática, le llamaban “Cara Sucia”.

- “Cara Sucia”, ve a por tabaco-, le decía Lucy, una meretriz desdentada que se preciaba de haberse corrido varias juergas con Ava Gardner.

- “Cara Sucia”, recógeme las bragas del tinte-, le ordenaba Rita, la pelirroja explosiva que alardeaba de haber hundido, ella solita, a toda la Octava Flota de los Estados Unidos, con misiles y todo.    

Pese a su corta edad, el chico era ya un elemento del paisaje urbano tan característico como el teatro del Liceo o la estatua de Colón. A veces, hasta los turistas extranjeros se fotografiaban con él. Apoquinando unos buenos euritos, faltaría más. Estaba claro que iba por el mal camino, el de los delincuentes de poca monta. Suerte que lo adopté, le dí un nombre cristiano, Rodolfo, y le enseñé a comer, no a la ahora que le diera la gana, sino por la mañana, al mediodía y a la noche. Como Dios y yo mandamos. Y todavía hice algo aún mejor: ya que el pobrecillo no podía disimular sus  tentaciones cleptocráticas, le pagué la carrera de abogacía para que, puesto a robar, lo hiciera a lo grande. Con visión de futuro. Porque si de confeccionar un ranking con lo que me irrita, la mediocridad tiene todos los números para llevarse el primer puesto.

Mi pequeño Lord Greystoke, por desgracia, no vería más instalaciones universitarias que el bar. Cuando le contaba a mi novia sus trastadas o, como dirían en Perú, sus mataperradas, mi chica me preguntaba con los ojos qué había hecho ella para salir con alguien tan trasto, al que había comprado, inexplicablemente, por segunda vez.   

-       Ya has vuelto a leer Oliver Twist, ¡Y sin tomarte la medicación!

No entendía bien a qué se refería mi rubia explosiva, porque yo siempre he tenido la salud de un roble sin más pastillas que unas de color azul para mis muy ocasionales resfríos, pero sí acertaba a discernir que con Rodolfo necesitaba armarme de paciencia y cristiana resignación, no había otro remedio. María, siempre anclándome en la tierra, me recordó que nos debíamos dar prisa si queríamos coger el tren, así que dejé mis pensamientos para mejor ocasión. Sobre todo cuando un abrazo acogedor me quitó de la mente cualquier inicio de borrasca.

            A mitad de la mañana, en el trabajo, sentí que el hambre me alanceaba. Podía comprar una manzana en la máquina de vending –dios sabe los días que llevaría allí, por no hablar de que me gustan rojas, no verdes- o pedirle a mi mayordomo un buen bocata de jamón de bellota, bien grasoncito. Desenfundé el móvil enseguida, empujado, obvio, por un ataque de gula. Un pitido, otro. Al final, las palabras fatídicas.

            - El móvil al que llama está ocupado o fuera de cobertura.

            Seguro que está devorando la mortadela que le dejé para que pasara el día, envuelta en papel albal, junto a la escoba y el recogedor. Si trata de comer, el pobre, uno de esos muchachos desnortados en la crítica edad de veinticinco años, pierde el oremus. ¡Animalico! De tanto probar esas porquerías de los supermercados, el infeliz ni sabría apreciar un jamón de Jabugo regado con Vega Sicilia. Así está la educación como está, que ni educan el paladar, ni rien de rien. Suerte que, desde que le recogí del arroyo, no le falta un mendrugo, una piedra más bien, nada de esas mariconadas del pan de Viena, con el que se refocilan los niños de mamá. Si no fuera por mí, el infeliz, además de continuar con una dieta nada saludable, aún seguiría enviciado con sus hábitos nocivos: vagar por las calles, emborracharse con los mendigos y levantarse cuando los demás se van a acostar, sin más aliciente que sexo, sexo y más sexo con las parroquianas del Ulalá, el último tugurio de moda, una cueva de luces fosforescentes donde los jadeos de las parejitas recién hechas se mezcla con el estruendo del heavy metal. Sólo estuve una vez allí y salí por piernas, huyendo del ruido, del humo de los porros y de un marino bigotudo y fortachón que me dijo “lindos ojos tienes, pececillo de agua dulce”.

            Total, ya aparecería cuando le diera la gana. A media tarde, para escapar del tedio y de lo sofocante del aire acondicionado –servidumbres de trabajar en una gran empresa-, me entregue a hacer pajaritas de papel que después arrojaba al vacío. Me gustaba mirarlas ensimismado, mientras descendían lentamente las dieciocho plantas. Entre tanto, mi correo electrónico se llenaba de esos molestos mensajes rojos de alguien que, en algún lugar, espera alguna respuesta tuya para algo que, a poco que pensara, podría hacer él solito, o solita. Pero no… Tienen que venir a agobiarte. ¡Tienen que venir a agobiarme! (Pronúnciese esa última frase con voz profunda y torturada, a la vez que teatral, un poco a lo Al Pacino).

            En cierta ocasión, cierto viejecito agresivo vino a pedirme cuentas porque, según él, una de mis pajaritas había aterrizado en su ojo. Feliz casualidad, harto como estaba de su condescendencia, de sus aires de gran burgués de Sarrià, encantado de haberse conocido y de conocer a tanta gente en el Liceo, donde acudía la sociedad comme il faut, lejos de la plebeyez del Palau de la Música. Estaba claro que mi amigo, el Matusalén, me hacia un favor a mi, el hijo del empapelador, sólo por dirigirme la palabra, así que no le hice mucho caso cuando me vino lloriqueando, quejándose de mi necesidad de mejorar en la importante asignatura del savoir faire. Pensé en decirle que yo no tenía la culpa si, al verme, su memoria se retrotraía, incapaz de superar el trauma, hasta el abusón que le robaba el bocadillo en el colegio, seguramente una de esas escuelas de curas de los años cuarenta, desangelada y gris.  Ojalá se te infecten esas pupilas de camello, me dije. Tú tendrás cuatro criadas con cofia, entrada para el servicio, chófer privado y hasta un masajista que te pone a punto tus desgastadas articulaciones, pero yo tengo a Rodolfo.

Fue en se momento cuando entró mi jefe y me explicó no sé qué de una nueva campaña, la publicidad, los ingresos y otros términos prosaicos que me inspiran siempre el mismo comentario: “¡Estoy entusiasmado!”. Naturalmente, me guardo mucho de decirlo en voz alta, no porque creo que el silencio sea oro, que, en tal caso, ya habría obtenido mis buenos dividendos visto el precio de la onza, sino por prudencia elemental, por otro nombre cobardía. No reñida con la astucia, ya que, mientras tu superior te habla, el truco está en poner cara muy seria y hacer ver que te interesa todo lo que dice. Mientras el tipo se enrolla, tu asientes con un “sí, sí” repetido de cuando en cuando, por aquello de generar empatía, con lo que el buen hombre se irá a su mesa tranquilo, creyendo que le has entendido a la perfección y cumplirás arajatabla sus mandatos.

A las siete y media, como de costumbre, cogí el tren para Torredembarra en la estación de Sants, sentándome entre una pelirroja que veía una película en su portátil y una rubia madurita que pasaba perezosamente las hojas de su revista del corazón. Las perdí pronto de vista porque me sumergí en una novela de Mario Vargas Llosa, una novela que, como todas suyas, me apartó del tiempo y del espacio. En el vagón, lo más seguro, la gente comentaría cariacontecida el último despido de su empresa, mientras los más animosos se acalorarían acerca de si Messi superaba a Cristiano Ronaldo. Todo ese murmullo, sin embargo, a mi me traía sin cuidado, porque de la mano del Nobel había vuelto al Jurión de la Unión, esa calle peatonal en medio de la Lima antigua que se soñaba el Perú entero, o me perdía de nuevo por la plaza de San Martín. Tan absorbente era la lectura que no escuché el aviso de próxima parada y acabé en la siguiente, Altafulla. Al bajar al andén, miré la portada del libro con ironía autoparódica e imprequé a su autor:

- ¡Ya está bien, Mario! A la próxima, me paga usted el billete.

Varguitas me devolvió su sonrisa conquistadora de galán de cine.

¿Qué podía hacer? Saqué el móvil de mi parca azul marino recién estrenada (mi madre, por fin, había conseguido que renovara mi fondo de armario) y llamé a Rodolfo, para que viniera a rescatarme con el seiscientos. Ajeno al nerviosismo de quién, en ese momento, ya se veía durmiendo al raso, el aparato me arrojó a la cara un estribillo que ya empezaba a hartarme.  

-       Teléfono apagado o fuera de cobertura.

Sentí deseos de estrellar aquel trasto inútil, incapaz de enviarme ningún mensaje positivo, contra el metal apagado de los rieles. Decididamente, no tenía suerte con la tecnología, ni con los celulares, como los llaman en el Perú, ni con el correo electrónico. La prueba era que había escrito una y otra vez al autor de Conversación en la Catedral para pedirle un articulito para “Imaginaria”, la revista de creación literaria que aguardaba durante un año su primer número, sin recibir ni siquiera el acuse de recibo. Estaba claro que el mensaje se había perdido en la ignota geografía de las ondas.

Como no había otro tren, decidí aventurarme por la carretera. Solitaria en mis recuerdos de niño, con una fila continúa de automóviles que hacían desagradable el paseo por el arcén, entre las hileras de chopos. Le había enviado un e-mail a María para que supiera que esa noche iba a llegar más tarde, por lo que tardaríamos un poco más en vernos por el facebook, un rito que, para dos enamorados como nosotros, constituía el mejor momento del día.  Con un poco de suerte, Rodolfo ya habría llegado y me estaría preparando un baño caliente, con pétalos de rosa para que las plantas de mis pies no entraran en contacto con el duro y frío suelo.  Sí, eso era justo lo que iba a suceder, punto por punto. Digan lo que digan los pájaros de mal agüero… ¿Acaso no es la esperanza lo último que se pierde?